Abandono rural como combustible

Los participantes del curso visitaron Toraño, como ejemplo de pueblo en alto riesgo de incendios.
Los participantes del curso visitaron Toraño, como ejemplo de pueblo en alto riesgo de incendios. / Nel Acebal

Varios expertos en extinción de incendios recibieron formación de campo en Cangas | La población envejecida y la cercanía de las casas con el monte son el gran reto de bomberos y brigadistas a la hora de extinguir el fuego

LUCÍA CASTRO

«En Asturias, los grandes incendios forestales se han incrementado un 66%», alertaba ayer durante un curso de formación para brigadistas, ingenieros y bomberos al que asisten estos días expertos de toda España, Javier Jiménez, investigador de las Brigadas de Refuerzo. Se trata de fuegos que superan las 500 hectáreas y que eran más comunes en el Occidente de la región, pero que empiezan a aflorar cada vez más en el Oriente. «Es una intensidad que en los últimos diez años era desconocida para Asturias», continuó. Las causas, para Jiménez, son claras: el aumento del combustible (arbustos, maleza y fincas descuidadas) por el abandono de las zonas rurales.

La población envejecida es el principal reto al que se enfrentan los expertos en prevención y extinción de incendios. «Los pueblos no son conscientes del riesgo que corren y la región, tampoco», advirtió el investigador. Una teoría que compartía Ferrán D’Almau, ingeniero forestal y técnico de emergencias de Valencia, quien aseguró que «toda hectárea abandonada acaba incorporándose a la superficie que puede arder y son los vecinos quienes deben cuidar su entorno para evitarlo».

Ayer por la tarde, los participantes visitaron la localidad canguesa de Toraño, «un ejemplo de pueblo con pocos habitantes, casas cercanas al monte y exceso de combustible». La solución a esta despoblación no es sencilla, pero en cuestión de prevención tienen claro que la manera de atajar este alto grado de riesgo pasa por la ayuda vecinal. «Los jóvenes deben cooperar con los más mayores a la hora de mantener limpias las fincas», propuso Jiménez, quien destacó la necesidad de crear voluntariado de protección civil desde los ayuntamientos para que informe acerca de las actuaciones correctas ante un incendio. También los profesionales que trabajan en la extinción deben recibir una formación específica cuando se trata de este tipo de localidades.

Por eso, durante el curso, todos los participantes se sometieron a diferentes casos prácticos en los que intercambiaron su opinión y propusieron diferentes métodos de actuación. Sin embargo, hay tres pilares que nunca deben olvidar y que D’Almau y Jiménez se encargaron de recordarles. «El orden de ayuda es el siguiente: personas, bienes y montes», explicó el valenciano. «Sois rescatadores, no os convirtáis en rescatados», alertó Jiménez, ante la posibilidad de que los brigadistas o bomberos se pusieran en situaciones de riesgo. Y para los jefes de equipo, el investigador de incendios forestales hizo hincapié en «un lema fundamental: mi unidad es mi responsabilidad».

El curso trata de poner a los participantes en situaciones límite de evacuación, extinción y prevención. «Es muy interesante para mí, porque en la carrera he estudiado lo que son los incendios, pero no cómo actuar cuando hay casas con personas dentro», señaló Marta Pinto, estudiante de ingeniería forestal. Una idea que compartía Juan Ignacio Fernández, vigilante de bosques en Ciudad Real, quien recriminó la falta de medios en Asturias a la hora de prevenir incendios.

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