El Comercio
«La foto está tomada a menos de un kilómetro de mi casa. Berlín está llena de canales y lagos».
«La foto está tomada a menos de un kilómetro de mi casa. Berlín está llena de canales y lagos».

«Berlín es la ciudad más interesante del último siglo»

  • Profesor funcionario en un instituto de Bonn, desde noviembre está en Berlín con una excedencia de paternidad para cuidar a su hija de nueve meses

  • Jesús Miguel Hevia vive en Alemania desde el año 2004

Doce años hace ya que llegó a Alemania Jesús Miguel Hevia Riopedre, gijonés nacido en Oviedo en 1981. El amor tuvo la culpa. Conoció a una chica alemana de Erasmus en Asturias y se fue con ella. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y Pedagogía, Historia y Filología Hispánica por la Universidad de Bochum, tras realizar un curso de dos años de adaptación al profesorado (el Referendariat), desde 2012 trabaja como profesor en condición de funcionario impartiendo Historia y Español en un instituto de Bonn. Pero su vida en Alemania en los últimos años ha estado a caballo con Berlín, donde vive su chica y la madre de su hija de nueve meses. Desde noviembre vive allí, puesto que disfruta de una excedencia de paternidad hasta agosto de 2018 para cuidar de la peque. Allí las cosas son distintas: «Puede sonar a ciencia ficción, pero en Alemania tanto el padre como la madre tienen derecho a una excedencia laboral de tres años», explica. Y da detalles: «Pueden ser los tres primeros años de vida del niño o los dos primeros y otro más antes de que cumpla los ocho. Además tanto el padre como la madre cobran el 67% del sueldo (hasta un máximo de 1.800 euros) durante doce meses si la excedencia la toma uno de los progenitores o catorce meses si lo hacen los dos. Por si fuera poco, los padres recibimos del estado 190 euros para los gastos de nuestro hijo hasta que este finalice su formación académica o profesional; estamos hablando de más de cuarenta mil euros por niño. El único pero es la escasez de plazas de guardería», explica. En esas anda estos días, buscando plaza para su niña, y no lo tiene fácil. Hay muchas madres solteras que tienen prioridad sobre él, en excedencia, y por tanto, el último de la lista.

Está contento y mucho más que hecho al país. «Mi adaptación a Alemania fue rápida. No tuve que buscarme la vida, sino integrarme en el día a día de la que por entonces era mi novia. Desde el primer minuto estuve empapándome de la cultura alemana gracias a ella, a su familia y a sus amigos. A los tres meses decidí dejar de comunicarme en inglés en las situaciones en las que mi alemán no llegaba para más. Me apunté a un curso intensivo y al año siguiente ya estaba estudiando en la universidad. Esta fue la clave. A través de la lengua accedes a la cultura de un país, a su música, a su cine, a su literatura, a sus medios de comunicación, a su humor, a sus dichos... en definitiva, a sus lugares comunes», apunta.

Ni el mal tiempo ni la comida le frenaron, por mucho que los seis meses de invierno se hagan duros, porque el país tiene muchas ventajas. También en el plano laboral. «Mi experiencia es muy positiva. Es cierto que, siendo funcionario, mis condiciones son muy ventajosas. No obstante, las regulaciones en el sector privado protegen bastante al empleado, especialmente a aquellos con contrato indefinido. Se respeta mucho la duración de las jornadas laborables, así como los días libres o las vacaciones, y las horas extra se consensúan y se pagan debidamente. Lamentablemente, desde hace unos años existe una bolsa cada vez mayor de trabajo precario y mileurista».

Dice que los alemanas son educados y cívicos, silenciosos y agradecidos. Les falta ese punto tan social y espontáneo de los españoles, pero les sobra historia y cultura. «Berlín es la ciudad más interesante del último siglo. Si algo hacen bien los alemanes es conservar su memoria histórica, y en eso Berlín se lleva la palma». Es un centro cultural de primer orden diverso y singular: «Puedes asistir a un concierto de la mejor filarmónica del mundo y al día siguiente, a uno de Vetusta Morla. Puedes comprar un pase para la Berlinale o meterte en un cineclub de barrio. Puedes entrar a ver el altar de Pérgamo o deambular por la calle descubriendo grafitis».

Tiene contras la ciudad: no hay buenos equipos de fútbol, el paro es alto (el 9%, frente al 3% del resto del país) y la cerveza es pésima. «La Berliner Pilsner es francamente mala. No he probado peor cerveza en Alemania y eso que tengo el dudoso honor de haberlas probado casi todas».

Así las cosas, y por mucho que añore el marisco fresco, la playa y los bares de barrio, volver a Asturias no está en su agenda. «Aquí soy feliz; tengo una novia y una hija maravillosas, buenos amigos y un trabajo que me llena».

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