El Comercio

Todas por la patria

Las guardias Raquel Iglesias e Icíar Fernández, la capitana Olga Torralbo, el teniente coronel jefe Luis Germán Avilés, el comandante jefe Ignacio Bargaño y la guardia Vanesa Rojo, en la Comandancia de Oviedo.
Las guardias Raquel Iglesias e Icíar Fernández, la capitana Olga Torralbo, el teniente coronel jefe Luis Germán Avilés, el comandante jefe Ignacio Bargaño y la guardia Vanesa Rojo, en la Comandancia de Oviedo.
  • La Comandancia de Oviedo tiene 62 en su plantilla, el 8% del total. «Estamos por encima de la media», resalta el teniente coronel jefe

  • Hasta 1989 no llegaron las primeras agentes a la Guardia Civil. Cinco mujeres cuentan a EL COMERCIO su experiencia

Una es nieta de rojo y, sobre todo, hija de la cuenca minera. Otra, licenciada en Empresariales que dejó un trabajo bien pagado al sol de Lanzarote para vestir uniforme, aunque ahora siempre va de incógnito. Dos han vivido toda su vida en una casa cuartel y saben lo que es ser hija, hermana, esposa y, puede, madre del cuerpo. La quinta cree que debe, a partes iguales, su puesto a su bilingüismo en inglés y a la 'negociación' materna con la Santina: «Le pedí que solo apruebes si va a ser para bien», le dijo su madre. Y ella confirma que «fue para bien».

Son cinco mujeres. Pero, además, son ocho. Ese, el 8%, es el porcentaje que la mujer ocupa en la plantilla de la Comandancia de Oviedo de la Guardia Civil. «Contamos con 62 efectivos mujeres, estamos por encima de la media nacional, que está en el 7%», apunta Luis Germán Avilés, el teniente coronel jefe de todas ellas. El pasado mes de abril, él fue coanfitrión, junto a su homólogo de Gijón, Francisco Javier Puerta, y bajo la presidencia de Francisco Javier Almiñana, coronel jefe de zona de Asturias, de una actividad sin precedentes que clausuró el propio Delegado del Gobierno, Gabino de Lorenzo: la I Jornada sobre Igualdad en la Guardia Civil de Asturias.

Gracias a un convenio con el Instituto Asturiano de la Mujer y el Colegio de Abogados, tanto Oviedo como Gijón acogieron mesas redondas y de debate que pusieron de manifiesto la necesidad de más incorporación de la mujer a las fuerzas y cuerpos de seguridad y sirvieron para desvelar que, ahora, el principal problema de ellos y ellas es el mismo: conciliar la vida familiar con la laboral. «Se está trabajando en ello», asegura Avilés, aunque reconoce que «es necesario hacer más atractivo el puesto».

No obstante, deja claro el teniente coronel jefe que «aquí no hay brecha salarial. Hombres y mujeres cobran lo mismo. Porque lo que importa, en realidad, es ser buen profesional. Ser hombre o ser mujer es indiferente». Icíar Fernández, Belén Rico, Olga Torralbo, Vanesa Rojo y Raquel Iglesias corroboran las palabras de su superior. Y, aseguran, no solo por obediencia debida.

Olga Torralbo

«Nuestra presencia está normalizada por completo»

«La presencia de la mujer en la Guardia Civil está normalizada por completo». Olga Torralbo (Córdoba, 1973) se confiesa tan convencida de sus palabras como de que no siempre fue así. «Hace 25 años las cosas eran diferentes». En 1992, cuando ella ingresó en la Benemérita, «algunos preguntaban: '¿A vosotras también os dan pistola?' Una pregunta sin maldad, de sorpresa real».

Sorpresa porque en aquel 1992, pese a que fue el año de la España de los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla y la 'beautiful people', solo era el tercero en el que llegaban a los cuarteles agentes femeninos. Creada desde 1844 por el Duque de Ahumada, la mujer llegó a la Guardia Civil en 1948, pero sin armamento ni divisas. En igualdad de condiciones con el hombre no fue posible hasta 1989.

