Historias de mujeres desveladas por mujeres

Rosa Cid (Universidad de Oviedo), Susana Reboreda (Universidad de Vigo), Silvia Medina (Universidad de Córdoba) y Carla Rubiera (Universidad de Oviedo), integrantes del grupo Deméter, en el seminario 'Juicios y prejuicios sobre el parto' celebrado en Oviedo. / E. C.

El poder de las matronas, la dureza del oficio de nodriza o la carga emotiva que encierran los poemas funerarios a sus hijos son algunos de los aspectos que han estudiado

LAURA MAYORDOMO OVIEDO.

Hace dieciocho años que la profesora de Historia Antigua de la Universidad de Oviedo Rosa Cid inició un camino hasta entonces nada explorado en España, el del abordaje de la maternidad desde un punto de vista histórico. Una senda investigadora a la que poco a poco se fueron incorporando más compañeras, lo que permitió ampliar el campo de actuación al ámbito jurídico, y que, desde 2005, cuenta con un grupo con nombre propio -Deméter, como la diosa grecorromana vinculada con la maternidad más importante- que integran nueve profesoras de Historia y Derecho de la Universidad de Oviedo y nueve más de otras universidades europeas y una norteamericana. Dieciocho años en los que, bajo el paraguas del grupo Deméter y de los proyectos de investigación realizados en estas dos últimas décadas, se han leído ya seis tesis -una de ellas obtuvo el premio extraordinario de doctorado- y hay otras seis en preparación. Acaban de solicitar al Ministerio de Economía y Competitividad una subvención para el que será su cuarto proyecto de investigación sobre la maternidad.

En estos últimos años, buceando en distintas fuentes históricas, han descubierto «cosas muy interesantes». Por ejemplo, cómo en la antigua Roma «las leyes intentaban arrinconar a la madre» considerándolas meros vientres gestantes sin ningún derecho sobre los hijos, «que nunca son de ella, sino del varón» y que no existían como tales mientras el padre no los reconociera. Y así se explica que, si una pareja se separaba, el marido se podía casar inmediatamente, pero la mujer no. Tenía que esperar diez meses o un año. Lo mismo si se quedaba viuda. ¿La razón? «Puedes pensar que por el luto, pero no. Era porque los poderes públicos tenían que comprobar que esa mujer no estaba embarazada del anterior marido porque era a él a quien pertenecía el bebé. Y, si era viuda, el niño podría reclamarlo la familia del marido», explica Rosa Cid.

La rigidez de las normas no conseguía impedir, no obstante, el estrecho vínculo y la considerable influencia que muchas mujeres ejercían sobre sus hijos. Y aquí Cid pone como ejemplo las relaciones de Libia y Tiberio o de Agripina y Nerón. «Me encanta cuando veo que las mujeres buscan mecanismos para burlar leyes que pueden ser lesivas para ellas», reconoce la investigadora.

«Me encanta ver cómo buscaban mecanismos para burlar leyes lesivas para ellas», dice Rosa Cid

Leyes que «son muy interesantes, pero muy frías» y que condujeron a las integrantes del tercer proyecto de investigación a buscar otras fuentes, las que les revelaban la realidad del pueblo llano, no de las esferas de la sociedad más vinculadas al poder. Fue así como llegaron a los poemas epigráficos funerarios que se plasman en las lápidas de los seres queridos. Los de los maridos hacia sus esposas solían ser muy estereotipados: era muy casta, sumisa, callada y había tenido muchos hijos. En los dedicados a sus descendientes, en cambio, «ves que siempre hay un afán por decir lo que les caracteriza y cuánto se echa de menos eso. Son mensajes de cariño y afecto que traspasan el tiempo. Yo me he emocionado leyendo esos poemas», afirma.

En el proyecto que está a punto de finalizar analizaron también objetos como los biberones, los sacaleches o los elementos que componían los ajuares mortuorios de los niños, a partir de hallazgos arqueológicos, y figuras como las de las matronas o las nodrizas. De las primeras cuenta la profesora de la Universidad de Oviedo que «tenían mucho poder». Eran las que actuaban en los partos -«los médicos era mejor que no lo hicieran, porque desconocían muchos aspectos de la biología femenina. Eso también lo descubrimos»-, las primeras en ver al bebé, las que decidían si era sano, si viviría o no, y las que certificaban que ése era realmente el niño que había nacido y que no había sido cambiado por el hijo de otra mujer.

En cuanto a las nodrizas, a las que se contrataba por tres años, «desmontamos la imagen ideal de este oficio», apunta Rosa Cid. Porque «los bebés que amamantaban no siempre eran niños sanos y fuertes, en ocasiones les contagiaban enfermedades. También hay que pensar que son mujeres que o han perdido a su bebé o, si lo tienen, están dejando de alimentarlo correctamente para alimentar al de otra». Aspectos que le llevan a concluir que éste era «un oficio terrible, peor que el de prostituta porque éstas podían descansar, pero la nodriza ¿qué hace, descansar cuando le toca alimentar a su bebé?».

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