Los agentes invitaron a Javier Ledo en la barra para sacarle información

La Guardia Civil saca esposado del juzgado de Luarca a Javier Ledo y lo introduce en el furgón que lo llevó hasta la prisión. / DAMIÁN ARIENZA

El autor confeso del crimen de Paz Fernández se autoinculpó al ver su coartada tumbada

RAMÓN MUÑIZDAVID S. FUENTE LUARCA / NAVIA.

Javier Ledo Ovide se ha declarado culpable de matar a la gijonesa Paz Fernández Borrego y por eso regresó ayer a un sitio que conoce: la cárcel de Asturias. Fue examinado por un médico, se le requisó el dinero, las llaves y el teléfono móvil. Los funcionarios completaron el ritual tomándole las huellas y una fotografía actualizada. Esta mañana será despertado en el módulo de ingresos para pasar por la entrevista con el educador, el trabajador social y el psicólogo. Juntos decidirán si le destinan al módulo donde su hermano trata de deshabituarse de sus adicciones. Todo forma parte de una rutina que Ledo conoce bien. Es la misma por la que pasó en su primer y único ingreso penitenciario, en el año 2009.

Aquella fue una estancia breve, máxime si se la compara con la que ahora tiene por delante. El auto dictado ayer por Marta Huerta Novoa, titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Luarca, acoge la petición de la fiscal e impone prisión provisional sin fianza. «En principio la magistrada le atribuye una calificación de homicidio o en su caso asesinato con el agravante de género, que irá desarrollándose durante la instrucción», precisó en un comunicado el Tribunal Superior de Justicia (TSJA).

Son delitos que le exponen a una condena de entre diez y veinticinco años. El agravante refuerza además el castigo a quien comete el crimen movido por desprecio hacia alguien por su sexo. La sentencia todavía deberá esperar. Quedan cabos sueltos en esta historia y para resolverlos la magistrada mantiene la investigación abierta y bajo secreto.

Ledo temía la cárcel y se esforzó por evitarla tras golpear a la mujer hasta fracturarle el cráneo y acabar con si vida. Ocurrió el 13 de febrero, presumiblemente en la casa en la que pernoctaba, en Navia. Agresor y víctima se conocían de los tiempos de Gijón, cuando ambos tenían sus respectivas parejas y quedaban.

Hacía más de dos años que él se había quedado solo, en parte por los malos tratos que supuestamente propinaba a su mujer, de la que tiene una orden de alejamiento, y a la que llamó una noche amenazando con matarla. Pese a ello, Paz seguía confiando en él. En diciembre se los fotografió, en un bar de Coaña, besándose antes de dormir juntos en la autocaravana de ella, según los testigos.

Poco más de un mes después Ledo la mató, reconoce ahora. No era su intención asumir los hechos. Bien conocedor de los montes del concejo y los circundantes, optó por ocultar el cuerpo y el crimen arrojando el cuerpo al pantano de Arbón, lastrado para que se mantuviera sumergido. Utilizando productos de limpieza, borró la sangre de la vivienda. Sabía que aquel día le habían visto por la tarde con su amiga Paz y maduró una coartada, según la cual la mujer nunca había entrado en su domicilio porque andaba aquella noche con otro hombre. Algo le había sucedido con esa tercera persona, afirmaba, y para probarlo mostraba una serie de mensajes de teléfono que guardaba de ella.

Cuando los familiares de Paz denunciaron la desaparición, uno de los primeros a los que interrogó la Guardia Civil fue Ledo. Estuvo más de tres horas dando explicaciones que entonces ya chirriaban en los oídos de los investigadores. «Joder, me trataron como al culpable», dijo el coañés al salir del interrogatorio. Si quería convencer a los agentes, iba a tener que reforzar su versión.

En las entrevistas que concedió a los periodistas la semana pasada, Ledo dijo que él no pudo ser, que llevaba años sin conducir y no tenía coche. Los agentes comprobaron que era falso, que desde hacía un par de años utilizaba un turismo del que se deshizo tras desaparecer Paz.

Para defenderse, el coañés recalcaba que cómo iba él a arrojar el cuerpo al pantano si andaba esos días con una pierna escayolada, sin poder mover la rodilla ni la pierna. Los agentes también lo refutaron. Es cierto que llegó a tener escayola tiempo antes, porque se presentó en un centro sanitario reclamando ese tratamiento. De igual forma, días antes del suceso habría exigido que le sustituyeran el enyesado por una férula para tener más movilidad.

Bebiendo con los agentes

Pese a la debilidad de estas partes de la coartada, Ledo se mantuvo firme en su inocencia. Para pillarle en más renuncios, agentes de paisano confraternizaron con él en un bar de la zona, convidándole. Le ofrecieron unos vinos que él aceptó en forma de ron con cola.

Con los indicios acumulados, llegó la acción. Los mismos guardias con los que charló lo arrestaron y comenzaron a registrar su casa. Los perros y los especialistas de Criminalística localizaron marcas de sangre en al menos una fregona. Entre sus objetivos estaba dar con las muletas que sospechan están relacionadas con el suceso. También buscaron una chaqueta que consideran llevaba Paz la última noche y no fue localizada.

«Con lo que tenemos se le va a caer el pelo», confiaban los agentes tras el rastreo en esa casa y en la de los padres de Ledo. Ante la acumulación de pruebas en su contra, el sospechoso se derrumbó. El domingo confesó su culpabilidad, tal y como desveló en primicia EL COMERCIO. La colaboración con la investigación le podría abrir la puerta a lograr atenuantes en caso de condena. La Guardia Civil le dejó ayer en el juzgado a las siete y media de la mañana donde siguió 'cantando' ante la magistrada. No salió, en dirección a prisión, hasta ocho horas y media después. Hubo vecinos apostados durante ese tiempo, solo para poder verle la cara y gritarle «¡asesino!». El caso ya tiene culpable reconocido, pero siguen quedando piezas por encajar. Es el motivo por el cual la instructora mantiene el secreto de sumario y a los agentes buscando el arma del crimen.

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