El Comercio

Máximo Roda recibió ayer el homenaje de sus vecinos y amigos.
Máximo Roda recibió ayer el homenaje de sus vecinos y amigos. / E. C.

Un piloñés en el sitio de Leningrado

  • Partió de Gijón en un buque francés hacia la Unión Soviética, donde se alistó en el ejército y vivió muchos años

  • Un documental recuerda la historia del Máximo Roda, un niño de la Guerra Civil

Tras el estallido de la Guerra Civil más de 30.000 niños con edades comprendidas entre los cinco y los quince años fueron evacuados desde el bando republicano a Francia, Bélgica, Gran Bretaña, Unión Soviética, Méjico, Suiza y Dinamarca. Uno de estos chavales fue Maximino Roda, nacido en 1925 y criado en una gran familia de nueve hermanos. Ayer, a sus 91 años, fue homenajeado por sus vecinos de Villamayor y se proyectó un documental con su historia realizado por Luis Felipe Capellín.

Con cuatro de sus hermanos emprendió esta aventura en mitad de una época convulsa a escala mundial. Él era el mayor, así que tuvo la responsabilidad de cuidar de todos. A los seis años se había trasladado a vivir a Gijón. Allí fue donde la crueldad de la guerra les envolvió. El ambiente bélico se endurecía y amenazaba a los civiles, así que sus padres decidieron alejar a algunos de sus hijos de la contienda y de sus horrores. Lo que en un principio parecía una solución temporal, se convirtió en definitiva. Nunca se pudo reencontrar con su padre, fallecido en un campo de concentración.

El buque francés que les trasladó a Rusia partió del puerto de El Musel, el 23 de septiembre de 1937. Tras el transbordo a un barco ruso, Maximino recuerda la buena atención recibida y la cantidad de comida que les ofrecían en el navío.

En el documental también rememora la estancia en una localidad cercana a Moscú, donde emprendieron una nueva vida, puesto que les ofrecieron educación y formación, contando incluso con períodos de vacaciones en Crimea.

Iniciada la II Guerra Mundial, se alistó en la tercera división de voluntarios de Leningrado, gracias a que falsificó su documentación, puesto que «sólo tenía 16 años».

«Yo iba con un fusil, iba el último y por la acera pasaba gente, uno de ellos dijo: ¡Mira, el fusil ye más grande que el soldáu», comenta, dibujando la escena en su memoria. Era tan pequeño que le tuvieron que dar unas botas de mujer, porque era las únicas que se adaptaban a sus pies.

Capellín afirma rotundamente que Maximino «fue un héroe, incluso sin saberlo, o sin darse importancia, pero lo destinaron al lago Ládoga, junto a Leningrado, ciudad que estaba sufriendo un durísimo sitio por parte del ejército alemán». En este lugar, soldados como Maximino ayudaron a introducir alimentos en la ciudad, burlando el sitio, «y evitando que muriese más gente».

A causa de unos problemas respiratorios, ingresó en un hospital y fue retirado del frente. Posteriormente pudo empezar a trabajar como mecánico en Simferópol, integrándose completamente en la vida soviética. En Ucrania fue donde conoció a su esposa, aunque los primeros contactos se establecieron por correspondencia. Era María Naves García, perteneciente a una familia oriunda de Oviedo. Ella fue la madre de sus cuatro hijos y falleció hace ya algunos años.

Maximino echa la vista atrás y recuerda, no sin cierta nostalgia, aquellos años en la Unión Soviética donde, pese a los rigores de la postguerra, logró labrarse una vida. Siempre se ha sentido comunista y ahora, tras haber sufrido estos duros conflictos, rechaza la violencia y los enfrentamientos humanos y pide que nadie tenga que sufrir esta devastación en el futuro.