Cornollo, pendiente de las lluvias que arrastran el monte quemado

José Manuel Pérez muetras el socavón labrado por el agua. /  B. G. H.
José Manuel Pérez muetras el socavón labrado por el agua. / B. G. H.

El agua provocó un profundo socavón que mantiene en vilo a los vecinos. «Baja sin freno, el fuego lo dejo todo limpio», dicen

BELÉN G. HIDALGO CORNOLLO (ALLANDE).

Apenas han pasado tres meses desde que el fuego devastase el pueblo allandés de Cornollo. El negro cubre las laderas de las montañas del Valledor, donde las últimas lluvias han comenzando a causar estragos. El agua arrastra a su paso el terreno calcinado, sin tropezarse en su camino con vegetación que frene su avance y apacigüe su furia.

«Baja sin freno, el fuego lo dejó limpio: ya no queda ganado ni monte», lamenta Manuel Blanco, vecino de Cornollo, con la mirada clavada en lo alto del monte. No es el único que observa la situación con temor. María Olimpia Ibias coincide con su vecino a la hora de señalar su mayor preocupación.«Baja desde el repetidor y arrastra con todo. Mete miedo. Yo prefiero no mirar», relata, al tiempo que afirma que no dudó en salir a combatir las llamas junto a su hijo, José Manuel Pérez, pese a los dolores en su cadera, propios de sus 75 años.

Las fuertes lluvias mantienen en vilo a José Manuel Pérez, que teme que el tendejón donde almacena su maquinaria sea arrastrado junto al terreno por la fuerza del agua. «Me dijeron que no cedería, ahora que pasó, me dicen que no hay medios para arreglarlo», critica Pérez. El socavón tendrá un profundidad de unos 15 metros y una longitud que ronda los treinta, según las estimaciones de este vecino.

Para mitigar las consecuencias del arrastre, José Manuel Pérez recurrió a la colocación de una chapa justo en la salida del agua, enlazando con la tubería. «Con ella pretendemos que no baje todo el agua por el mismo sitio y siga cediendo el terreno, porque si continúan estas lluvias y cae una nevada grande, lo más seguro es que baje el tendejón también», explica justo detrás de dicha cubierta, donde ya solo se encuentran algunas herramientas y leña preparada para hacer frente al invierno. «Me recomendaron no tener nada ahí guardado», cuenta entre la resignación y la impotencia.

A la entrada del pueblo se repite la estampa. El agua, de color marrón, desciende brava monte abajo. «En esta zona echamos los escombros de lo que se quemó y parece que algo sirvió», apunta Pérez. El torrente desemboca por un tubo de gran diámetro y sigue su curso ladera abajo, hasta encontrarse con el tendejón de este vecino, que ya ha sufrido cuantiosos daños. «Estuvieron limpiando los arroyos. Pero eso no acaba de funcionar porque no frena la fuerza del agua», afirma Pérez, quien espera que se tomen medidas para «tener que evitar lamentar daños mayores en un pueblo que aún lucha por recuperarse de la tragedia del fuego», dijo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos