#Cuéntalo. Asturianas cuentan su historia para luchar contra el acoso

De izquierda a derecha, Ana Cuartas, Sara Lolo, Matilde Huerta, Amelia Montes y Vero Rodríguez./
De izquierda a derecha, Ana Cuartas, Sara Lolo, Matilde Huerta, Amelia Montes y Vero Rodríguez.

Convertida en grito colectivo y liberador, la campaña que nació tras la sentencia de 'La manada' ha reunido miles de voces en las redes. Algunas, muchas, son de la región. Todas han sumado verbo para mostrar el lado oscuro de la realidad

Paché Merayo
PACHÉ MERAYOGijón

Dicen seguras que quienes las han atacado, violado, hecho migas la autoestima, destruido la infancia o la adolescencia o marcado para siempre aquella noche de verano que iban solas por la calle con la esperanza de haber cruzado a otro siglo, no están enfermos. Que esos hombres, jóvenes, mayores, desconocidos o queridos, «distinguen perfectamente el bien del mal». Todas, sin fisuras en la determinación, advierten que «no hay problemas mentales, sino maldad y con ella el convencimiento de que las mujeres somos de su propiedad». Y para argumentarlo, Ana Cuartas, violada por su padre durante años, desde que tenía tres; Amelia Montes, agredida sexualmente también por su padre y por su hermano mayor desde que tiene memoria, o Bea del Valle, violada repetidamente también por su hermano, hacen una reflexión: «Si no supieran del mal que ejercen no buscarían la oscuridad, la soledad, la falta de una madre en casa o la falta de espacio para la huida».

Ana, gijonesa, Amelia, de Lugones; Bea, también de Gijón, como Sara Lolo o Verónica Rodríguez o Verónica Castro y Matilde Huerta, de Turón, son solo siete de las muchas mujeres que lo han contado. Han participado desde Asturias en la campaña que recorre las redes sociales al grito de #Cuéntalo. Un grito catártico, dice Matilde Huerta, profesora de Fotografía en la Escuela de Arte de Oviedo, «que se ha convertido en liberador». Un grito «necesario», dice Amelia Montes, dependienta en una tienda de comestibles, que lleva años ayudando a «otros supervivientes». Desde que ella misma descubrió «el bien que hace romper los secretos porque con ellos se va esa extraña culpa que no nos deja seguir con nuestras vidas». Sí, la culpa, porque ellas, muchas de ellas, se sienten culpables y«tremendamente avergonzadas». Y todo eso se quiebra, «como una baraja de naipes», cuando las palabras sustituyen al silencio. «Cuando lo cuentas, cuando te escuchan, cuando te entienden, empiezas a encajar las piezas y a salir del pozo en el que estabas metida». Habla así de nuevo Amelia, que ha creado un espacio en la red, foroGAM en el que, antes de esta campaña, nacida como una revolución social a consecuencia del malestar colectivo provocado por la sentencia de 'La manada', ya invitaba a contar, a liberar los pensamientos que las tienen atrapadas. En su caso, desde niña.

Ana Cuartas

Sufrió abusos de su padre desde muy niña hasta los 17 años. Cada vez que su madre salía de casa. Una vez su violador le dio tal paliza que estuvo 45 días ingresada en el hospital. «No quería ver una película con él». Los médicos tramitaron una denuncia y su madre logró que ella la retirara. Con el tiempo, después de años de no creerla nadie, consiguió la confesión en una cinta grabada y pudo demostralo. Su padre fue a la cárcel, de la que casi se libra porque a punto estaba de prescribir el delito, y su familia lejos de ayudarla, la incriminó. Tiene 39 años y sigue teniendo pesadillas, desmayos, vómitos y hay palabras que no ha podido volver a decir. Ella lo ha contado. Sabe que contarlo ayuda.

