El Comercio

José Antonio Flórez, en un momento de la entrevista en la Facultad de Medicina de Oviedo.
José Antonio Flórez, en un momento de la entrevista en la Facultad de Medicina de Oviedo. / MARIO ROJAS

«El gran reto de los profesores es que los niños aprendan a ser felices»

  • José Antonio Flórez Lozano, Catedrático de Ciencias de la Conducta

  • «Hay muchos casos de hiperactividad infantil que no son más que un efecto tóxico de la ansiedad de sus padres»

Atrás quedaron el verano y las vacaciones. Se ha vuelto a la rutina, a retomar los horarios, el trabajo o los libros... Lo que para muchos se hace cuesta arriba. Incluso, un mundo. El catedrático de Ciencias de la Conducta de la Universidad de Oviedo, José Antonio Flórez Lozano (Trubia, 1949), considera que esta adaptación no tiene por qué derivar en un síndrome, el postvacacional, y anima a ser realistas y valorar lo que uno tiene. Autor de 41 libros -entre ellos, 'Atrévete a ser feliz' (2012) y 'Felicidad, salud y longevidad' (2015)- advierte de que «lo importante es saber vivir y afrontar las situaciones reales, pues complicamos la vida mucho más de lo que ya de por sí es».

Volver de vacaciones debería ser agridulce, pero no amargo.

Lo importante es seguir viviendo. Muchas veces nos alejamos de las expectativas más importantes del ser humano y generamos bucles de ficción que son claramente perturbadores y que el mundo occidental se encarga de magnificar.

¿No hay síndrome postvacacional?

Se trata más bien de adaptaciones que no tienen por qué cristalizar en un síndrome o en una enfermedad. Algunas personas se dejan llevar y son fácilmente atrapadas en la telaraña de la decepción y la frustración que alimenta nuestra sociedad. Con la llegada del otoño no son pocos los que piensan: 'Lo dejo todo'.

Son generalidades, no hay estudios científicos que pongan de manifiesto esa expectativa mental. Es más, eso sería un síntoma claramente depresivo, un pensamiento que se ha ido exacerbando y que su crecimiento puede perturbarnos desde el punto de vista afectivo, cognitivo y conductual. Me parece que nos desvitalizamos en batallas que no son tales, sino la vida misma. Los contratiempos son necesarios para mantener el tono vital. Por eso, tenemos que desarrollar al máximo estrategias mentales que sean capaces de neutralizarlos. El 15% de nuestro dolor está relacionado con la enfermedad, el envejecimiento o la muerte. El 85% restante es sufrimiento psicológico que nos generamos relacionado con la falta de aceptación de la realidad.

El miedo a no disponer de medios económicos paraliza a la hora de cambiar de vida.

La economía tiene poco que ver con la felicidad. Se ha demostrado que en la cultura occidental a medida que aumenta la capacidad económica, disminuye la felicidad y el bienestar. En Estados Unidos, a pesar del despegue económico, se han sextuplicado los suicidios. La felicidad sigue otros derroteros y tiene mucho que ver con la persona y el ambiente que le rodea.

Pero es un entorno marcado por las prisas, la competitividad, los resultados inmediatos...

Es verdad que tenemos muchos agresores externos que impiden la felicidad. El ritmo trepidante de la vida nos impide ser felices. La sociedad en la que nos movemos, a través del consumismo, puede crear máquinas de infelicidad. La felicidad exige mucha calma, pausa, tranquilidad, condescendencia, pasión y dedicación al otro. Pero eso exige educación. Precisamente, ahora con el curso escolar recién iniciado, el reto más importante que tienen los profesores es que los niños aprendan a ser felices y los padres, también. Porque desarrollamos tal grado de competitividad en el mundo educativo que estamos generando perfiles de personalidad incompatibles con la felicidad y la salud.

Los centros empiezan a trabajar la inteligencia emocional.

Siempre ha existido, aunque quizá antes se llamaba de otra forma: automotivación, creer en uno mismo. Esto es esencial y se ha perdido.

Disculpe, ¿qué se ha perdido? ¿La automotivación del alumnado?

