El Comercio

Manuel Capín, posando en pleno desierto del Atacama.
Manuel Capín, posando en pleno desierto del Atacama. / E. C.

De Ribadesella a la mina del Atacama

  • Manuel Capín vive y trabaja en el desierto chileno, lejos de su familia, en la mayor explotación de cobre del mundo

Se llama Manuel Capín Cobo, pero sus familiares y amigos le conocen con el sobrenombre de 'Lito'. Natural de Nocéu, vivió buena parte de su juventud en el riosellano barrio de El Cobayu. El servicio militar le llevó a Madrid y desde entonces su vida ha dado muchas vueltas, siempre lejos de su pueblo natal. En Oviedo conoció a la que hoy es su mujer. La casualidad quiso que se tratara de otra riosellana, natural de Tezangos, María del Mar Hernanz Palacios, con la que tiene dos hijos, Manuel y Laura, a los que ve muy poco, porque Lito es minero, con la categoría de capataz electromecánico, en el desierto de Atacama (Chile). Allí lleva tres años y medio.

Electricista de profesión, llegó al mundo de la minería a través del Metro de Barcelona en el que estuvo trabajando algún tiempo. Posteriormente le tocó ejercer su especialidad en la mina asturiana de Belmonte de Miranda, «pero como los sueldos en España no son muy grandes decidí marcharme a Colombia, donde estuve un año». Allí trabajó en el desdoble de la Ruta Nacional 40, entre Bogotá y Villavicencio. Fue entonces cuando le propusieron marcharse a Chile y «como me pareció bien y económicamente me interesó, aquí estoy, en la mina Chuquicamata, el rajo más grande del mundo, en pleno desierto de Atacama», explicó. Se trata de una explotación minera de cobre propiedad de Codelco (Corporación del Cobre), en la que también se extraen otros metales terciarios como plata, oro y molibdeno. «Tiene alrededor de kilómetro y medio de largo y otro kilómetro de ancho, en los que cogería Ribadesella entera dentro», añadió.

Capín está contratado por el consorcio Acciona-Ossa y vive en un campamento minero ubicado en pleno desierto, lejos de la civilización. Su contrato laboral le permite trabajar siete días consecutivos y descansar otros siete. «Cuando trabajo en el turno de noche me quedo en Calama, la población más cercana a la mina y cuando tengo turno de día, me voy a Santiago de Chile, porque es aconsejable salir de un desierto que te deja la piel como el cartón», aseguró. Son 1.700 los kilómetros que le separan de la capital chilena, «dos horas de avión que son un paseo si las comparo con las catorce horas que tengo para viajar a España», dice.

En el campamento minero se soportan temperaturas extremas. Desde los tres grados bajo cero que se alcanzan en la noche a los 30 grados durante el día. «Aquí los catarros son comunes», afirma. En mitad del desierto no le falta de nada, pero lo que más valora es poder contar con un extraordinario servicio de internet que le permite mantenerse conectado con el mundo y con su familia. Echa en falta algunos productos de la tierra, pero no la sidra, «porque en Chile se elabora la chicha, que es una especie de sidra que suele traerme del sur del país un compañero geólogo de León».