Y ella lo sabe bien, ya que ha vivido «casi toda la vida en una casa cuartel». Primero como hija. Después, como agente. Un 'casi' que llega por su decisión reciente de «alojarme fuera. Aquí estaba fantástica, para los críos vivir en una casa cuartel es maravilloso: tienes un patio gigante lleno de niños y completamente seguro. Pero, con los años nos vamos llenando de manías y, a mí, ahora me apetece vivir fuera».

Aquella niña de la casa cuartel de Baeza sí soñaba con ser Guardia Civil, pero reconoce que ahora «vemos normales cosas que, antes, no lo eran». Recuerda que «en mi primer año, cuando estaba patrullando por Barcelona, una anciana se me acercó y me dijo: 'Al final, yo no estaba loca. Cuando era joven quise entrar en la Guardia Civil. ¡Cuando lo dije me querían encerrar!'. Me acuerdo mucho de ella. ¿Qué pensaría si viera ahora que tenemos una teniente coronel con mil hombres bajo su mando?». Quizá lo mismo que si supiera que, aquella joven agente que patrullaba por Barcelona a pie, es hoy capitana. Porque aunque Olga Torralbo se define como «la psicóloga de la Guardia Civil» es, también, capitán. La mujer con más alto rango Comandancia de Oviedo.

Icíar Fernández

«Para estar con mi marido, renunciamos a ascender»

Un cargo, el de capitana, que no logrará nunca Icíar Fernández (Mieres, 1974). Y no porque le falten méritos. No llegará por decisión personal. «Para estar con mi marido, ambos renunciamos a ascender». Y ese es el principal problema que presenta la Guardia Civil. «Pero no solo para las mujeres, para ellos también», deja claro. Ascender supone, automáticamente, «cambiar de destino y eso supone mover a toda la familia». Y ella y su marido -«entramos juntos en la Academia»- lo tuvieron claro. «Nuestro interés era estar juntos, aunque fuera a costa de no ascender o de tardar más en volver a Asturias». Porque ese, el retorno a la patria chica, es el objetivo de todos los agentes. Un objetivo muy complicado para andaluces, gallegos y asturianos. «Las estadísticas lo dicen: la mayoría de los agentes son de Galicia o Andalucía. En los últimos años, Asturias también se ha convertido en una región con muchos guardias».

A ella le costó nueve años volver. Siempre con su pareja pasó, antes, por Huesca y Cantabria. Los hijos nacieron lejos de casa y eso obligó a inventar la conciliación familiar antes de que entrara en la agenda política. «Mi marido y yo cambiamos de turno para estar siempre con el bebé. Durante muchos meses nos veíamos solo en la escalera. 'Lo dejé cambiado' 'Hoy comió mal' 'Parece que tiene fiebre' eran, casi exclusivamente, las frases que nos cruzábamos». Incluso para volver a Asturias, la apuesta por seguir juntos les llevó a aceptar «puestos con menos demanda, como en los Oscos. Pero, nosotros, encantados. A mí me encanta ese trabajo tan cerca de los vecinos. Te conocen y hacen más fácil llevar a cabo una investigación».

Asegura que nunca ha notado otra cosa que «cariño hacia nosotros». Incluso ahora, que los ciudadanos con los que más trata son periodistas. «No nos dais mucha lata», bromea. Junto a su compañero, el cabo Serafín Pérez, conforman la Oficina Periférica de Comunicación de la Comandancia de Oviedo. Reitera que siempre ha notado «mucho cariño hacia la Guardia Civil».

Y lo dice ella, que no solo no es una hija del cuerpo, sino que lo es de la cuenca minera. «De Ujo, que conste». Y nieta de un güelu rojo. Pero, a los doce años sus profesores en el colegio de Ujo casi adivinaron su futuro. «Tiene dotes para el Ejército, pusieron en mi libro de escolaridad». Su abuela sí acertó: «'Las cosas se cambian desde dentro', me dijo. Y eso hacemos».

