Cangas, a tope por San Antonio

San Antonio procesionó sobre los hombros de 13 voluntarios y ante la devoción de Cangas. / JUAN LLACA
San Antonio procesionó sobre los hombros de 13 voluntarios y ante la devoción de Cangas. / JUAN LLACA

A la procesión salieron cinco ramos, medio millar de mozas de llanisca, una banda de gaitas y las andas del santo a hombros de 13 voluntarios costaleros Con un completo programa de actos, los cangueses festejaron a su patrón

GUILLERMO FERNÁNDEZ CANGAS DE ONÍS.

La localidad de Cangas de Onís celebró en la mañana de ayer el día grande en honor a San Antonio de Padua, el patrón de la ciudad. Entre nubes y claros, aunque con temperatura agradable, los cangueses dieron vida a un completo programa de actos que incluía misa, procesión, subasta de los panes del ramo, festival folclórico, quema del Xigante y comidas campestres a la benéfica sombra de robles centenarios.

A mediodía daba comienzo la eucaristía, oficiada por los sacerdotes José Manuel Fueyo y Luis Álvarez y acompañada por las cuarenta voces del coro Peñasanta que, bajo la batuta de Jesús Gómez Pellico, interpretaba la Misa Pontifical de Lorenzo Perosi. Las tres naves del templo se encontraban abarrotadas por centenares de devotos del santo.

Una hora más tarde lucía el sol y la plaza de la Iglesia había pasado a convertirse en un hervidero humano para dar comienzo a la procesión. Abría el cortejo el entusiasta Jaime Fernández en el traslado de una valiosa cruz de plata y a su estela aparecía la banda de gaitas Ciudad de Cangas de Onís, de la que formaban parte seis gaiteros y cinco percusionistas. Tras los músicos, se hacían visibles decenas de progenitores, padres y madres conduciendo los tradicionales carricoches en cuyo interior desplazaban a sus niños, los futuros simpatizantes de San Antonio. Uno de los que formaban parte de la comitiva era Moisés Moro, que ayer cumplía trece días.

A continuación marchaban más de medio millar de niñas y mozas ataviadas de llanisca. Batían sus panderetas al contrapunto de cuatro tambores estratégicamente situados y en manos de Fifi Fernández, Carlota Martínez y las hermanas Isabel y María Blanco. Por entre las dos filas de aldeanas aparecían cinco ramos de pan artesanal. El más pequeño a hombros de los niños Rodrigo, Luis, Antonio y Marcos, mientras que el de la calle San Pelayo había llegado a la iglesia conducido por Celso Fernández y los hermanos José Luis, Isaac y David García. Los ramos iban primorosamente decorados con ramas de roble, hortensias, calas y margaritas, así como con lazos de diferentes colores.

La reina de las fiestas, Jasmyna González, y sus damas de honor, María Fuente y Carmen González, abrían paso a las vistosas y trabajadas andas de San Antonio. Por turnos, trece voluntarios costaleros: Quique Valdés, José Fonseca, Castor Carracedo, Antonio Llosa, Juan Chaso, Cuco Mori, Paco Martín, Benigno Aramburu, Aníbal Rubio, Diego de la Cruz y los hermanos Enrique, José Ángel y José Carlos Nachón, iban arrimando el hombro a los varales durante la procesión. El alcalde de Cangas de Onís, José Manuel González, y una amplia representación de las fuerzas vivas locales cerraban el cortejo.

Sidra fresca para costaleros

La comitiva, que se movía con lentitud, transitó hacía la ermita por el recorrido habitual: las avenidas de Covadonga y Castilla, la calle San Pelayo y la Carreterona. El calor hacía mella entre los que trasladaban los ramos y las andas del santo, razón por la que Carlos Turrión, propietario de la sidrería Picu Urriellu, preparó un tenderete para obsequiar a los costaleros con generosos y refrescantes culinos de sidra.

Una vez que la procesión conseguía llegar a la capilla, una hora más tarde de haber salido de la iglesia parroquial, tenía lugar la venta y subasta de los panes del ramo, que Jaime Fernández remataba a diez euros la unidad. Por las grandes roscas de la cúspide se llegaron a pagar hasta 40 euros.

A la entrada del Robledal de San Antonio, la agrupación folclórica Picos de Europa ofrecía un festival folclórico con la interpretación del Saltón, la muñeira de Tormaleo y las jotas de Leitariegos y Caldueño. Estuvieron acompañados a la gaita y el tambor por Nacho Narciandi y Raquel Muñoz, respectivamente. Más tarde, Juan Carlos Devita procedía a la quema del Xigante. Y bien entrada la tarde, en grupos de familia y amistad, comenzaban las comidas campestres en lo que parecía un abarrotado restaurante al aire libre.

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