Nati, la niña con síndrome de kabuki, cambia de centro para su integración

Nati, junto a sus padres, durante una gala para recaudar fondos. / P. G.-P.
Nati, junto a sus padres, durante una gala para recaudar fondos. / P. G.-P.

Sus padres trasladaron una queja a la Consejería de Educación porque el centro escolar de Luanco donde estudiaba no le podía prestar los cuidados que necesita

P. G.-PUMARINO LUANCO.

Todo empezó con un rechazo a la hora de ir a clase. Fue así como los padres de Natividad Álvarez Fernández, 'Nati', una niña de nueve años, con una discapacidad del 78% y que padece la enfermedad rara conocida con el nombre de síndrome de kabuki, se enteraron de que su relación en el colegio no era la habitual. Algo que les llamó la atención, dado que hasta ahora no quería perder ni un día. Movidos por el interés, pudieron comprobar que la causa radicaba en una serie de cosas que afectaba a los cuidados que la niña recibía en el centro.

Más tarde, constataron que el desencadenante de este rechazo tenía su origen en un incidente que había ocurrido clase. Al parecer, y según comentan los padres, «Nati precisa de asistencia para cambiarle los pañales a causa de los problemas gastrointestinales que padece. En un momento determinado sintió necesidades para hacer de cuerpo y esto causó las risas entre sus compañeros. Este incidente nos preocupó y nos pusimos en contacto con la dirección del centro La Canal de Luanco».

La única contestación que recibieron, dijeron los progenitores, fue que «nuestra hija no la podía estar en una burbuja», afirmó la madre, Natividad Fernández. Tras consultar con la dirección del centro, con quien también se puso en contacto este periódico y declinó hacer declaraciones al respecto, la respuesta fue que «la cuidadora no podía estas solo para cambiarle los pañales y para todos los cuidados que precisara nuestra hija porque hay más niños». También explicaron que debería acompañarla en las salidas organizadas del centro y que tampoco podía permanecer en el comedor porque no se disponía de personal para cuidarla.

«Soy una madre que ahora tengo que atender a un bebé de meses y, por tanto, es imposible que pueda acompañarla como me requieren ahora en el centro», dijo la madre.

Ante esta situación, pidió a la dirección un informe de los servicios que prestaban y, según Fernández, «comprobamos que solo se cumplía uno de ellos, el cambio de pañales y el aseo, el resto no. También observamos cómo durante el recreo mi hija permanecía aislada del resto de niños cuando entre los objetivos del centro figura potenciar su integración y su autonomía en los desplazamientos».

Otro detalle que no gustó a los padres fue que «en clase la colocan en la última fila de pupitres. Nati necesita gafas y, por eso, debería estar en las primeras filas», dijo. Como padres de una niña con discapacidad, sostuvieron que «no podemos pasar por alto estas faltas de diligencia y queremos que nuestra voz se oiga en defensa de otros casos». Todos estos hechos fueron puestos en conocimiento de la Dirección General de Educación y Nati, fue escolarizada ya en el colegio de Educación Especial San Cristóbal de Avilés, donde progresa adecuadamente.

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