Navelgas revive la magia del esfoyón

Vecinos y visitantes participaron en la esfoyaza de maíz. / B. G. H.
Vecinos y visitantes participaron en la esfoyaza de maíz. / B. G. H.

BELÉN G. HIDALGO NAVELGAS (TINEO).

La noche del segundo sábado de noviembre es mágica en el calendario de Navelgas. Es esa noche en la que se viaja en el tiempo y se regresa a un pasado no tan remoto. El motivo no es otro que el Festival del Esfoyón y el Amagosto, declarado Fiesta de Interés Turístico del Principado. Anteayer, el barrio alto de la localidad tinetense revivió un año más la esencia de los esfoyones de antaño gracias a la labor de los miembros de la asociaciones de vecinos San Juan, la asociación cultural El Arbedeiro, la asociación de mujeres Cuarto de los Valles y la asociación de personas mayores Río de Oro.

Las calles se iluminaron con antorchas y los vecinos desempolvaron capelinas, leotardos de lana, pañuelos, americanas viejas, boinas, chalecos de lana, madreñas..., para lucir sus mejores galas. «Esto es algo auténtico. La gente se vuelca y se suma espontáneamente. Los pueblos no se mueren, los matan», explicaba el pintor local, Manuel García Linares, que puso en marcha este evento hace ya veintidós años.

La vida regresó a los bajos de las paneras que salpican el entramado; también a las cuadras, muchas de ellas ya en desuso, que se convirtieron en escenario de las antiguas profesiones que generaciones atrás sustentaban a las familias de Navelgas.

El maíz y la esfoyaza era una entre muchas otras actividades. La desnatadora no dejó de separar la nata de la leche y el olor a manteca pronto irrumpió en el pueblo; el ferreiro, al calor de la fragua, marcaba el hierro y ponía banda sonora a un oficio casi olvidado. En el telar reinaba concentración, vital para que el paño no presente ningún fallo; el madreñero se afanaba en procurar este calzado ante la llegada inminente del invierno...

Tampoco cesaba la actividad en el chigre, ni en torno al tambor de castañas, que no dejaba de girar sobre las ascuas. «¡A la rica castaña caliente!», invitaban los jóvenes castañeros. En el llagar se estrujaba manzana para obtener la sidra dulce con la que acompañar las castañas. Hasta la escuela permaneció abierta. A la puerta asomaban los nostálgicos que recordaban ante sus hijos las nociones de álgebra con el ábaco o las horas dedicadas a mejorar la caligrafía en los cuadernos expuestos en esos inconfundibles pupitres de madera.

No faltó la música y el baile. Los Pampirolos recorrieron las calles al son de gaita y tambor, dando paso al grupo La Corte, de Enverniego. Los valdesanos recogieron la 'Panoya de Oro', una distinción con la que la organización reconocía la labor de recuperación del patrimonio cultural de los vaqueiros. «Me consta su trabajo por la recuperación de la cultura vaqueira que transmiten de padres a hijos, sumando hasta tres generaciones», explicó el regidor, José Ramón Feito, que entregó el galardón. Los miembros del grupo se cogieron de la mano e iniciaron lo que parecía una danza prima, pero que resultó ser una pieza ideada en exclusiva para la ocasión. Fue su forma de dar las gracias.

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