Belén Rico

«Dejé Fuerteventura para ser guardia civil»

Para cambio, el de Belén Rico (Lugo, 1982). No fue la Guardia Civil su primera opción. Licenciada en Empresariales, una empresa canaria la fichó casi antes de acabar la carrera. «Estuve un año en Fuerteventura». Buen trabajo, buen sueldo, siempre sol... Todo lo dejó atrás por entrar en un cuerpo al que llegó al nacer. «A mi padre, que estaba en Úbeda, no le dejaron venir a Lugo por mi nacimiento». Fue ella la que se fue a verle y la que le siguió a los destinos de Asturias y Vitoria. En el País Vasco estuvo hasta los 16 años y, reconoce que la experiencia «marca. Te acostumbras a no decir en qué trabaja tu padre». Pero nunca sintió miedo. «Lo asumes como natural» y, de hecho, si no entró en la Guardia Civil tras acabar sus estudios fue «por la insistencia de mi madre en que hiciera una carrera». Sin embargo, a los 25 años decidió tomar las riendas de su vida e ingresar en la Benemérita. Comenzó en un pueblo pequeño y (entonces) desconocido: Borja. Hoy archifamoso por la 'restauración' de su Ecce Homo por Cecilia Giménez. «La mujer era una gran admiradora de la Guardia Civil», recuerda divertida. Después, tocó volver al País Vasco. «Pero ya se notaba mucho cambio en la sociedad». El terrorismo fuerte en los ochenta estaba descabezado en la segunda década del nuevo milenio.

Aunque, tampoco en ese momento podía decir en qué trabajaba. Porque, como ahora en Asturias, es miembro de la Policía Judicial. Siempre de incógnito, siempre de paisano, no puede posar para la foto de grupo. Aún así, «no me cambio».

Raquel Iglesias

«En el País Vasco tenías que mentir sobre tu trabajo»

Tampoco se lo plantea Raquel Iglesias (Gijón, 1980). Sobre todo, porque sabe que cuenta con la 'protección' de la Santina. «Mi madre, que es muy creyente, me dijo que le había pedido que, si iba a ser para bien, que aprobase el examen de ingreso». Y ella aprobó. Y agradece, mucho, la insistencia materna de que estudiara idiomas. Porque ser bilingüe en inglés le permitió acumular puntos para acercarse lo más posible a su casa gijonesa desde su destino en el País Vasco. «Allí tenías que mentir sobre tu trabajo. Es difícil hacer relaciones, aunque seas muy sociable. A mí no me gusta mentir a mis amigos y, realmente, tenía que hacerlo. No por ellos, sino porque nunca sabes con quién pueden comentar que tú eres guardia civil».

Ella, como el resto de sus compañeras, asegura que todo ha cambiado mucho, pero, en la conversación aparece el nombre de Irene Fernández Perera. La primera guardia civil asesinada por ETA. La gijonesa, que este año cumpliría 49 años, fue víctima de una bomba en su coche en 2000. «Aunque tenemos normas de seguridad, desde de lo de Irene cambié el 'chip'», reconoce Olga Torralbo. «Pero no se puede vivir con miedo», apunta Icíar Fernández. Un diálogo que remata Raquel Iglesias. «Yo no tengo miedo y, desde que estoy aquí, me obligo a decir que soy guardia civil. Porque es un honor».

Vanesa Rojo

«Lo que más me gusta es la cercanía con la gente»

Un honor, un orgullo y solo la única forma de vida posible para Vanesa Rojo (Cangas del Narcea, 1980). «Cuando acabé COU le dije a mi padre que me trajese los papeles. Y me examiné». Hija de guardia civil, nació en Pola de Allande, pero prefiere datarse en Cangas «porque allí nos tuvimos que trasladar al nuevo cuartel». Valencia y Soria fueron sus primeros destinos, hasta lograr 'tocar' tierrina con el destino en San Antolín de Ibias. «Fui muy feliz. Lo que más me gusta es la cercanía con la gente. Es para lo que nacimos, para servir a los ciudadanos y en los pueblos es donde más lo puedes hacer».

Ahora sigue cerca de la gente, en Ujo. Ella, como Raquel y Belén, vivieron ya como normal «trabajar en la Guardia Civil». Tanto como que, en su primer día de trabajo, «estaba tomando un café con mi compañero cuando nos alertaron de un robo. Cada uno salimos por un lado, pero fui yo la que me lo topé. 'Manos arriba', le solté. Fue mi primera detención». Luego llegaron más. Todas por la patria.

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