«Dispararon sin mediar palabra»

«Dispararon sin mediar palabra»

Familiares y vecinos describen como «una pesadilla» el intento de robo | «Ha sido un sinvivir», afirman sobre una mañana en la que debieron esperar sin poder hacer nada a que liberaran a los rehenes

O. SUÁREZ / L. RAMOS CANGAS DE ONÍS.

«Un sinvivir». Estas palabras bastaban ayer, ya a primera hora de la tarde, a la pareja de una de las trabajadoras de la sucursal bancaria de Cangas de Onís en la que se produjo el intento de atraco para describir las cerca de tres horas que su mujer, otra trabajadora y un cliente pasaron retenidos por uno de los atracadores. Tanto él como otros familiares y allegados de los rehenes estuvieron al corriente de lo que sucedía «desde el primer momento» y pudieron seguir el operativo puesto en marcha por la Guardia Civil desde un lugar próximo a la oficina, ubicada en la avenida de Covadonga de la ciudad canguesa.

Durante el tiempo que los tres rehenes permanecieron en el interior del local con el atracador que finalmente se quitaba la vida tras dejarles salir por la mente de quienes aguardaban fuera pasaron «todo tipo de pensamientos». Una pesadilla que se transformó en un suspiro de alivio. «Todos han salido ilesos y se encuentran bien, una vez superado el susto inicial», explicaba la tía de otro de los retenidos a este diario.

Las dos empleadas de la sucursal bancaria, quienes tres horas después de haber sido liberadas regresaban a la oficina para recuperar sus efectos personales, reconocieron estar «bien, algo más tranquilas», aunque todavía afectadas. «Solo quiero llegar a mi casa, es lo que necesito ahora», acertó a decir una de ellas antes de alejarse del lugar. Son Natalia y María José, dos canguesas que llevan ya varios años trabajando en caja. El cliente que quedó retenido con ellas es también vecino del concejo.

La alarma se desataba en la capital canguesa cuando pasaban unos minutos de las nueve de la mañana, recordaba Eduardo González, camarero del restaurante El Trébol, ubicado en la esquina que queda justo en frente de la sucursal bancaria asaltada. «Era un día como otro cualquiera hasta que uno de los padres que habitualmente vienen por aquí tras dejar a sus hijos en el instituto se percató de que ante la oficina había un agente de la Guardia Civil con su arma en la mano y nos lo comentó», decía horas después del intento de atraco. Tanto clientes como empleados, extrañados, continuó, permanecieron atentos a las maniobras de los agentes desplegados. La sorpresa llegó cuando por la puerta de la oficina bancaria «salió un hombre no muy alto, de complexión fuerte y con gorra, que llevaba una pistola en la mano. Y sin mediar palabra comenzó a disparar contra los guardias civiles. Detrás iba otro, más alto, que llevaba una pistola en cada mano y también se puso a disparar», relató el camarero.

Tras un intercambio de disparos entre los atracadores y las fuerzas de seguridad, «el primer hombre cayó al suelo y el segundo, que en ningún momento llegó a salir del todo de la sucursal, se retiró hacia el interior», agregó González. La de ayer, remarcó, fue «una mañana de pesadilla». «En un primer momento, lo cierto es que no tuve miedo, pero en cuanto vi que uno de los atracadores no se entregaba, sino que se encerraba dentro, me temí lo peor. Supe que iba a montar una gorda. Lo que no esperaba es que se suicidase», manifestó.

Zona de paso de niños

Tanto el camarero como el resto de personas que en ese momento se encontraban en el local permanecieron en su interior durante varias horas, hasta que la Guardia Civil decidió levantar el perímetro de seguridad. Pese a lo vivido, Eduardo González se queda con que «podría haber sido peor, pues si el tiroteo tiene lugar un rato antes, por esta calle pasan a diario decenas de críos que se dirigen al colegio y el instituto».

También fue testigo de estos hechos Gerardo González, vecino de la localidad de Vis, en el concejo de Amieva. «Venía a Cangas de Onís a trabajar, a cargar unos hierros, cuando me dio el alto un guardia civil. Me encontraba parado en el cruce entre la carretera nacional 625 y la avenida de Covadonga, justo frente a la sucursal. Rápidamente, el agente me ordenó que me bajase del coche, un todoterreno, y que me pusiera a cubierto», relató. Ya desde una posición mucho más segura, comprobó, atónito, cómo los agentes se parapetaban tras su vehículo para protegerse de las balas de los atracadores.

Al igual que el camarero de El Trébol, Gerardo González comentaba sorprendido cómo el segundo de los atracadores «llevaba una pistola en cada mano. Después de que su compañero quedase tirado en el suelo, se metió dentro, bajó la persiana, apagó la luz y se sentó, como si estuviera pensando en algo». Reconoció que lo vivido ayer «fue increíble». «Nunca vi nada igual», apostilló. Palabras que suscribía otra vecina canguesa a quien todavía no se le había quitado el susto del cuerpo. «Solo unos minutos antes de que se formase el lío saqué yo dinero del cajero», indicó.

«Más de veinte tiros»

Xavi Gamila y Ana Sintes se mudaron hace solo un mes a la ciudad canguesa desde la isla de Menorca y ayer no terminaban de creerse lo que estaban presenciando. «Nos pilló de lleno, pues estábamos en una cafetería cercana tomando un café cuando comenzaron a llegar los agentes de Guardia Civil a las inmediaciones del banco», explicaba él. Y ella recordaba los angustiosos momentos del tiroteo, que escuchó escondida en una calle aledaña a la avenida Covadonga. «Ahora estoy más tranquila, pero cuando todo sucedió no podía dejar de llorar. Pasé mucho miedo, fueron más de veinte tiros los que se escucharon», manifestó Ana Sintes. Su pareja le dio la razón y recordó cómo se vivieron auténticos «momentos de pánico» entre las personas que se encontraban en la zona. «La gente no sabía qué hacer, muchos se metieron en los negocios y otros se resguardaron en soportales», indicó.

Un vecino del número 6 de la avenida donde se ubica la sucursal vio gran parte de las maniobras realizadas por los agentes y del amplio dispositivo desplegado. «En un momento determinado vi cómo un agente que no iba de uniforme se acercaba a la puerta de la sucursal y me pareció que pasaba un paquete. Se quedó ahí hablando un momento y se retiró», relató. Más tarde, también fue testigo de cómo, una vez liberados los rehenes, los agentes se adentraban en la oficina. «Iban muy protegidos, con escudos y todo. La verdad es que fue algo espectacular».

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