Medio millar de moteros en la despedida al 'rizosín'

La despedida motera a Igor Navarrete en el tanatorio de Sotrondio reunió a quinientas máquinas rugiendo al cielo
La despedida motera a Igor Navarrete en el tanatorio de Sotrondio reunió a quinientas máquinas rugiendo al cielo / JUAN CARLOS ROMÁN

Su compañera agradece el gesto al salir del tanatorio y saluda uno a uno a los numerosos motoristas, mientras soltaban gas | Los amigos de Igor Navarrete dispusieron sus motocicletas formando un pasillo de homenaje al joven fallecido. Un grupo portó el féretro mientras rugían los motores

MARTA VARELA LANGREO / SOTRONDIO.

Una mano al cielo y la otra soltando gas. Así despidieron en torno a medio millar de motoristas a Igor Navarrete Gómez, «el rizosín», en la tarde de ayer. Un gesto que su compañera Blanca, quien no se separó del féretro, quiso agradecer a la salida de la capilla ardiente, en Langreo. Allí saludó uno a uno a decenas de motoristas mientras éstos daban gas a sus motos. Ella, miraba al cielo, le lanzaba besos al firmamento y besaba una y otra vez la bandana negra de Navarrete. La llevaba atada a su mano derecha en recuerdo a su compañero inseparable.

La sencillez y el carisma del «rizosín» se hizo ayer más patente que nunca, desde las cuatro de la tarde. Aunque una hora y media antes de la salida de la comitiva fúnebre, ya comenzaron a concentrarse los motoristas en Langreo, donde estaba instalada su capilla fúnebre desde el pasado domingo. Los primeros rugidos despertaron reacciones contradictorias, algunos familiares miraban al suelo y maldecían estos vehículos, pero Blanca les recordaba a todos que «las motos eran su pasión, disfrutaba cada segundo de ellas. Tienen que estar ahí», sentenció, conteniendo sus lágrimas. Y las motos seguían llegando, porque nadie quería dejar solo a este joven de 35 años en su último viaje.

A las cinco y media, el coche fúnebre que trasladó a «el rizosín» salía del tanatorio de Langreo en dirección al de Sotrondio donde fue incinerado. A las puertas, lo esperaban sus compañeros con las motos en marcha y haciendo rugir sus motores. Blanca los saludó personalmente, arropada por sus familiares más cercanos y en alguna moto puso su mano en el acelerador y lanzó una ráfaga al cielo mientras daba las gracias a todos los asistentes. Para entonces, las lágrimas resbalaban por debajo de muchos de los cascos allí presentes, mientras los aplausos dejaban paso a su último paseo. La comitiva tomó la antigua AS-17 y alcanzó entonces el tanatorio de Sotrondio,.

Doscientos metros antes de llegar al lugar donde fue incinerado, las motos formaron un pasillo y sus compañeros, algunos de ellos habían compartido el paseo el fatídico el pasado sábado, cogieron su féretro a hombros. Las motos comenzaron de nuevo a rugir. Encabezaba el cortejo fúnebre los amigos moteros portando recuerdos florales recibidos de diferentes clubs y detrás, siempre, Blanca, su compañera, quien mejor le entendía y quien compartía su pasión y afición por las dos ruedas. A pesar de sus lágrimas contenidas no dejaba de agradecer esa impresionante e inolvidable muestra de solidaridad y respeto. Y de nuevo los aplausos de familiares y amigos.

En ningún momento Blanca dejó de besar el pañuelo negro de Navarrete y de izarlo al cielo con continuas muestras de cariño. Sus amigos, en cambio, miraban al suelo y alguno se atrevió a soltar que «no es justo que haya muerto haciendo lo que más le gustaba, encima de una moto».

Fotos

Vídeos