30.000 de Xiringüelu

El prau Salcéu volvió a convertirse en un gigantesco chigre abarrotado de romeros.
El prau Salcéu volvió a convertirse en un gigantesco chigre abarrotado de romeros. / DANIEL MORA

Multitudes y fiesta mayúscula se conjuraron en Pravia contra la lluvia y lograron remojarse solamente por dentro

PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADA

El prau Salcéu volvió a petarlo un año más y cerca de treinta mil romeros acudieron a su cita con el Xiringüelu para disfrutar de una larga jornada de fiesta entre amigos de toda la vida o recién conocidos con los que compartir unos culinos de sidra y el mismo espíritu ‘folixeru’. Es lo propio de la gran romería de Asturias en la que Pravia muestra el talante hospitalario y divertido de sus gentes acogiendo a orillas del Nalón a xiringüeleros de cualquier punto del globo terráqueo, da igual si vienen del vecino concejo de Soto del Barco, de Logroño o de Pekín. Aquí todos son bienvenidos mientras vengan con ganas de pasárselo bien y hacérselo pasar a los demás. Ayer no fue una excepción. Lo resumía Eugenio, avilesino reincidente en la fiesta durante casi veinte años: «Prohibido pasase más de la cuenta y sobre todo aburrise, lo demás ta bien».

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Sobre el mediodía una larga caravana de vehículos anunciaba la proximidad de la fiesta y desde Riberas a Peñaullán se producían algunas retenciones sin mayor importancia. Los efectivos de Tráfico desplegados a lo largo del recorrido agilizaban el fluido de la caravana y en los rostros de los conductores no se percibía excesiva impaciencia o signos de contrariedad: los más se dirigían a la fiesta y sabían que por cinco o diez minutos de retraso, el prau no se iba a marchar; el resto tampoco parecían tener demasiada prisa en la mañana de un domingo y si había algún despistado que preguntaba a los agentes desde la ventanilla por el motivo del atasco, pronto se tranquilizaba al saber que se trataba de una fiesta: «¿Y es aquí cerca?», preguntaba una chica con acento del sur y tres pasajeras, igual de interesadas por el plan que la conductora. Más tarde las encontraríamos totalmente integradas en la romería: «Somos de Málaga y acabamos de llegar a Asturias, estamos probando la sidra», explicaba Marta, la conductora, ante la aquiescencia divertida de sus amigas.

«Esto es una locura», exclamaba con idéntico espíritu festivo, Ana, leonesa, otra debutante y lo hacía justo enfrente de la caseta de la peña El Minicomio, integrada por romeros de Oviedo y Avilés. Un cartel sobre la barra anunciaba el menú de la casa: marmitaco de murciélago y «almóndigas», además de un servicio de alquiler de camas: 30 € media hora. Otras opciones de relax para afrontar la intensa romería se podía encontrar en la caseta de El Puntazo, de Salas: sus integrantes habían dispuesto su propia playa con arena real, tumbonas y hasta una pequeña piscina hinchable con patito a flote.

La misma guasa, aunque destilada por cuatro décadas de veteranía en la fiesta, la mostraban los componentes de la peña decana la del Ahorcáu. En un lateral del chiringuito se exhibía la solera de esta peña praviana: «Desde 1977». Una de sus integrantes nos canturreaba al oído –sobreponiéndose a la música de la fanfarria Los Cruzaos de Ceares– el estribillo de su himno de guerra: «Somos la Peña el Ahorcáu/ y al Xiringüelu hemos llegao/ Somos borrachos y echaos p’adelante:/¡Como nosotros no los hay más!».

En el mismo plan andaban a la hora del almuerzo cada una de las ciento cincuenta casetas del recinto festivo: Les Xardes de Luanco, con su sección de vanguardia Les Xardones, distinguible por sus camisetas negras parodiando el logo de The Ramones. Y por las distintas calles de la ciudad levantada por los xiringüeleros en el prau Salcéu corría la sidra de vaso en vaso y de garganta en garganta, incluso en la caseta de Los Desidrataos, mientras allá arriba en el cielo las nubes no llegaban a ensombrecer el día ni a dejar salir el sol: algo que no parecía preocupar mucho a Los Abrasaos, moscones o a los también clásicos de La Palmera, ribereños de La Arena, curtidos en bastantes xiringüelos ‘soleyeros’. Para quienes buscasen asilo temporal donde refrescarse el gaznate y seguir el ritmo del cercano escenario (con los platos del Dj Vieites a toda máquina) por ahí estaba un año más el Consulado de Siero, hermanando a la gran romería praviana con el Carmín.

Bajo el puente los socorristas se aburrían, afortunadamente, contemplando el baño tranquilo –apenas un chapuzón en la orilla- de cuatro o cinco romeros con vocación anfibia y arriba, apoyado en la barandilla, Luis Calvo, de Riberas, observaba el panorama, evocando los xiringüelos de su juventud: «No los añoro, me gusta ver a la gente pasalo bien: son mozos, es lo que les toca». Y en el prau seguía la folixa: un grupo de romeros hacía la ola al paso del helicóptero de la Guardia Civil. Desde el puente se escuchaba: «Ye pa la foto». Y la verdad es que el Xirin de este año estaba de foto, como siempre.

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