Investigadores por 920 euros al mes

Enrique Antuña, Eduardo Abad y Natalia Fernández, en el campus del Milán. / ÁLEX PIÑA

Alumnos de doctorado critican su precariedad y la falta de estabilidad en las becas | El Principado tiene pendiente la convocatoria de las Severo Ochoa y las ayudas a grupos de investigación. «Es un absoluto caos», se quejan

LAURA MAYORDOMO GIJÓN.

Airean un rosario de quejas contra la Administración que los sustenta -vía ayudas predoctorales- y un lamento: la falta de valoración por parte de la sociedad y de las instituciones. Para la primera buscan excusa: «Quizá la gente no entiende muy bien para qué sirve la investigación». Para las segundas, no encuentran justificación: «Es una cuestión de voluntad política». Los alumnos de doctorado de la Universidad de Oviedo se revuelven contra una maquinaria burocrática que tildan de excesivamente rígida, lenta e injusta. Denuncian la «precariedad» a la que se ven sometidos. Y no lo hacen tanto por el montante de lo que perciben a través de las becas Severo Ochoa, que concede el Principado, o las becas para la Formación del Profesorado Universitario (FPU), del Ministerio de Educación, -aunque con unos 920 euros al mes, bien podrían- sino por la falta de estabilidad en las convocatorias.

El Gobierno regional no ofertó las becas predoctorales para la formación en investigación y docencia Severo Ochoa en 2015. Las de 2016 acabaron firmándose en junio de este año. Y de las que corresponderían a la convocatoria de 2017 nada se sabe aún. Tampoco de las ayudas a los grupos de investigación de la Universidad. «Es un absoluto caos», se quejan miembros de la Asamblea por el Futuro de la Investigación en Asturias (AFIA), que integran más de cien personas y nació como asociación en febrero para defender los derechos de un colectivo al que son incapaces de poner número: «Hay muchos contratos temporales, proyectos que duran meses, y estamos muy disgregados».

Eduardo Abad, gijonés, 30 años, fue de los que, tras un año de vacío, consiguió la beca Severo Ochoa en la última convocatoria, la de 2016. «Lo perverso de todo esto es que, como tardaron tanto en sacarlas y se comieron un año, solo voy a poder disfrutar como máximo de tres años de beca. Lo lógico es que se pusiera el contador a cero y pudiera disfrutar de los cuatro años de ayuda para mi investigación doctoral». Su tesis versa sobre la disidencia ortodoxa en el comunismo español.

Como él, muchos de los beneficiarios de la convocatoria de 2016 no llegarán a disfrutar la beca completa. «Hay mucho dinero que no se está ejecutando para investigación. De esta última convocatoria, probablemente sean unos dos millones», apunta Natalia Fernández. Porque, subraya, «ha habido quince renuncias de gente que optó por una beca FPU y, sin embargo, el Principado no corrió lista. Así que en lugar de 55, estamos hablando de 40 contratos».

Enrique Antuña, avilesino de 25 años que estudia la evolución histórica de las fiestas populares asturianas durante el siglo XX, es un ejemplo. Entre 2014 y 2015 estuvo becado por el Principado, pero en noviembre de ese año renunció a la Severo Ochoa por una FPU, de igual cuantía, pero más prestigio. Él pone de manifiesto otra realidad: «Estamos hablando de la formación y el acceso a plazas universitarias de la próxima generación de investigadores y docentes en una universidad, que está muy envejecida. Con la precariedad de los aspirantes a doctores lo que se hará a medio y largo plazo será aumentar este problema, el de la falta de personal en la Universidad», opina.

A sus 27 años, la avilesina Natalia Fernández se reconoce una «afortunada, dentro de lo que hay por ahí» porque no está becada sino que tiene un contrato del Principado a cargo de un grupo de investigación. Cobra 1.400 euros al mes. Pero ya no vive en casa de sus padres y «hago el trabajo que antes hacían dos personas», además de investigar para su tesis. El grupo de Ciencia, Tecnología y Sociedad que ella se encarga de gestionar, agotará en diciembre la ayuda de 96.000 euros concedida por el Gobierno regional. Sin nueva convocatoria a la vista, el futuro no es halagüeño: «Me quedaría en el paro».

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