Los aludes causaron 20 muertos y 50 heridos en el Macizo Asturiano desde 1960

La carretera a San Isidro, sepultada por varias avalanchas. / JUAN CARLOS ROMÁN
La carretera a San Isidro, sepultada por varias avalanchas. / JUAN CARLOS ROMÁN

La reforestación y el declive minero redujeron los daños en las últimas décadas, según un estudio de la geógrafa Cristina García-Hernández

R. MUÑIZ GIJÓN.

La geógrafa asturiana Cristina García-Hernández publicó en agosto pasado en la revista 'Global and Planetary Change' y actualizó en enero un informe sobre la incidencia de los aludes en el macizo asturiano, un área que incluye algunos municipios colindantes de León y Cantabria. El trabajo analiza todas las avalanchas de las que consta documentación desde el año 1800 y hasta 2015, un periodo lo suficientemente amplio como para percibir cambios en la relación de la sociedad con este fenómeno montañoso. Los aludes no causan hoy los problemas que generaban a los asturianos que lo eran dos siglos atrás.

«La cantidad de avalanchas dañinas no ha disminuido en el macizo asturiano, pero ha habido una progresiva reducción del daño», escribe la especialista de la Universidad de Oviedo. El informe atribuye a la caída de nieve un total de 192 muertos y 150 heridos, con dispar distribución. Entre 1800 y 1899 se contaron casi un centenar de fallecidos y más de 60 heridos; en los últimos 45 años no llegan a veinte las esquelas y medio centenar los heridos.

Agregados todos los datos, resulta que los concejos que más frecuentemente sufren avalanchas documentadas son Lena, Aller, Somiedo y Cabrales en el Principado, y destaca Villamanín en León. De ellos, Somiedo, Lena y Cabrales son los que más víctimas han sufrido.

«La transformación de un sistema de gestión de la tierra basada en la sobreexplotación a otro basado en el abandono de la tierra, ha sido el principal factor que influye en la evolución del daño en los últimos cincuenta años», señala en las conclusiones. Cabe recordar que desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX «debido al crecimiento demográfico, las leyes de desamortización y la emergente minería del carbón» se propició una tala masiva de los montes. La madera usada para el sostenimiento de las galerías vaciaba las laderas de bosques que ejercían de barrera de protección contra las avalanchas.

«Esto explica el aumento de los daños durante estas décadas, es decir, debido a las avalanchas que afectan a los asentamientos», considera la geógrafa.

Todo cambiará alrededor de 1950. Asturias deja de usar madera autóctona para el entibado, y la actividad agropecuaria inicia su propio declive. Ambos factores se traducen en una progresiva recuperación de la vegetación y, por extensión, de los obstáculos que encuentra el alud a su paso. Se produce además una cierta reforestación, tanto más intensa en laderas de escasa pendiente, que eran justo donde más perjuicios venían protagonizando las avalanchas.

Si a ello se suma el declive demográfico general de la región y en particular en los asentamientos de montaña, el cóctel está servido. Vuelve «el bosque protector», según el término usado por García-Hernández.

La especialista asume que las consecuencias del actual proceso de revegetación que vive Asturias son objeto de discusión. «Los resultados de este estudio resaltan una de las posibles consecuencias positivas: la reducción del daño de avalancha», indica. «Sin embargo, teniendo en cuenta otros efectos de este proceso (que puede incrementar el potencial de los incendios y ha sido considerado negativo desde un punto de vista cultural), lo imperativo es planificar», matiza.

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