La Malva iluminó el futuro de Somiedo

Los visitantes observan una maqueta de la central de La Malva. / B. G. H.
Los visitantes observan una maqueta de la central de La Malva. / B. G. H.

545 personas visitan la central en las jornadas de puertas abiertas

BELÉN G. HIDALGO SOMIEDO.

Las turbinas de la central de La Malva se ponían en funcionamiento un 9 de septiembre de 1917. Con ellas echaría a andar el desarrollo de una comarca fuertemente castigada por el aislamiento, donde los vecinos aún cubrían los techos de sus casas con escoba, ajenos a los avances de una industrialización que despegaba en los albores del siglo XX con la necesidad imperante de generar electricidad. Cien años después, sigue produciendo energía y sus muros albergan un museo que se custodia la historia de una obra titánica.

En la margen derecha del río Somiedo, a la sombra del monte Gurugú, se levantó la central. Para ello tuvieron que construir las carreteras y sortear los capítulos de un convulso arranque de siglo: la I Guerra Mundial se libraba mientras se levantaba la central. «El conflicto retrasó la llegada de varias piezas», cuenta Juan Antonio Sánchez, tercera generación de su familia que trabaja en la central y que este fin de semana ejercía de guía turístico en las primeras jornadas de puertas abiertas.

En el edificio, cuyo estilo emula la arquitectura industrial inglesa de principios del siglo pasado, no solo alberga la sala de máquinas. En él vivieron los jefes de la fábrica de luz, en las viviendas más sofisticadas de la comarca: «tenían agua corriente, inodoro y luz. Era todo un lujo para la época», explica Sánchez. Además, el edificio alberga un taller donde se reparaban las piezas: «la central de La Malva era autosuficiente ante cualquier avería o emergencia», explica. El agua que mueve las turbinas de la central procede de dos valles: Valle de Lago y Valle de Saliencia. Aprovechan el agua del lago del Valle y de los lagos de la Cueva, Cerveriz y la Calabazosa. «No se modificó la cubeta glaciar, se colocó una compuerta en el sumidero natural del lago para alcanzar unas cotas más altas de agua sin alterar el paisaje», indicaba.

Ese respeto por el entorno fue uno de los hechos que más llamó la atención a dos turistas de Talavera de la Reina, en Toledo. «Nos impresionó la obra de los canales y cómo trabajaron para traer el agua hasta aquí. Lo hicieron de una forma muy respetuosa con el medio», confiesa Amancio Ramiro. Se construyeron más de 20 kilómetros de canales en terrenos escarpados. En la visita, también hubo tiempo para pasar a la acción. Fueron varios los atrevidos que tomaron los mandos gracias a un simulador que les puso por un momento en la piel de los operarios que controlan la central en la sala de máquinas.

Estas jornadas de puertas abiertas también permitieron a varios somedanos reencontrarse con sus orígenes. Entre los visitantes se encontraban nietos y bisnietos de trabajadores de La Malva. Así, Patricia Álvarez, confesaba sentirse «muy emocionada» pues su bisabuelo, Armando Álvarez, fue jefe de la central. «Nos gustó todo: el edificio, las máquinas… Eran autosuficientes y recuerdo que en mi casa se contaba cómo mi bisabuelo se encargaba de construir esas piezas… para la central. Es una visita muy recomendable».

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