«Llevamos dentro la cultura del mercader errante»

Hicham Kenfaoui atiende a los clientes que se acercan a su puesto, una herboristería de producción artesanal.
Hicham Kenfaoui atiende a los clientes que se acercan a su puesto, una herboristería de producción artesanal. / DAMIÁN ARIENZA

Artesanos de Marruecos, Tánger y el Sáhara regatean con los visitantes en el zoco Marrakech

PABLO PARACUELLOS

El color azul es el color de la confianza en el desierto: «Si te pierdes en el Sáhara y ves a alguien vestido de azul, acércate a él», explicaba en su puesto de alfombras el touareg Hassan Lgouchi. Él, al igual que sus compañeros nómadas, viste este color en las mismas túnicas que utilizan para moverse con las caravanas comerciales a través de las dunas: «Antes con camellos, ahora en todoterrenos; pero bueno, nací en una jaima y hace dos semanas estaba montado en un avión», bromeaba rodeado de las alfombras que las mujeres beduinas confeccionan a mano, nudo a nudo, empleando entre tres y cinco meses para cada una. «La más cara puede costar 5.000 euros pero solemos regatear, llevamos por dentro la cultura del mercader errante». Hassan viaja a la Feria de Muestras desde hace cinco años pero también ha visitado París, Burdeos, Londres y Milán. «Todos estos idiomas los he aprendido a base de tratar con turistas y de viajar. Hablarlos se me da muy bien, pero escribir nada, o muy poco. Nunca fui a la escuela».

Hassan suele acompañar a su amigo Omar Jallali, quien destacó que las alfombras «son un arte y es muy difícil encontrar dos con el mismo patrón». Al poco rato de hablar con él, Mari y Óscar, un matrimonio de Avilés se interesó por una alfombra de 200 euros. Tras una rápida conversación y un firme apretón de manos se la llevaron por 180 euros a casa. «No sabemos si es por la crisis o por la costumbre de regatear con la gente marroquí, pero no importa porque agrada a los clientes», aseguraba el representante del zoco Marrakech, Mouhcine Ezzarai; Mou para los amigos.

Olor a cuero y especias

Lleva 15 años viniendo con su puesto de marroquinería: «Vendo carteras, sandalias y bolsos hechos con cuero de cordero, de cabra, de vacuno y hasta de camello». En efecto, el cuero tiene que ser auténtico porque el fuerte olor que se desprende del estand es inimitable para el sintético. «Mi bisabuelo ya trabajaba el cuero y en Marruecos se vende muy bien, en la Feria no tanto pero sirve para hacer negocios entre países. He llegado a encontrarme con asturianos que he conocido aquí y luego han venido a mi tienda en Marrakech», comentaba Mou. También aseguró que la Fidma es un escaparate para mostrar el trabajo de los artesanos y artesanas marroquíes -pues las mujeres son maestras en las labores de orfebrería- y lamentó el consumo «que tiende demasiado a lo industrial en España. En Marruecos la gente compra artesanía porque prefiere vivir en dignidad, sin excesos».

Hicham Kenfaoui regenta otro de los puestos con más olor del zoco, su herboristería. Lleva seis años trayendo sus especias, jabones y aceites artesanales a la Feria para que los asturianos puedan disfrutarlos». Aunque aseguró que se siente muy cómodo en la tierrina porque los paisanos «son muy abiertos y apáticos». Mou, que hizo las veces de intérprete, aseguró que quería decir 'simpáticos. Confesó que echa de menos a su madre, mujer y dos hijos y tiene intención de venir con ellos el año que viene.

Añoranza del desierto

A excepción de los nómadas saharauis que van de color azul confianza, «para que los compradores también se acerquen a los puestos», matizó Hassan, el resto de mercaderes visten como cualquier otro de la Feria. Mou lleva un curioso collar grueso que resulta ser un rosario musulman y que «se ha puesto de moda en África, y lo que se pone de moda hay que llevarlo», afirmó sonriente, «aunque hay gente que no reza y lo lleva igual». En el zoco todos son musulmanes y, según Mou, suelen rezar todos juntos en el propio pabellón cuando está cerrado o en casa «como hermanos». Todos los mencionados añoran su hogar. «Yo echo de menos el desierto», remachó Hassan.

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