«Estoy contento, me voy al monte que veía desde la cárcel y ya no me ocultaré más»

'Tomasín', con sus pertenencias a la espalda, nada más salir de prisión./ DAMIÁN ARIENZA
'Tomasín', con sus pertenencias a la espalda, nada más salir de prisión. / DAMIÁN ARIENZA

'Tomasín' habla con EL COMERCIO tras pasar seis años en la cárcel por matar a su hermano: «Hay dentro buena gente, yo cuidaba de los bonsáis, pero ya se me hizo largo»

RAMÓN MUÑIZ PRISIÓN DE ASTURIAS.

Desbarbado, sin mucha idea de qué hará a partir de ahora, pero con un pensamiento claro sobre a dónde dirigir sus pasos: «Me voy al pico aquel, ese monte, por donde pasa la carretera, que lo veía desde la cárcel». Son las primeras palabras en libertad de Tomás Rodríguez Villar, 'Tomasín', el hombre que descerrajó a su hermano en La Llaneza (Tineo) dos disparos mortales de necesidad cuando la víctima iba a zurrarle. El que dejó a Manuel desangrándose en el suelo y echó a correr al monte. El que allí, entre los castaños y arroyos donde jugaba a esconderse desde pequeño, encontró el cobijo perfecto para dar esquinazo a la Guardia Civil. Durante 57 días estuvieron buscándolo, con cámaras, motos, helicópteros... Todo para terminar prendiéndolo justo al lado del lugar del crimen, aquel chamizo en el que se refugiaba de su hermano, entre animales y estiércol. Ahora vuelve al monte, pero aclara: «Noo, ya no me ocultaré más».

A punto de cumplirse seis años exactos desde que le prendieran, ayer asomaba sonriente por la garita de la prisión asturiana. «Estoy un poco nervioso, pero voy tirando», respondió a EL COMERCIO. «Este día lo esperaba ya con ganas, estaba cansándome de estar yo metido allí», añade.

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En una bolsa de basura lleva la ropa con la que ha pasado este tiempo, los útiles de aseo, el certificado de excarcelación con el que, en las próximas dos semanas, puede pedir el subsidio de 430 euros al mes al que tiene derecho para asentarse los próximos seis meses. Pertenece a una estirpe carcelaria minoritaria este 'Tomasín'. La de quienes en prisión renuncian a pedir permisos. No lo hizo ni para asistir al funeral de su padre. Su abogado, Manuel García García-Rendueles, le aclaró hace un año que si quería podía estar ya en la calle, acelerar la salida, pero aquello tampoco le atrajo. «No podía salir, o sea, es que tenía un trabajo muy bueno y no me interesaba salir», aclara. ¿Qué trabajo? «El de jardinero, estaba con la huerta. Cuidábamos los bonsáis y estábamos con plantas».

Dice que a los árboles en miniatura «igual los echo un poco de menos», que con la gente de la prisión «me he llevado bien, hay buenas personas dentro», que su compañero de celda era «un paisano viejo» porque, ya se sabe, «si los viejos se portan mal, van a pasar allí una temporada». Sonríe pero de repente, corta. Sin levantar la mirada del suelo se confía: «Es que no quiero yo hablar de los demás, porque no quería meterme yo en problemas. Es que si me equivoco después igual me denuncian». Además, aunque la cosa fue bien dentro amigos tampoco está seguro de dejar. «No... es que de otras personas no me interesa...».

Es tan libre como temeroso. El camino que sale de la cárcel está flanqueado por árboles a los que mira fijamente. Quiere sentarse con ellos. Respirar un poco, pero no se atreve. «Seguro que es un monte de alguien, aunque no haya cartel no vaya a denunciarme». Se le dice que no, que no es delito parar un momento a descansar, pero desconfía: «Mira de dónde salgo, ¿cómo no voy a estar preocupado ahora de cumplir?».

Ha superado casi seis años de rutina carcelaria. El hombre que en La Llaneza vivía de cuidar y vender ganado, al aire libre, a su ritmo, está, paso a paso, dejando atrás 1.887 días de levantarse a la misma hora siempre, revisión de celda, desayuno, patio, jardín, rancho, patio, cena, dormir y vuelta a empezar. Al castigo queda visto, le encontró alicientes.

¿No echó nada de menos? «Sí, el monte, el campo, aunque campo tenía también dentro...» ¿Los caballos? ¿Aquellos animales suyos que la Guardia Civil utilizó como cebo, a ver si dejándolos sueltos removían su instinto de cuidador y le hacían salir? «Esos los vendieron igual». Rodríguez Villar es así. Cercano a los animales pero consciente de que tienen su función. Los dos perros que hay en la cárcel por ejemplo, los conoció, sí, los trató algo, pero no mucho. «Es que no me gustan a mí los perros, son muy sucios», explica, él que en aquella cabaña tinetense, hacía su lecho de paja entre el barro y el desorden.

Aquello era antes. Hace mucho. Cuando su hermano arrancó los maderos de la puerta, cuando le amenazó a gritos. Cuando, esposado, los agentes le llevaron al juzgado de Cangas del Narcea, mientras la muchedumbre le aplaudía y daba ánimos. Aquella foto, con el homicida sonriendo y tratado como una estrella, decía tanto de él como de los demás. ¿La recuerda? «Sí, siempre me apreciaron algo». Esta mañana, sin embargo, está solo. Nadie ha venido por él. «Es que no quería subirme yo a un coche, quiero disfrutar de la naturaleza. No tengo prisa».

Por Tineo tendrá que pasar, aunque ya no sabe «de quién es» la casa paterna, ni si sus familiares le acogerán. «Quiero disfrutar del monte, un día o dos, y después a ver si busco algo de trabajo». No sabe cuál porque «no estaba seguro de si iba a salir».

Un matiz. 'Tomasín' no habla. 'Tomasín' responde a las preguntas, sin extenderse. En el juicio donde se decidía su suerte el abogado que trataba de defenderlo recordó que al menos desde 1996 tiene un diagnostico de fobia social sin tratar. Cuando le detuvieron, ante los agentes que llevaban un sinfín de guardias apostados en el monte, entre la maleza, dejando pasar las horas a ver si le sorprendían, se excusó a su manera. «Tenía miedo, no estoy acostumbrado a tratar con humanos», les dijo.

En la prisión ha estado bajo control médico, con terapia, pero las habilidades sociales le siguen agotando. «Prefiero no hablar porque ya estoy yo harto», zanja, tras unos minutos de compañía. «Es que me canso de hablar y tengo un poco de catarro también... Estoy cansado, mejor se está sin hablar», concluye. Es un hombre libre. Con sus pertenencias a la espalda sigue su camino. O buscándolo. Hace sol y se aleja, sin perder de vista ese monte que tanto lo llama.

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