La Faustino Sobrino viaja al pasado

La Faustino Sobrino viaja al pasado

El taller se repetirá periódicamente para que todos los usuarios del centro tengan la oportunidad de probarlo

LUCÍA RAMOS

«¡Meca! Pero si esa soy yo de moza... ¡y esos son mi padre y mi hija Mari Cruz el día de su comunión!». Como si de un ilustre pintor se tratara, Javier Romero, desarrollador tecnológico y social de Grey Moonkey, fue ayer dibujando una sonrisa tras otra en los rostros de los catorce residentes y usuarios del centro de día de la Fundación Faustino Sobrino de Llanes. No lo hizo solo, pues contaba con la ayuda de unas gafas de realidad virtual que permitieron a los asistentes al taller viajar al pasado sin moverse de sus sillas. Así, Ernestina González pudo contemplar de nuevo el vestido que lució durante una romería de su juventud, o el día en que su hija tomó la primera comunión. Julia Sánchez, por su parte, retrocedió setenta años para rememorar una divertida jornada en la playa, enfundada en su moderno bikini amarillo.

El taller de realidad virtual que ayer se inauguraba en la residencia llanisca es algo «pionero en Asturias», según apuntaba el gerente, Daniel Marcilla, quien indicó que es frecuente que este tipo de tecnología se utilice con niños y adolescentes, pero no tanto con personas de edad avanzada. La intención de la actividad, que se repetirá de forma periódica para que todos los residentes puedan participar, es «estimular cognitiva y emocionalmente» a los usuarios. «Las familias también participan, pues son quienes están buscando fotos antiguas y otros documentos que después les mostramos a los participantes en el taller», explicaron las terapeutas ocupacionales de la entidad, Sara Ward y Candela Muñiz.

Javier Romero explicó cómo la actividad se basa «en un juego sensorial que trabaja con las emociones del participante en un viaje por la historia de cada persona». Un viaje que comenzaba con el «autorreconocimiento» de cada uno en el que el monitor invitó a los asistentes a retratarse a si mismos con los ojos cerrados y basándose en el tacto de sus rostros.

A continuación, llegó el momento de enfundarse las futuristas gafas y dejarse llevar. «Estoy viendo un prao muy verde, ¡y allí hay un elefante!», exclamó Gloria González, una de las primeras en experimentar la realidad virtual. Eugenio Serrano, por su parte visitó un museo. «Nunca lo había probado antes y me gustó mucho, aunque la verdad es que se hace un poco raro viajar a miles de kilómetros sin moverte de la residencia», reconoció.

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