Los grandes monumentos del mundo, reunidos en Fano

El Cristo de Corcovado de Río de Janeiro, en Fano. /PAÑEDA
El Cristo de Corcovado de Río de Janeiro, en Fano. / PAÑEDA

Graciano Gallinar, de San Martín, lleva cuarenta años dedicado a la artesanía y más de diez creando réplicas de monumentos

EUGENIA GARCÍAFANO.

Aunque tenga nombre de emperador romano, a Graciano Gallinar –natural de San Martín del Rey Aurelio– le apodaban ‘il scultore’ en el hotel de Pisa donde se hospedó para tomar medidas de la famosa torre italiana. En su museo-jardín de Fano, el inclinado campanario convive con el Obelisco de Buenos Aires, el londinense Big Ben o el Cristo Redentor de Río, pero también con Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo, San Julián de los Prados y otras joyas arquitectónicas asturianas. Todas reproducciones a escala a las que Gallinar lleva dedicado más de una década.

Nacido el 25 de diciembre de 1953, nieto e hijo de mineros, Graciano llegó a Gijón con catorce años para estudiar Maestría Industrial. «Antes, recién salido de la escuela, estuve ayudando a José María, un maestro carpintero que me metió el gusanillo de la madera», cuenta. Era un «gran profesional» que además de a tallar le enseñó «a ser meticuloso y exigente». Hacia los veinte años, este entusiasta de la artesanía empezó a exponer sus obras. Hacía réplicas de hórreos y paneras –«tengo por todo el mundo»–, de escudos, iglesias y hasta estadios, y poco a poco la madera se le quedó pequeña. Empezó entonces con la piedra, arenisca, y pasó de las paneras al patrimonio asturiano con mayúsculas: el Prerrománico.

«Fui construyendo las iglesias más guapas primero», desvela. Comenzó con Santa María del Naranco, entre medias hizo San Miguel de Lillo, el Conventín de Valdediós, Santo Adriano de Tuñón, Santianes de Pravia, Santa Cristina de Lena, San Julián de los Prados, San Salvador de Priesca, Santa María de Bendones y San Pedro de Nora. Terminó sus reproducciones del Prerrománico once años después, casualmente –o no– con Santiago de Gobiendes, «la última que se construyó» en el siglo IX.

Como no había planos tuvo que ir a medir cada uno de los monumentos, siempre con autorización. «Me di a mí mismo un año para construir uno y medir otro, así iba con gana de acabar para empezar con el siguiente». Todos están construidos como eran, no como están. «Sin añadidos, basándome en los estudios de Lorenzo Arias», sentencia.

‘Asturias, si yo pudiera...’ es el elocuente nombre que puso a un museo particular que abrió en el año 2005 para dar a conocer su obra al público. Con permiso de Víctor Manuel, Graciano completaría la frase con ‘construirte’, ya que acabado el Prerrománico se lanzó a por la Basílica de Covadonga, el obelisco del Repelao, el santuario de la Cueva de Infiesto, el puente de Cangas de Onís y la «joya de la corona» por lo que significa para él y para los asturianos: una reproducción de la Santa Cueva de 50.000 kilos de peso.

Pelayo y Favila

Sus dos gatos, Pelayo y Favila, campan a sus anchas por esta Asturias en miniatura creada por las manos de un artesano que siente absoluta devoción por su tierra y que lamenta que «no apreciamos lo que tenemos aquí». «Las visitas que vienen de fuera están más informadas de lo que hay que nosotros, y es una pena. Me parece muy bien que la gente vaya a Punta Cana..., pero que visiten antes Cabrales».

Las miniaturas que construye Graciano, hombre viajado, «son una forma de intentar poner en valor lo que tenemos». Pero también dieron el salto internacional: por petición popular, hizo el Obelisco de Buenos Aires, «un homenaje a la gente que me sigue desde Argentina», y otros monumentos extranjeros. Ahora, el artesano samartiniego está trabajando en una enorme miniatura del Coliseo que espera tener lista en verano y quién sabe qué hará después. «El mundo es bello, hay muchos paraísos..., pero cuanto más viajo más me gusta Asturias».

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