El Comercio
Estela García, en el desierto de Atacama.
Estela García, en el desierto de Atacama.

«Estuve muy cabreada por emigrar»

  • Estela García Llaneza ha pasado por Colombia y Perú antes de recalar en Chile

  • Esta ingeniera civil de Sotrondio defiende que, «en comparación con otros lugares del mundo y a pesar de la crisis, en España se vive muy bien»

Estela García Llaneza (ingeniera civil de Sotrondio, 31 años) reconoce a las claras su enfado monumental: «He estado muy cabreada por haber tenido que emigrar. Mucho. Porque, aunque haya vivido un montón de cosas buenas fuera de España, me gustaría haber tenido al menos la libertad de decidir si me quedaba». Pero las cosas no pintaron así y las buenas oportunidades de trabajo en lo suyo nunca llegaron en la piel de toro, cuenta esta profesional que comenzó su periplo en el exterior en Medellín, donde permaneció seis meses con una beca cursando un máster de Ingeniería de Costas y Puertos en la Universidad Nacional de Colombia. Medio año «increíble» que la llevó a isla Gorgona, en un parque natural prácticamente inaccesible para hordas de turistas y al que solo llegan investigadores con un permiso o amantes del buceo.

Allí, Estela tuvo la oportunidad de investigar «por qué la playa se estaba erosionando, lo que provocaba que llegase el oleaje y se llevase los huevos de tortuga, que no llegaban a eclosionar». Y cuando su estancia concluyó se trasladó a Perú, donde le ofrecieron su primer trabajo en condiciones. Eso sí, con un pequeño inconveniente, ya que su puesto estaba en Huancayo, en la sierra, a 3.900 metros de altitud.

«Tenía diarreas interminables, mal de altura... Así que, al mes, le escribí al jefe y le dije: 'O me sacas de aquí o me vuelvo a España'. Fue una experiencia muy dura», recuerda. Pero la amenaza surtió efecto, porque la trasladaron a la costa, cerca de Máncora. Y el siguiente destino sería Lima. En total, tres años en tierras peruanas en las que trabajó en proyectos como la construcción de un muelle o los pilotes de un puente colgante y donde hizo los contactos necesarios que la llevarían hasta Santiago de Chile, donde acaba de quedarse en paro («es un decir», porque no tiene prestación de desempleo) tras un año y medio de proyecto y donde vivió el peor momento de su vida nómada: su apendicitis.

«Me di de bruces con el sistema sanitario privado, porque, como en casi toda Latinoamérica, acudir al público puede suponer que te vayas a operar de apendicitis y salgas sin una pierna», cuenta medio en serio medio en broma.

Y allí se fue, dispuesta a meterse en un quirófano. Pero, de repente, surgió una complicación inesperada: «Resulta que la semana anterior me habían robado, no tenía documentación y mi visa todavía estaba tramitándose».

Así que, cuando llegó al hospital, lo primero que le espetaron fue que, si quería operarse «tenía que depositar una fianza de 5.000 dólares». Y eso, «a pesar de tener un buen seguro». Una exigencia que, finalmente, tuvo que cumplir antes de enfrentarse al bisturí. «Me enfadó que me trataran como una turista cuando, en realidad, era una residente», recuerda el mal trago esta mujer con carácter, que no puede entender «que la gente se queje del sistema sanitario español o, en general, de los servicios públicos». Y eso porque, visto lo visto a lo largo y ancho del continente americano, concluye que, «en comparación con otros lugares del mundo y a pesar de la crisis, en España se sigue viviendo muy bien. Incluso la gente que vive mal. La pobreza es otra cosa. Es la de Perú, donde todos los días ves cosas desagradables».

Lo que ya se le ha pasado es el cabreo monumental: «Sigo enfadada, pero no como antes. Ahora intento ver las cosas positivas, como el hecho de que me encanta viajar y puedo hacerlo». Tanto, que sus planes pasan por quedarse en Santiago una temporada: «Aquí estoy bien. Son muy parecidos a nosotros y no creo que la cosa en España cambie».

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