El 85% de los celiacos desconoce que padece esta enfermedad

Izaskun Martín-Cabrejas, Manuel Gutiérrez, Elena Díaz, Carlos Celorio, Antonio Corripio, Álvaro Alonso y Pablo Cueto. :: FOTOS: DAMIÁN ARIENZA
Izaskun Martín-Cabrejas, Manuel Gutiérrez, Elena Díaz, Carlos Celorio, Antonio Corripio, Álvaro Alonso y Pablo Cueto. :: FOTOS: DAMIÁN ARIENZA

La asociación Acepa reclama una mayor extensión de las pruebas diagnósticas

GLORIA POMARADA

Comer fuera de casa puede convertirse en una misión de alto riesgo para un celiaco. Profesionales sin conocimiento de la enfermedad o cartas con información poco rigurosa sobre los alérgenos hacen de la visita a ciertos restaurantes una experiencia desagradable que puede acabar con «una noche toledana». Por cuarto año consecutivo, la Feria de Muestras celebró ayer el Día de los Celiacos, dedicado en esta edición a sensibilizar al sector de la hostelería. «Cuando comemos fuera no disfrutamos por no saber si nos va a sentar mal y estamos condicionados por la poca variedad en los platos que ofrecen los restaurantes», lamentaba Carlos Celorio, presidente de la Asociación Celíaca del Principado de Asturias (Acepa).

Tanto Acepa como la Federación de Asociaciones de Celiacos de España (Face) realizan un control de los establecimientos hosteleros y de producción asociados para proporcionar una información de calidad al colectivo. «Entramos en cocinas para que se pueda consumir con total garantía», señalaba Elena Díaz, encargada de certificación y formación de Acepa. Tres de esos negocios que ofrecen una total garantía estuvieron ayer en la jornada para compartir su reconversión hacia un mercado libre de gluten. «Tengo una carta 100% sin gluten, empecé por mi hijo, que es celiaco. No quiero que él tenga esa inseguridad al ir a comer», contaba Pablo Cueto, del restaurante Meraki de Oviedo. «Nosotros empezamos tras un episodio de intoxicación de una chica, hace dos años cambiamos el modelo de negocio. El comensal es algo sagrado», explicaba Manuel Gutiérrez, del restaurante Naguar, también en Oviedo.

Con un 1% de la población afectada por esta enfermedad autoinmune, los productos sin gluten constituyen aún un reducto testimonial en las estanterías de los supermercados. Cada año, la Face elabora un listado con más de 14.000 productos que las personas que padecen celiaquía pueden consumir sin riesgo. No obstante, los precios elevados, con galletas, panes de molde o harinas especiales que alcanzan los cuatro euros; son una traba para un colectivo que aún no representa un nicho de mercado tan atractivo como el de los vegetarianos o veganos.

«El margen comercial es mucho más bajo, los productos son caros porque la materia prima también es cara», indicaba Begoña López, del obrador El Molino, en Luarca. «Un obrador sin gluten se convierte en un laboratorio químico, hacen falta muchas pruebas y utilizo cinco productos distintos para las masas». La legislación actual permite en aquellos productos certificados como aptos para celiacos un máximo de veinte partes por millón, cantidad límite para que la ingesta no produzca daños intestinales. «Cuando detectamos esas veinte partes por millón informamos a la compañía para que haga sus contra-análisis e informe a los consumidores», detallaba Izaskun Martín-Cabrejas, del departamento de Seguridad Alimentaria de Face, sobre sus procedimientos de control.

Protocolo de seguridad

A pesar de los controles y los reglamentos, «se han llegado a colar productos con cien partes por millón. Hay mucho dinero en el trigo, su lobby es muy potente», recordaba Celorio. El gluten actual, señaló, «no es igual que el de hace treinta años, en las variedades de trigo hídrido el gluten es más fuerte. A ojo de los productores es mejor porque permite que los productos de panadería sean más esponjosos».

El último protocolo existente en la materia data de 2008 y, actualmente, la Face trabaja en su actualización. «Está bien actualizarlo, pero lo es más que el sector médico tenga constancia de su existencia, especialmente en Atención Primaria», apuntaba Martín-Cabrejas. De hecho, el desconocimiento de los profesionales sanitarios es uno de los principales escollos en la información a afectados e, incluso, el diagnóstico. Solo un 15% de las personas que padecen la enfermedad están diagnosticadas. «Vas al médico y te dice barbaridades, hay que insistir mucho para que te hagan las pruebas específicas», lamentaba la encargada de Seguridad Alimentaria de Face. «Cuando una persona es diagnosticada se debería hacer la prueba a sus familiares de primer grado. Es cierto que el diagnóstico es caro, pero lo es más pasar por multitud de especialistas».

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