La familia del joven al que su padre disparó: «Temíamos que nos matase»

El letrado Jorge Canteli conversa con los hermanos del parricida confeso. / DAMIÁN ARIENZA

El fallecido intentó acabar con la vida de su progenitor hace cuatro años y de continuo ejercía maltrato sobre la madre y el hermano

MARTA VARELA LAVIANA.

Años en silencio soportando violencia física y psíquica desembocaron en la mañana del pasado jueves en un homicidio involuntario en la localidad entreguina de Lantero. Felipe Luis Montes disparó su arma de caza en tres ocasiones, matando a su hijo Raúl Montes Delmiro, de 34 años. De inmediato, llamó a la Policía inculpándose de una muerte involuntaria sobrevenida tras «episodios continuados de malos tratos, vejaciones y amenazas por parte del fallecido tanto a su madre, como a su hermano y a su padre», confirmaba ayer el abogado de Montes, el langreano Jorge Canteli.

Después de tres horas y media de declaración ante la juez titular del Juzgado de Primera Instancia de Laviana, el parricida confeso fue enviado como medida cautelar a prisión comunicada y sin fianza a la espera de juicio debido a la «gravedad de los hechos reconocidos». Un juicio que se realizará por el procedimiento de jurado popular y en el que probablemente la defensa, ejercida por Canteli, apueste por defender la tesis de legítima defensa. Concurren según el letrado eximentes incompletas en este caso, como el hecho de que fuese el acusado quien diese aviso a las fuerzas de seguridad autoinculpándose, que cooperase en todo momento con la investigación, la actitud violenta del fallecido sustentada por su historial delictivo, arrebato, un miedo insuperable... Si bien como agravante cuenta la relación de parentesco. El trabajo del letrado se centra desde ahora en lograr que se rebaje la condena por homicidio, que conlleva entre diez y quince años de cárcel, amparándose en las referidas eximentes. Además, la familia apoya sin fisuras a Felipe Luis Montes como lo mostraron ayer acudiendo al juzgado lavianés a darle su apoyo. Entre ellos los hermanos del acusado, que se encontraron con una persona «destrozada», al igual que están su mujer Mari Carmen y su otro hijo Marcos, testigos del terrible suceso. A este último el padre trató de protegerlo de los golpes que estaba llevando de Raúl, un experto en artes marciales, y, según su abogado, «no vio otra manera que utilizar la escopeta, pero nunca quiso matarle».

El parricida confeso coincidió en su declaración con su mujer y su otro hijo Marcos, al explicar a la juez: «Teníamos mucho miedo; estábamos seguros de que nos iba a matar a uno de nosotros». Canteli remarcó ayer que «la situación del jueves se desbordó, era extrema; la tensión a la que estaba sometida la familia era brutal». De hecho, relató que «hace cuatro años intentó matar al padre, y por primera vez tuvieron que denunciarle y se dictó una orden de alejamiento». «Después mejoró un poco y volvió a casa. Pero la situación comenzó a empeorar y terminó el jueves de la peor manera posible, y como nunca hubiesen deseado», apostilló.

Una violencia que en el ámbito familiar venían soportando desde hace más de diez años, pero «siempre trataron de taparlo y ellos tres intentaron llevar la situación hasta que no pudieron más. Pocos conocían el horror que estaban pasando», explicó el defensor del progenitor.

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Algunos familiares cercanos sí eran conocedores de algunos de los episodios de maltrato a los que Raúl sometía a sus padres y hermanos, y están dispuestos a aportar su testimonio para corroborar la «situación insostenible en la que vivían». «Siempre tenían miedo, cuando estaba en casa. Cuando salía temblaban pensando cómo iba a volver... Vivían en un infierno, siempre en tensión, pero unidos para poder sobrellevarlo», indicó un allegado a la familia.

«Vivir con miedo»

María, Felipe y su hijo Marcos llevaban años en un «sinvivir, sometidos por Raúl, sus caprichos y sus continuados episodios de violencia extrema hacia los tres». Una situación que solo conocían los familiares más cercanos, porque ellos siempre tuvieron la esperanza de que Raúl cambiase su actitud. Una actitud violenta sustentada por su obsesión por las artes marciales y los gimnasios, pero tampoco en estos recintos deportivos era bien recibido. De algunos de ellos fue expulsado por su carácter violento. Además, contaba con un extenso historial policial, que corrobora su comportamiento extremo.

Algunos vecinos también eran conscientes de esta situación, pero al igual que la familia nadie se atrevía a decir nada. «Había días en los que Felipe no levantaba los ojos del suelo, oíamos voces, golpes como de tirar cosas pero no sabíamos qué hacer. Al fin y al cabo, es un hijo, pero siempre pensábamos que la cosa no tenía solución y que iba a terminar mal», relató un vecino.

Todo el valle de Lantero, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, espera que Felipe pueda volver a casa en el menor tiempo posible, al igual que su familia. «No se merece ir a la cárcel. La pena de matar a su hijo no se la va a quitar nadie», comentaban ayer varias personas.

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