Sí, porque el profesor también tiene falta de confianza. En esta sociedad cambiante, sufren 'burnt out' (están 'quemados'). El profesor se siente solo. Hace falta más apoyo social para amortiguar esa sensación.

¿Cómo se les enseña a ser felices?

La clave fundamental es el cariño. Una de las situaciones que más felicidad les despierta es la interacción con sus padres, la risa. La risa tiene un papel importante en el crecimiento personal, genera hormonas relacionadas con el bienestar y la salud mental. Por eso, no se entiende que la frustración, la decepción, el resentimiento recaiga en los niños y en los mayores, con maltratos que están generando gravísimas consecuencias.

¿Y qué pueden hacer los profesores para lograr esa felicidad?

No hay más secretos que el amor, el cariño y la comunicación con el ser humano. Tenemos una gran necesidad de comunicación. En EE UU hay un estudio que revela que el tiempo de contacto de un bebé con su padre es de 30 segundos al día. Hay que disfrutar con nuestros hijos, nuestros bebés, no dejarlo para el futuro.

¿La prisa con la que vivimos nos convierte en personas tóxicas?

Los valores fundamentales que acrisolan la felicidad son sustituidos por otros que determinan la infelicidad. Nos estamos convirtiendo en personas con muchos trastornos de ansiedad. No en vano, los ansiolíticos son los fármacos más consumidos en la sociedad occidental. Es muy importante despertar la tranquilidad para el aprendizaje, para la salud. La precipitación implica infelicidad y es fuente de enfermedades patológicas.

¿Nos retroalimentamos de negatividad?

Sí, la ansiedad destila un pensamiento negativo que hace que se contagie. Los padres contagian esa ansiedad al niño y repercute en la hiperactividad.

Se habla del niño hiperactivo, pero no es más que un efecto de contagio de la ansiedad de sus padres. En muchos casos existe ese componente de influencia tóxica.

Hablaba del consumo de ansiolíticos. ¿Tiene datos de Asturias?

En los últimos diez años ha aumentado entre un 20% y un 30%. Su consumo tiene mucho que ver con la mala gestión de la inteligencia emocional.

Pero los prescriben los médicos.

Los facultativos, como todos, ceden a la presión social. No hay tiempo suficiente para desarrollar el gran potencial médico que tiene el ser humano para controlar el estrés.

El plus de ser optimista

¿Qué necesitamos, entonces?

Vivir y saber vivir.

Pero eso requiere tiempo.

No podemos echar un pulso al tiempo. Lo que hay que hacer es saber vivir con él y desarrollar al máximo nuestra fuerza de voluntad para impedir la aparición de esos estados anímicos que llevan al médico y a una solución farmacológica ficticia. Es vital minimizar los miniestresores.

¿Miniestresores?

Sí, esos como 'se me rompió el tacón, llego tarde, me pusieron una multa, estoy a disgusto...'. Nuestra mente no está diseñada para digerir los múltiples miniestresores que recibe.

Ha escrito el libro 'Atrévete a ser feliz'. ¿Por dónde empezar?

Hay valores como el amor, la amistad y la generosidad que nos permiten acariciar la felicidad. La clave está en proyectarse a los demás. Ahora estoy realizando un trabajo de investigación sobre qué demanda el paciente y, estadísticamente, se ha comprobado que la sinceridad, la tranquilidad, la amabilidad, el saber estar con el enfermo facilitan su satisfacción.

¿Cómo influye el optimismo en el ámbito clínico?

Si tienes un médico optimista, tienes un plus de medicación, ya que cambia tu estado emocional y es capaz de reducir y moderar el dolor. El optimismo disminuye el consumo de fármacos, las estancias hospitalarias y las complicaciones quirúrgicas y postquirúrgicas.

En su último libro habla de felicidad, salud y longevidad.

Tenemos un problema con el envejecimiento y no lo hemos resuelto. La sociedad ha creado una estructura de centros residenciales y, desde mi punto de vista, el envejecimiento va a demandar otro tipo de opciones para que la persona siga siendo persona con todo lo que eso implica: autonomía, capacidad de decisión, sexualidad, amor, plenitud de vida, y no una última estación. Compartir pisos u otros dispositivos más humanos hacen que la persona sea más feliz y viva acorde consigo misma dentro de las dificultades que aparecen.