La confesión de Javier Ledo: «Lo hice solo, nadie me ayudó»

Javier Ledo, el lunes antes de ser llevado a prisión. / D. ARIENZA

El coañés confesó a los agentes, ante su abogado, que había matado a Paz

R. MUÑIZ / D. S. FUENTE NAVIA.

El 13 de febrero Javier Ledo acabó con Paz Fernández Borrego, presumiblemente en la céntrica casa naviega donde pernoctaba. Luego sumergió el cadáver en el pantano de Arbón, y empezó a cavilar. Necesitaba una coartada sólida, eliminar los rastros, evitar que lo pillaran. Más aún después de que la Guardia Civil lo interrogara en los primeros días de la desaparición, durante más de tres horas. «Joder, me trataron como al culpable», lamentó al salir del cuartel.

Era el principal sospechoso y de estrechar el cerco se encargaron los cinco hombres de la Policía Judicial del puesto de Luarca. Llevan tiempo en la zona, familiarizados con el terreno y sus gentes, trabajan de paisano, ataviados con ropa desenfadada para pasar inadvertidos. «Asumen todos los casos de la zona que exigen una cierta especialización aunque éste ha sido el más difícil», explican en el Instituto Armado. La presión con la que han lidiado era máxima, no tanto por los superiores como «por la urgencia de darle una respuesta a la familia», señalan sus compañeros. Las jornadas de trabajo «han sido larguísimas, maratonianas», agregan.

Entrevistaron a docenas de personas, en Coaña y Navia, para identificar los movimientos de Ledo, sus conexiones. Una noche se acercaron a él, en un bar, y le invitaron a beber para tirarle de la lengua. Con los indicios acumulados y la supervisión judicial, lanzaron el viernes el arresto y la redada. Los compañeros de Criminalística de Oviedo y perros traídos de Madrid les apoyaron, localizando rastros de sangre, las muletas del sospechoso, distintos elementos que lo incriminaban. Según TPA, los investigadores creen que para llevar el cuerpo al embalse habría utilizado el coche de la propia víctima.

Ledo fue testigo de cómo las pruebas arruinaban su relato y no pudo más. El domingo, en presencia de su abogado, rectificó y admitió a los agentes de Luarca que él mató a la gijonesa. «Lo hice solo, nadie me ayudó», afirmó. Su credibilidad es dudosa, pero seguir mintiendo complicaría lograr atenuantes por confesión.

El caso sigue abierto y bajo secreto. El Grupo Especial de Actividades Subacuáticas volvieron ayer a rastrear el pantano en busca de un bolso y otros efectos de la víctima. Al coañés, como a los presos de su perfil, se le ha puesto con un interno de confianza aplicándole lo que se denomina como protocolo antisuicidios.

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