El Maestro de maestros

ÍÑIGO MÉNDEZ DE VIGO Y MONTOJOMinistro de Educación, Cultura y Deporte. Portavoz del Gobierno

En San Antolín de Ibias, en el colegio que impulsó y lleva su nombre, hay desde hace años un busto y una placa: «A D. Aurelio Menéndez Menéndez. Con el afecto y gratitud de la comunidad educativa y vecinal de Ibias, como ejemplo a seguir para futuras generaciones». Don Aurelio obtuvo a lo largo de su trayectoria más de una treintena de reconocimientos honoríficos, además del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1994. Sin embargo, nada resume mejor la vida, el legado y la personalidad del exministro que este sencillo homenaje en la pequeña parroquia de su querida tierra asturiana.

Ante todo fue profesor, siempre querido y recordado por sus alumnos, un gran catedrático de Derecho Mercantil, y un extraordinario servidor público que aceptó el cargo de ministro de Educación y Ciencia en 1976, en plena Transición, en un momento delicado en el que Adolfo Suárez buscaba a alguien de sólido prestigio profesional, que fuera respetado y aceptado por su valía en toda la comunidad educativa.

Cuando aquel Gobierno fue anunciado, un político malicioso –que evidentemente no formaba parte de él– lo calificó de «Gobierno de penenes» contraponiéndolo al anterior con nombres como Areilza, Fraga o Garrigues y queriéndolo hacer de menos. Craso error. No solo formaban parte de él eminentes catedráticos como don Aurelio Menéndez, sino que ese Gobierno fue el que hizo posible la llegada de la democracia a España, con audacia y estricta observancia de la legalidad, pues en palabras de otro ilustre asturiano, don Torcuato Fernández-Miranda, todo ese proceso se hizo «de la ley a la ley».

Don Aurelio Menéndez fue maestro de maestros y referente indiscutible en Derecho Mercantil. En España, varias generaciones de juristas se han formado gracias a sus trabajos y publicaciones. En 1973, siguiendo el consejo de Rudolf Ihering, decidió dedicarse a la «lucha por el derecho» fundando su bufete Uría Menéndez junto a Rodrigo Uría, uno de los despachos mercantilistas más acreditados de España, con gran notoriedad también fuera de nuestras fronteras y del que era presidente de honor.

Como magistrado emérito del Tribunal Constitucional o consejero de Estado, como decano de la UAM, o como profesor y tutor de Felipe VI en la década de los 90, todas sus actividades estuvieron marcadas por la sabiduría, la capacidad de trabajo, y la vocación académica que caracteriza a los grandes maestros.

El fallecimiento de don Aurelio Menéndez nos recuerda una vez más la importancia de volver los ojos a quienes con generosidad y entrega hicieron de la Transición española un histórico ejemplo de concordia. Su capacidad de diálogo, su prudencia, sencillez y responsabilidad, su excelencia profesional, son hoy más que nunca el legado al que debemos aferrarnos todos los españoles. Tal y como recoge aquella placa del concejo de Ibias, a él debemos afecto y gratitud, y en su persona encontramos un gran ejemplo profesional y personal para aliento e inspiración de las futuras generaciones.

España es hoy un país mejor, más formado y prestigioso, gracias a la vida y al legado de don Aurelio Menéndez.

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