Pero no todas ponen rostro a su voz. Bea del Valle no se atreve. Habla abiertamente del ser que, de vez en cuando, todavía se encuentra por la calles de Gijón, porque no ha podido denunciarle y no ha ido a la cárcel por su delito. Habla sin miedo, pero con dolor y alguna lágrima, todavía, de ese hermano que llegó a romperla un brazo en una de sus muchas agresiones sexuales. De ese hermano que su madre sabía que le hacía daño y hoy sigue siendo su hijo del alma, mientras ella es una loca que después de muchos años, tiene ya 40, sigue yendo al psicólogo. El caso de esta costurera no es el único de una víctima que se vio sola ante la familia, que encima de machacada, se sintió abandonada.

Sara Lolo

Jugadora de hockey patines y capitana del Hostelcur Gijón HC, tiene 26 años y no ha dudado en contar lo que le pasó al final de un partido, cuando fue a firmar las actas al vestuario de los árbitros, algo poco hortodoxo, pero «sumamente habitual», y estos, sabiendo que iba a ir la recibieron, a ella y a una compañera de equipo, sin ropa, situación que no varió tras salir de la estancia para darles tiempo a vestirse. «Me pareció sencillamente humillante por eso lo he contado».

Ana Cuartas tiene hoy 39 años. Es de Colloto, pero vive su nueva existencia en Galicia. Cuando era pequeña su padre la violó cada fin de semana. «Recuerdo la primera vez. Tenía tres o cuatro años y cuando se tumbó sobre mí le intenté apartar con mis piernas y me pegó». Lo hizo muchas veces más. Una la llevó al hospital. Estuvo 45 días ingresada sin poderse mover «porque no quise ver una película con él». Los médicos denunciaron los hechos, pero la madre «sometida», que siempre miró para otro lado, logró convencerla para que lo negara todo. Cuando tenía 15 años fue con una amiga a la Comisaría a contar lo que pasaba. No la creyeron. En casa le decían que la internarían si no dejaba de decir «bobadas» y cuando de mayor logró grabar una confesión de su padre y mostrársela a todos, no quisieron apoyarla. El delito casi había prescrito. Por una fórmula llamada «cuasiprescripción» logró llevarle a la cárcel nueve años. Su familia la repudió. Su hermano, Policía Nacional, la amenazo si seguía con el proceso. Sobrevivió gracias a que para entonces ya había creado su propia familia, lejos de la que olvidó que era víctima y la quiso hacer culpable.

Matilde Huerta

Profesora de Fotografía en la Escuela de Arte de Oviedo, participa de la campaña porque tiene algo que contar. «Como todas», dice segura de que no hay mujer ajena al acoso. Su historia no es tan grande como otras, pero no hay suceso pequeño cuando se ha pasado la línea. Esa línea que nunca se debería cruzar y que la campaña #Cuéntalo quiere hacer entender.

Cada historia acaba igual. La culpa en el cuerpo del agredido. La vergüenza en la mente del que sufrió el abuso, que también puede ser hombre. De hecho, uno de los casos sin rostro es el de un joven que no puede dar su identidad porque su padre igual que le violó a él lo hizo con una familiar menor de edad y su entorno no quiere, estando como están a la espera de juicio, «echar más leña al fuego».

Otra joven, que desea gritar alto su historia y no lo puede hacer porque antes tiene que sacar fuerza para contársela a su hija, fue violada toda la vida, hasta que se pudo ir de casa. Pero no solo ella. También sus hermanas. Su madre nunca se dio cuenta. Hoy el padre está en la cárcel, pero solo por las agresiones a la pequeña. Las otras prescribieron. Y ese es otro caballo de batalla. «Cuando nos atrevemos a contarlo, cuando despertamos del bloqueo que ejerce de mecanismo de protección, suele ser tarde». Lo dice Ana Cuartas, que nunca ocultó su drama. Hoy sigue vomitando cuando se lava los dientes. Hay palabras que no puede pronunciar. Tiene constantes 'flash back' de aquel terror, como Amelia Montes, y de vez en cuando se desmaya, pero sabe que contarlo libera y aunque el estómago se le ponga del revés y la voz se le entrecorte lo cuenta una y otra vez. Solo así otras supervivientes, así se llaman, «lograrán fuerzas para hacerlo y los culpables pagarán por ello». Pero no solo por eso.

