Calles luminosas y limpias contra el consumo de drogas

Gregor Burkhart. / ALEX PIÑA
Gregor Burkhart. / ALEX PIÑA

El responsable de prevención del Observatorio Europeo expone «medidas fáciles» para erradicar hábitos nocivos | Encarecer el precio del alcohol, retirar las licencias hosteleras a quienes no controlen la edad para beber y cuidar el deporte y el urbanismo en las aulas, algunas de las claves

E. RODRÍGUEZ OVIEDO.

Gregor Burkhart (Weingarten, Alemania, 1964 ), doctor en Medicina y responsable de prevención en el Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías -situado en Lisboa- visitó ayer Oviedo. Acudió como ponente del I Congreso Internacional de Psicología, Salud y Educación, organizado por el grupo ADIR (Aprendizaje Escolar, Dificultades y Rendimiento Académico) de la Universidad de Oviedo junto a la Asociación de Formación Científica en Psicología de la Universidad de Almería.

En su intervención, expresó la preocupación por «la normalización del consumo de alcohol y de cannabis». De esta última sustancia, los datos recogidos de los 28 estados miembros de la Unión Europea, más Noruega y Turquía, revelan que «su consumo se está estabilizando e, incluso, disminuyendo», pero, por contra, «los problemas asociados a su toma van en aumento. Hay cada vez más demanda de tratamientos, posiblemente por la aparición de cannabinoides sintéticos, sustancias psicoactivas producidas sintéticamente en varios países y más peligrosos por intoxicaciones». También inquieta que, dentro de los consumidores, hay «entre un 5% y un 10% que consumen diariamente».

Sobre el alcohol, no recogen cifras, porque así lo tienen estipulado por la Comisión Europea. Pero lo que tiene claro es que «sería mejor gastar el dinero de las campañas en otro tipo de medidas». Y en ellas centró su conferencia. ¿El fin? Cambiar los hábitos nocivos de los adolescentes y jóvenes. Habla Burkhart de iniciativas «regulatorias, físicas y económicas».

Entre las primeras, menciona la necesidad de que haya «una cooperación obligatoria entre la industria del ocio, de la vida nocturna, con los servicios de prevención y la policía para controlar tanto la edad de los menores que buscan alcohol como de las personas que acceden al local». Se refiere a evitar la entrada a quienes se encuentren en estado de embriaguez o estén 'colocados'. Quienes no cumplan con estos requisitos se les debería retirar la licencia hostelera, dijo.

Conocedor de las políticas que se llevan a cabo en los distintos países, indica que «España está cambiando muchas cosas en los últimos diez años. Hace una década, la gente se quedaba boquiabierta cuando le decías que el alcohol es una droga. Ahora, hay voluntad política de regularlo y hay avances en varios frentes, pero todavía hay una gran parte de la población que asocia todo este tipo de medidas con prohibición, con antiplacer. Y no es así» porque «la prohibición criminaliza al consumidor y al vendedor. Y eso no hace falta para una buena regulación. Se puede regular el alcohol sin criminalizar, controlando lo que decía, la disponibilidad física, pero también los precios y los ambientes».

En cuanto a los precios, Burkhart puso el ejemplo de Escocia, donde, en 2016, tras años de lucha con el lobby del whisky, el Gobierno estableció un precio mínimo, en función de su contenido, para el alcohol que se vende en tiendas y supermercados. El precio fue de 60 céntimos de euro por cada unidad de alcohol, lo que hace que una botella de 70 centilitros cueste 17,5 euros. Cervezas, sidras y otras bebidas populares entre los jóvenes sufrieron los mayores incrementos. ¿Objetivos? Evitar 60 muertes el primer año, 1.300 ingresos hospitalarios y 3.500 delitos. Tras comparar los datos con los de Inglaterra, la iniciativa hizo efecto.

Agua libre en discotecas

Dicho experto también aludió a que «una bebida no alcóholica no sea más cara que una alcohólica» y a que haya «agua libre en las discotecas» y a que en los festivales no se prohíba llevar agua de casa, como si fuese una droga. Con esas medidas se pueden cambiar muchos comportamientos».

De esa batería, una de las más llamativas, quizá por poco escuchada, fue la de cuidar los espacios físicos, con mayor limpieza e iluminación en las calles. «Las lúgubres, feas, oscuras promueven el tráfico y el consumo ilícito». El mismo mimo hay que tener en los colegios. «Uno feo, triste y sucio influye en el comportamiento». En su opinión, «hay que cuidar el ambiente en las aulas para que haya un buen clima de convivencia, libre de acoso y con reglas claras sobre el consumo. Si no se fuma, los profesores no fuman y tampoco nadie en el patio». Al igual que en Islandia -ejemplo en la reducción del consumo de drogas- plantea fomentar el deporte en las extraescolares; reglas y actitudes claras en la familia, y «más cenas familiares» que eviten que los jóvenes estén por la noche en la calle.

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