El Comercio

'Tomasín' o el miedo a la libertad

Los agentes llevan a 'Tomasín' al furgón hacia Villabona, a finales de octubre de 2011.
Los agentes llevan a 'Tomasín' al furgón hacia Villabona, a finales de octubre de 2011. / E. C.
  • Desde abril, la legislación le permite solicitar su excarcelación pero el fratricida de Tineo prefiere cuidar de la huerta y seguir con su rutina en Villabona

  • Lleva cinco años preso por matar a su hermano de dos disparos y no quiere dejar la cárcel

Hay quien, encarcelado, encuentra la atención que le faltaba. Quien se abraza a una rutina de la que liberarse resulta la peor de las condenas. Tras cinco años internado en Villabona, Tomás Rodríguez Villar, 'Tomasín', el hombre que de dos disparos quitó la vida a su hermano Manuel en un paraje de La Llaneza (Tineo), empieza a ajustarse a este perfil.

«Soy inocente, no soy culpable. Yo no hice. Deseo recuperar mi libertad y salir de Villabona». Estas fueron las palabras que el preso pronunció en su alegato final, en febrero de 2014, ante los nueve jurados que iban a condenarle. Había pasado toda la mañana sentado en el banquillo, apretando con la mano un papel en el que llevaba escritas sus últimas palabras, pero al final se lanzó sin leerlo. Como aquel borrador, su lamento resultó efímero. Se lo condenó a cinco años de prisión por homicidio y otro más por tenencia ilícita de armas. En abril cumplió tres cuartas partes del castigo, lo que le abriría las puertas de la cárcel si lo quisiera. El código penal concede la libertad provisional a quienes, habiendo superado esa parte de la condena, ya hayan experimentado un tiempo en tercer grado, esto es, el régimen de semilibertad, el que permite a los reos salir durante el día y regresar para dormir.

'Tomasín' rechaza estas opciones. El abogado que le tocó por turno de oficio, Manuel García García-Rendueles, sigue visitándole periódicamente. «Le he explicado que podía pedir permisos, pero él es una persona particular, muy educada. Me dice que no hace falta que siga, que no tengo por qué ir, pero lo sigo haciendo por si cambia de opinión».

Se ha hecho a la prisión. Cuida del huerto, no se mete en problemas, y tiene la estima del personal. El equipo médico se encarga de que, por primera vez, sus dolencias psíquicas tengan un cierto seguimiento. La integración es tan buena que empieza a preocupar el camino de vuelta. Su madre falleció antes del suceso, a su hermano lo despachó él mismo, y tampoco quiso utilizar el permiso penitenciario para acudir al funeral del padre. Hay familiares más lejanos que se ofrecen a echarle un cable. Sobre ese apoyo «tendrá que ir encontrando su camino», asume García García-Rendueles. La cuenta atrás ya ha comenzado. El próximo mes de octubre, sí o sí, habrá cumplido toda la condena. Se le acabará el billete en Villabona.

El viaje a la cárcel lo inició sin saberlo en septiembre de 2011. Estaba en la cabaña en la que habitaba desde hace diez años, a prudente distancia de La Llaneza. Los testigos confirmaron que la relación entre ambos fue siempre difícil.

«Camadas de palos»

«Manuel era muy dominante y lo que él mandaba tenían que hacerlo todos, si no, había problemas», relató la mujer de un primo. La madre de ambos le habría confesado, tiempo atrás, que el hermano mayor «le pegaba camadas de palos a 'Tomasín'» y que le dejaba «sangrando por la boca».

Cada golpe sobre el futuro fratricida le hacía más retraído. «Para él relacionarse con los demás supone un auténtico tormento», describieron los médicos forenses. En 1996, a sus 26 años, un facultativo del centro de salud incorporó a su historial un diagnóstico clínico de fobia social. Él, empero, no era de pastillas y terapia. Prefería bajar a Tineo, acodarse en un rincón del bar o la fiesta de turno, y echarse unos tragos que ahoguen la timidez. Eso, y la convivencia con sus animales.

«Desde los seis años me dediqué a criar conejos; para mí eran una diversión, como para otros jugar al fútbol, llegué a vender cientos de ellos. Hasta que luego los vendí todos y empecé con las yeguas, tuve hasta 50», relatará en el juicio.

El día de autos, decimos, está en la cabaña, un chamizo de 35 metros cuadrados de piedra y maderos, en el que duerme con un caballo y un perro, excrementos, un bote de Cola Cao en el que esconde los 34.000 euros de la venta de ganado. Manuel enfila el lugar y comienza a aporrear la puerta. «Vino gritándome y diciendo que me iba a meter la cabeza en el caldero de dar de beber a las vacas», asegura el acusado y único testigo de sus hechos.

La sentencia detalla cómo 'Tomasín', «atemorizado, temiendo por su vida, en una actitud puramente defensiva, cogió la carabina de aire comprimido marca 'Cometa' que había transformado previamente» y «a través de uno de los huecos existentes entre las tablas de madera de la puerta de entrada, le disparó sin ocasionarle lesión alguna».

Manuel se enrabieta, sangra, jura que se las hará pagar. Llega a arrancar uno de los tablones de la puerta y en ese momento «Tomás, fuera de sí, aterrado por creer que su atacante era indemne, en el momento en el que su hermano estaba a punto de lograr forzar la puerta, volvió a cargar la escopeta», detalla el auto. A la 'perdigonera' la carga con un alambre y una posta y dispara. El proyectil acierta en toda la cabeza. Manuel se arrodilla, cae.

Los agentes lo encontrarán, tiempo después, muerto. Ven «muchos gusanos que le tapaban la cara y el pelo, donde tenía la sangre», describen. La autopsia revela que la causa del fallecimiento fue un shock hipovolémico. Se produce cuando el cuerpo se está desangrando tanto que el corazón es ya incapaz de seguir bombeando riego suficiente.

'Operación Atlasierra'

Al principio 'Tomasín' no le cree. Aprovecha la caída de su hermano para huir a un arbusto próximo. Desde ahí lo observa y juzga que está fingiendo para darle caza. Se asusta. Echa a correr por los bosques donde de crío jugaba a esconderse. Hay castañas, nueces, avellanas, peras, rincones en los que apañar un lecho. En la naturaleza siempre encontró refugio. La 'Operación Atlasierra' pondrá tras él a 40 agentes, helicópteros, hombres apostados bajo la lluvia, quietos, esperando un movimiento imprudente. Durante 57 días el de La Llaneza les dará esquinazo. Tiene depósitos repartidos por la zona, sabe camuflarse. Un día se acerca a La Espina, compra víveres y vuelve a sus bosques en taxi. El juego del ratón y el gato termina donde empezó. Le prenderán a escasos metros del lugar del crímen.

Desde los maquis no se recordaba la historia de un prófugo que hubiera alargado tanto su huida. Los vecinos saben eso y las palizas de que era víctima de su víctima. Hay medio centenar de curiosos viendo cómo los agentes lo meten al juzgado y deciden aplaudirle como a un héroe. Cuando termine el interrogatorio y reconozca su crimen, serán el doble en número y entusiasmo. Las cámaras de ese día le retratan esposado, a punto de ser subido al furgón rumbo a Villabona. Camino dócil, mira al suelo, y esboza una sonrisa. La de quien deja atrás algo peor que una estancia en prisión.