El Comercio

Mártires «de la tormenta marxista»

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El prefecto Angelo Amato presidió el ritual de beatificación en una catedral de Oviedo que reunió a más de 3.000 feligreses. / MARIO ROJAS

  • «Contra el riesgo real de desaparición de aquel suceso sangriento, la iglesia reclama no por venganza, sino por un justo deseo de recuerdo»

  • Angelo Amato reprueba la guerra civil en la primera beatificación celebrada en el Principado

Al monaguillo Antonio González los milicianos le empujaban hasta el coche, para darle matarile, cuando pasó ante su propia familia. «Adiós, madre, hasta el cielo». Le cortaron la lengua y se cree que tras recibir una paliza, su cuerpo fue tirado a una mina. ¿Su delito? Negarse a blasfemar y pisar cuadros religiosos. Al minero Isidro Fernández los suyos le imploraban que huyera del lugar para evitar el mismo desenlace. «Si Dios lo permite, por algo será», opuso. En la cárcel avisó a sus hijos de que debían «perdonar a todos como yo les perdono». Fue obligado a cavar su tumba; luego descuartizado y desangrado. Segundo Alonso, el presidente del Sindicato Católico de Mineros, corrió igual desgracia. El sacerdote de todos ellos, Genaro Fueyo, tuvo mejor suerte: lo apiolaron directamente de un disparo en la cabeza.

Todo ocurrió en Nembra, una parroquia allerana que, como el resto de Asturias en aquella época, «fue sacudida por la tormenta ideológica marxista, que provocó innumerables víctimas». Así lo rememoró ayer el cardenal Angelo Amato, prefecto de la congregación para las causas de los santos, llegado desde el Vaticano para celebrar la beatificación de estos cuatro mártires que marcan un punto y a parte en la historia de la iglesia asturiana. Es la primera vez que se celebra en la región una ceremonia de elevación a los altares, descentralización que introdujo Benedicto XVI. Es también la primera vez que se beatifica a un sacerdote diocesano y a laicos; hasta ahora los 29 beatos que contaba la archidiócesis eran frailes y religiosas. Isidro y Segundo se convierten, de paso, en los primeros mineros que Asturias eleva a los altares.

Amato presidió la celebración, en representación del Papa Francisco y, en una Catedral de Oviedo abarrotada por más de 3.000 creyentes, quiso dejar un mensaje. El «terror revolucionario» de los años 30 desató una «tiranía feroz a favor del ateísmo social», situó. La persecución buscaba «la anulación de la iglesia católica, exterminando a sacerdotes, religiosas y fieles y profanando, quemando y destruyendo todo». El balance final, dijo, fue de trece obispos y 6.838 religiosos asesinados «solo por su condición de católicos».

Razones para el recuerdo

«Han pasado ochenta años de esta masacre y las heridas se están cicatrizando poco a poco», concedió. Si la tragedia va quedando atrás, ¿por qué no «cancelar esta página negra de la historia española?». El prefecto manifestó que «contra el riesgo real de la desaparición de aquel suceso sangriento, la iglesia reclama no por un sentimiento de venganza y de odio hacia los perseguidores de entonces, sino por un justo deseo de recuerdo». En esencia, «si se olvida el pasado, estamos condenados a repetirlo».

Los cuatro de Nembra sirven así de símbolo de una época fatal, recordatorio de que «solo la piedad vuelve humana a la sociedad», y que «si la compasión se sustituye por la crueldad, el hombre se vuelve un lobo feroz para su prójimo». Para Amato «no se trata de documentar hechos de odio y muerte, sino de evocar la fe y el amor que brotan de la sangre derramada con abundancia».

Esa, la de tallar un ejemplo para otros, fue precisamente la ambición que movía al hijo de Segundo, Luis Alonso, hace 26 años, cuando propuso iniciar este trámite. «Era feligrés mío y sabía que, tras investigar a los mártires de Avilés, yo estaba tratando de completar la historia en toda la región», recuerda el sacerdote Ángel Garralda. «Había oído que Juan Pablo II, que sufrió el marxismo a sus espaldas, estaba interesado en beatificar también casos ocurridos por aquí», señaló. El promotor llevó medio centenar de folios relatando la tragedia al canciller secretario. Tras analizar la historia, en el arzobispado «le dijeron que no había ni un folio que borrar, que había que escribir más de una causa tan bella y hermosa».

«Elevar a un padre al altar»

Alonso no duró tanto como para ver que un Papa le daba la razón. Ayer el único descendiente directo de los cuatro mártires presente en el templo era Enrique Fernández, 85 años, hijo de Isidro. Aferrado a su bastón, trató de seguir en pie toda la ceremonia, con una sonrisa imborrable. «Elevar a un padre a los altares es lo máximo que uno puede vivir», explicó. Escuchó los cantos de la Schola Cantorum, dirigida por Leoncio Diéguez, que presentó el himno a los mártires compuesto a medias con la poetisa Carmen Cerezo. También la procesión de las reliquias, simbólicas dado que no se encontró el cuerpo de uno de los represaliados. Observó como el prefecto venido del Vaticano leía la carta escrita por el Papa.

Estaba previsto que el momento culmen llegara al descubrirse el enorme óleo pintado por el turonés Juan Luis Varela, con el retrato de los cuatro mártires ante una capilla iluminada. El cuadro estaba oculto en un prisma de blanco inmaculado, ante el que sobresale un hilo rojo, símbolo de la sangre derramada, que queda coronado en una cruz.

Iba a ser el momento álgido, pero quizás lo superó el cierre de la liturgia, cuando el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, se refirió directamente al padre de Enrique Fernández, asegurando que «estará viéndonos y desde el cielo te mandará un beso». Luego, los siete obispos celebrantes se acercaron a felicitarle, dando con ello el pistoletazo de salida a un movimiento apasionado. Por decenas fueron los feligreses que pugnaron por estrechar la mano del hijo de mártir, darle una buena palabra, tomarse una foto con él.

«Esto no me va a influir», confiaba abrumado por la reacción un hombre que, para celebrar el día, tenía previsto retirarse a su casa y, con la intimidad de su mujer, reponerse de las emociones. «Es difícil descifrar todo lo que se me ha pasado por la cabeza», reconocía él. «Un poco más y me hacen viuda», bromeaba ella. Antes de retirarse buscaron el saludo cómplice de Ángel Garralda, el vicepostulador que empujó por la beatificación.

«Hay muchos más que podrían recibir este homenaje, pero han caído en un manto de olvido, lo que es un gran pecado que estamos cometiendo», reflexionaba el sacerdote. «Este altar de la catedral, si sigue en pie, es en parte al sacrificio de todas esos mártires de la cruzada que que defendieron Oviedo e impidieron que fuera arrasado; vivimos en parte de sus rentas», reivindicó.