Amelia Montes

Es el alma de ForoGAM, un lugar en la red que se ha convertido en espacio de encuentro para «supervivientes». Así se llaman entre ellos las víctimas de agresiones sexuales, sobre todo intrafamiliares. A Amelia la violó su padre desde que recuerda hasta los 13 años. Después su hermano mayor. Su madre, que «creía que era lo que tocaba», le decía que rezara. Las secuelas le han perseguido siempre. Tiene 51 años y aún sigue yendo a terapia. Todavía tiene 'flash backs' de aquel horror que «nunca» podrá olvidar.

La misión de #Cuéntalo es quebrar «lo que ese silencio tiene de consentidor». Un hecho de trascendencia enorme para Vero Rodríguez, concejala del Ayuntamiento de Gijón y otra de las participantes en la campaña. «No hablar es tapar y tapar es permitir», dice convencida. Por eso ella ha hablado. Su historia no es tan trágica. Está claro que hay hechos más graves, más grandes. Pero ninguno es pequeño y todos son graves. Si se cruza la línea siempre se hace daño a alguien. Como se lo hicieron a la edil gijonesa, que fue agredida verbamente mil veces por un vecino mayor cuando ella tenía 9 años. «Cada vez que me lo encontraba en la escalera me decía de todo y nadie le paró los pies».

Otra Verónica, Castro de apellido y entrenadora personal de profesión, fue seguida hasta su casa por un impresentable que llegó a «abalanzarse» sobre ella y tras escabullirse y poder entrar en el portal «muerta de pánico», él se quedó «mirándome y masturbándose». Algo parecido le ocurrió a Matilde Huerta. Ella tenía 17 años y vivió la misma escena de un hombre, pero éste mientras conducía por la autopista 'Y'. Ella y una amiga habían subido al vehículo haciendo autostop. Iban de Oviedo a Gijón y cuando se dieron cuenta de la escena se querían «tirar por la ventana del miedo, del asco, del susto». Y ¿por qué lo cuenta ahora? «Para acabar con esa cultura de si no lo cuento no ha pasado. Esa cultura que permite que estas cosas sigan ocurriendo y que muchos no lo sepan».

Vero Rodríguez

Concejala del Ayuntamiento de Gijón por Podemos, interviene en la campaña porque quiere lanzar un mensaje: «No estas sola. No solo te ha pasado a tí». Y no son solo palabras. Son las palabras necesarias para hacer que el silencio se rompa. Para acabar con esa cultura de si no lo cuento no ha pasado, que es la cultura, de «si no lo cuento estoy consintiéndolo».

El primer paso para cambiar la realidad es conocerla, dicen todas estas mujeres que se han atrevido a hablar, como la joven Sara Lolo, la capitana del equipo de Hockey Hostelcur Gijón HC, que vivió un episodio para muchos «tonto», para ella «bochornoso y humillante por el que no se quién creyó que tenía derecho a hacerme pasar». Tras un partido se deben firmar las actas, algo que, de manera habitual se hace en el vestuario de los arbitros, por lo que éstos deben esperar a que los o las jugadoras acudan a la cita. Cuando Sara y una compañera de equipo fueron a hacer dicha gestión se encontraron a los hombres desnudos, con una toalla y riendo. ¿Por qué? «porque la actitud de control la tengo yo señorita». La respuesta la da la propia jugadora. «Sé que es lo que piensan», dice. Y si eso es lo que piensan no hay duda. Es ahí donde está el epicentro y esto es un huracán.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos