«Me piden cosas muy extrañas»

Manuel Fernández es el único soplador de vidrio científico de la Universidad de Oviedo. En España apenas quedan veinte | Realiza piezas por encargo y repara las estropeadas por el uso, tareas que suponen un gran ahorro. «Algunas que se venden por 300 las hago por 70»

LAURA MAYORDOMO OVIEDO.

Dice que la técnica es sencilla. Que se aprende en apenas unas horas. Es la práctica lo que requiere días, meses, años de trabajo. Manuel Fernández Linde, asturiano de 34 años, es uno de los pocos, poquísimos, sopladores de vidrio científico que existen en España. No llegan a veinte en todo el país y en diez años, calcula, quedarán la mitad cuando se jubilen aquellos que llevan más tiempo en esta particular profesión que tiene tanto de artesanal como de ancestral. Él es de los más jóvenes. Desde hace un par de años trabaja para la Universidad de Oviedo. Antes estuvo en la de Alicante.

Nadie en su familia ni en su entorno había sido soplador de vidrio. Fernández Linde llegó a la profesión «por curiosidad» y se fue formando a base de ver vídeos y consultar muchos catálogos de material científico. Sus estudios de Edificación y Obra Civil le procuraron nociones básicas para hacer planos que ahora le vienen muy bien cuando tiene que plasmar en un papel lo que los investigadores de la Universidad de Oviedo le piden para sus trabajos. «A veces son cosas muy extrañas» que no siempre es capaz de llevar a cabo en el taller que ocupa, situado entre la Facultad de Biología y el edificio Severo Ochoa y que carece de un torno mecanizado como sí disponen los de las universidades de Zaragoza o Alicante, referentes en la práctica del soplado de vidrio. Ocurrió recientemente, cuando le pidieron una cápsula de cuatro centímetros de largo que recreara una atmósfera inerte en el interior.

«Antes de cerrarla tenía que introducir un metal, un tipo de acero, para estudiar su comportamiento esa atmósfera», cuenta Fernández Linde, quien, a fuerza de trabajar entre matraces de reacción, columnas cromatográficas y todo tipo de instrumental científico, se ha ido aficionando a la química.

Con un soplete, palas de latón, una cuchilla con corte de diamante y un calibre va dando forma al instrumental científico que le requiere el personal de investigación de la Universidad. El 90% de su carga de trabajo procede de la Facultad de Química, pero también asume encargos de empresas e incluso particulares aficionados a la química. Suelen ser en su mayoría schlenk, columnas de cromatografía de diferentes tamaños o matraces. Piezas muy concretas que a veces ni existen en catálogo. «En ese caso tengo que buscar cómo hacerlo y hacer que funcione. Eso es más importante que cómo vaya a quedar», comenta.

De dos meses a unos días

Además, se encarga de realizar piezas que resultan mucho más baratas haciéndolas en su taller que comprándolas al único fabricante que hay en España. «Por ejemplo, piezas que se venden por 300 euros, yo puedo hacerlas por 70», ilustra.

Buena parte de su jornada laboral también la dedica a reparar material de laboratorio deteriorado por su uso. Con todo, el ahorro para la Universidad de Oviedo en este capítulo, calcula Fernández Linde, puede llegar «hasta el dos mil por cien». Un ahorro económico y también de tiempo, ya que él puede entregar en días lo que, encargándolo al fabricante, puede tardar dos meses en llegar al personal investigador. No es de extrañar así que buena parte de la comunidad universitaria se movilizara hace unos meses para conseguir que su puesto se estabilizara.

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