El Comercio

Un párroco gijonés, agredido por una mujer que acudió a pedirle ayuda

  • Fidel Gil asegura que la indigente, además de arañarle y golpearle, le amenazó de muerte al grito de «prefiero estar en la cárcel que en la calle»

El párroco de Nuestra Señora de Begoña, Fidel Gil Hernando, fue agredido el pasado jueves mientras se encontraba en su despacho anexo al templo. A eso de las 11.45 horas se presentó en él Sonia U. V., una joven indigente de unos treinta años acompañada de un chico alto pidiendo dinero para una rodillera. El religioso carmelita asegura que de buenos modos remitió a la mujer a Cáritas, explicándole que su congregación atiende ese tipo de servicios a través de la ONG de la Iglesia. La respuesta de la joven, según Gil, fue que ella con Cáritas no quería saber nada. Al negarse el párroco a darle dinero para su petición se puso furiosa, sin que su acompañante consiguiera tampoco aplacarla, y amenazó entonces con que no se marcharía del despacho parroquial sin el donativo.

Fidel Gil rehusó de nuevo y la joven se puso a gritar cada vez más fuerte. «Me levanté del despacho y salí de él. Ella salió también detrás llamándome de todo y en un momento me golpeó fuertemente en la cara. Intenté llevarla al templo, porque había alguna persona rezando. Pero ella entró en el despacho y rompió una serie de figuras de adorno que tengo allí más de valor afectivo que monetario», relata el párroco.

El sacerdote logró que saliera del despacho y dirigió sus pasos al templo con ellas detrás gritando y blasfemando. «En esto me asestó otro tortazo y me lastimó la cara con las uñas haciéndome unos arañazos cuya marca tengo aún», afirma Gil, quien a continuación pidió ayuda a otro miembro de su congregación, el padre Ángel. Esta persona bajó en auxilio del párroco y llamó a la Policía.

Mientras llegaban los agentes la joven siguió fuera de sí gritando, insultando y blasfemando, al tiempo que echaba en cara al religioso carmelita que ayudase drogadictos y a borrachos y, en cambio, a ella no.

«Por varias veces me pidió que la denunciase, porque si no, en cuanto saliese vendría por mí y me mataría, que prefería estar en la cárcel que en la calle», rememora el carmelita, de 61 años, que está al frente de Nuestra Señora de Begoña desde 2001. La propia Policía fue testigo nada más llegar a la parroquia de otra agresión al cura, en esta ocasión un puñetazo en el ojo, antes de llevarse a la mujer arrestada. Fidel Gil presentó la correspondiente denuncia por estos hechos en la Comisaría de Moreda y acudió también a un centro médico para obtener un parte de lesiones.

De agresora a víctima

La joven denunciada por el párroco envió ayer de forma masiva un escrito a la prensa, instancias eclesiásticas, entidades sociales, organizaciones políticas, e incluso concejales del Ayuntamiento, en el que es ella la que se presenta como víctima. «Me encuentro desamparada e indefensa ante una agresión física que recibí ayer por parte de un párroco llamado Fidel Gil en la parroquia de Nuestra Señora de Begoña», encabeza su misiva Sonia U. V. «Tal suceso tuvo atestado policial y pasé un día en los calabozos de la Comisaría de la Policía Nacional de Gijón», señala la joven, quien explica que está enferma y tiene una dolencia degenerativa en una rodilla.

La mujer expone que se encuentra en la calle y duerme en una fábrica abandonada enfrente de Calor y Café, en Laviada. Y que por su falta de recursos acudió a solicitarle ayuda al párroco para adquirir una rodillera ortopédica que los médicos le han recomendando llevar.

«Al entrar al despacho parroquial le dije que necesitaba de su ayuda y él me espetó textualmente que si necesitaba ayuda me metiera a puta que para eso valía», relata. «Acto seguido me agarró de las manos y me intentó sacar a empujones y patadas. Yo me defendí como pude y ya no recuerdo más, pues perdí la razón y consciencia. Una vez recobré mi cordura me encontré con unos policías insultándome y provocándome para que les pegara a ello. ¡Vasca de mierda me llamaban!», detalla para pedir que se depuren responsabilidades ante personas físicas e instituciones públicas subvencionadas que, dice, no hacen más que perjudicarla tanto física como mentalmente. «Me encuentro impotente y no sé qué hacer», concluye.