El Comercio

Sementera

Amanece un día espléndido de primavera y, por estas aldeas del Suroccidente astur, nos preparamos para una de las tareas más importantes del año: la siembra de las patatas. Es sabido que la patata ocupa un lugar primordial en la casa campesina y una buena cosecha es siempre un motivo de alegría y orgullo. Es alimento principal en nuestra mesa, de hecho es uno de los ingredientes del plato mas típico de esta zona: el pote. La patata en Asturias se come a diario en variadas recetas y acompaña siempre a cualquier plato de carne o de pescado. Pero es usada además para la alimentación de los animales, especialmente de los cerdos. También la comen las gallinas y, en ocasiones, se daba a las vacas.

Así que lo primero es preparar la semilla. Las patatas del año anterior, 'gal.lizadas', es decir con yemas o brotes, se parten en dos o tres trozos. Cada uno de ellos dará lugar a una nueva planta. Después, a abonar bien la tierra. Ya lo dice el refrán: 'Dios ya'l cuitu pueden muitu/pero sobre todo, el cuitu'. La siembra es un trabajo complejo, como todos los del campo, y se requiere de varias personas. Es necesario arar la tierra -l.labrar-, lo que, tradicionalmente, se hacía con l.labiegu romano movido por tracción animal -una pareja de vacas o un caballo, asno o mulo-. La labor de l.labrar corresponde normalmente al cabeza de familia. Otra persona tiene que dirigir los animales -'andar delante las vacas'-. Se necesita también alguien que meta el cuitu en el riego y, finalmente, la persona que siembra, labor que suele realizar la mujer de la casa. Con gran cuidado de que no vayan ni muy juntas ni muy separadas, concentrada, atenta, digna y muy convencida de que le va en ello el bienestar de su familia, deposita en el surco las semillas. Después, a comer o merendar -según la hora- y celebrar la alegría de la siembra. La conversación de esos días, en los encuentros con los vecinos, siempre será «si las patatas llevaron, o no, buena sementera».

Posteriormente vendrán los sucesivos trabajos. Primero, acachar, unos quince días después. Se deshacen los terrones que quedaron y se deja la tierra bien lisa. Entre tres semanas y un mes, aproximadamente, dependiendo del tiempo que haga, nacerán las plantas. Ahí ya se ve si estaban bien sembradas. Cuando estas están a media altura, hay que sal.lar. Se trata de remover la tierra y arrimarla al tallo, así como de arrancar las malas hierbas. El último trabajo es arriandar, que consiste en remover ligeramente la tierra. Y, finalmente, a principios de septiembre, se recolecta el fruto.

Esta tarea es de las que todavía se mantienen muy vivas en nuestros pueblos. Hoy es posible comprarlas a precios muy asequibles, pero la calidad es bien distinta. Sin contar con la satisfacción de la cosecha, esa emoción ancestral de sembrar, ver crecer y recolectar nuestros alimentos. Mientras podamos y no nos llegue la famosa polilla guatemalteca o cualquier otra plaga bíblica de esas que pululan por este nuestro mundo globalizado.

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