105 años de lucha, campo y poesía

Ángeles García (abajo a la izquierda), junto a sus sobrinas y vecinas en su casa de Pimiango. / JUAN LLACA
Ángeles García (abajo a la izquierda), junto a sus sobrinas y vecinas en su casa de Pimiango. / JUAN LLACA

«Le diría a la gente joven que la vida es un soplo que pasa en seguida y hay que vivirla haciendo feliz a quien quieres»Familiares y vecinos arropan en Pimiango a Ángeles García por su cumpleaños

LAURA CASTRO COLOMBRES.

Una «copina», pinchoteo y tarta de su amiga y vecina Mari Paz Miñarro. Así celebró ayer Ángeles García su 105 cumpleaños rodeada de sus seres queridos. «Estoy feliz de vivir. Son demasiados años ya, pero, si Dios lo quiere, seguiré soplando velas», señaló la mujer natural de Ribadesella, pero residente en Pimiango desde que cumplió 98 años. Ha llevado una vida dura, pero siempre ha seguido mirando hacia adelante.

A los 34 años se quedó viuda. Su marido se ahogó en el río mientras pescaba y Ángeles tuvo que «hacer de madre y padre» para sus dos hijos, que por aquel entonces tenían nueve y tres años. Trabajó con ahínco en el campo para sacar adelante a su familia, pero también para «soportar» los golpes que le fue dando la vida. Su hijo mayor enfermó y murió a la corta edad de catorce años. «El trabajo duro fue lo que me ayudó a superar todas las desgracias. Cuando tenía muchas ganas de llorar, iba a casa y me desahogaba. Luego me lavaba la cara y volvía al campo», explica.

La riosellana es la máxima defensora del dicho «la procesión va por dentro». No podía hundirse, debía reponerse por su otro hijo. «Veía lo que tenía encima y no era fácil, pero no quería que me vieran echa una trapera. Era pobre, pero andaba siempre curiosa y feliz», comenta. Su esfuerzo por salir adelante no pasó desapercibido ni para su familia ni para sus vecinos y amigos.

«Si tuviera que definirla con una palabra sería luchadora. Nunca se desesperó y siempre se esforzó por ser feliz», alabó Carmina, una de sus sobrinas. Su buen carácter y su espíritu de superación la ayudaron cuando la vida le deparó un tercer golpe con la muerte de su otro hijo. «La longevidad y el destino me depararon momentos difíciles. Mi segundo hijo murió con 71, pero viví sus últimos cuarenta años con él. Me hacía feliz, me quería mucho y yo a él», declaró Ángeles. Era cura y siempre se llevó a su madre a todas las parroquias a las que servía. «Le devolvió todo el esfuerzo que ella hizo por él cuando era más joven», recalcó su sobrina Carmina.

Ángeles «nunca perdió las ganas de vivir» y le aconseja a la gente joven que «trabaje con ilusión, que la vida es un soplo que en seguida pasa y la misión más importante es hacer feliz a nuestros seres queridos». Confiesa que no hay un secreto para vivir 105 años, pero agradece haber gozado siempre de buena salud. «Hasta ahora, que las piernas empiezan a dolerme, nunca había padecido ninguna enfermedad», explicó. A sus problemas de movilidad se le suma una pequeña sordera y «algún despiste con las fechas», pero, por lo demás, «se mantiene igual que siempre». En Pimiango festejan su aniversario casi como una celebración local con una misa y un pinchoteo en la casa familiar de su centenaria vecina.

La buena comida, la poesía y el ganchillo siempre han sido sus debilidades. «Le encanta el compango, especialmente el tocino, y eso que le digo que no es sano como para comerlo a menudo», advirtió su sobrina. La fabada y los versos de José María Gabriel y Galán «son intocables». Al fin y al cabo, como Ángeles bien señala, «la vida es corta y hay que disfrutar de sus placeres».

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