Bandujo, el cementerio asturiano de las tumbas sin nombre

Un grupo de vecinos, ayer, en el cementerio de Bandujo. A la izquierda, vista general del camposanto de la localidad. /ELOY ALONSO
Un grupo de vecinos, ayer, en el cementerio de Bandujo. A la izquierda, vista general del camposanto de la localidad. / ELOY ALONSO

La localidad mantiene la tradición de decorar los 27 espacios de enterramiento con composiciones de flores | Cuando alguien fallece ocupa el lugar de quien más tiempo lleve en el cementerio

JOSÉ L. GONZÁLEZ GIJÓN.

En Bandujo, a los muertos se les arropa con tierra y flores. Este pequeño pueblo medieval de Proaza mantiene intacta una tradición secular en la que no hay rastro de lápidas, donde todos los muertos van a la tierra y cada 1 de noviembre se les recuerda cubriendo las tumbas con trabajadas mantas florales. Los vecinos suben por la fiesta de Todos los Santos a su pequeño cementerio para volver a dar redondeada forma a los enterramientos en los que reposan los restos de sus seres queridos. Sobre la tierra negra que utilizan nace entonces el color a través de cuidadas composiciones florales. Una tradición recordada, pero que ya no se ve, en otros cementerios de la zona. «Cuando era una niña, esto mismo se hacía en otros lugares del municipio. Las mantas se hacían con flores pequeñas que crecían en los pueblos», recuerda Carmen Arias, concejala de Proaza.

Este pequeño lugar, considerado por su arquitectura un recorrido diacrónico por la historia de Asturias, ha sabido conservar vestigios milenarios y dejar a la vez espacio para las construcciones que han ido floreciendo con el paso del tiempo. Todo hasta formar un conjunto que recibió la categoría de Bien de Interés Cultural en el año 2010.

A los muertos también han sabido hacerles su sitio en Bandujo, o Banduxu en asturiano. Una de las peculiaridades de este enclave es que las tumbas, 27 en total, no tienen dueño. Así, cuando una persona fallece ocupa el lugar de aquella que más tiempo lleve enterrada en el cementerio. Una placa ubicada a los pies de una pequeña cruz se encarga de recordar el nombre del difunto durante su periodo en la tumba. Una vez que otro la ocupa, la placa también cambia. «Los vecinos quieren mantener sus tradiciones. Muchos han arreglado sus casas y mantienen muy bien el cementerio», explica Carmen Arias. Una tradición donde los nichos no son una opción, solo tierra sobre los féretros y coloridos adornos para honrar a aquellos a quienes más echan de menos.

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