«No fui llamada a la reunión en la que supuestamente aprobaron mi salida»

«Yo no armé ningún ruido, simplemente comuniqué lo que pasaba a mis superiores», asevera sor Carmen, directora de la residencia

L. RAMOS LLANES.

«Lo estoy pasando fatal con todo esto, pero tengo la conciencia tranquila, pues en los quince años que llevo dirigiendo la residencia nunca nadie me acusó de nada. Quizás me haya equivocado en algo, pero jamás actué de mala fe y todo lo que hice fue buscar siempre lo mejor para los ancianos». Con estas palabras se expresaba ayer la directora del centro de mayores de la Fundación Faustino Sobrino, sor Carmen García, tras tener conocimiento de las graves acusaciones que contra su gestión vertía el actual gerente de la institución llanisca, Daniel Marcilla, en un comunicado.

Unas acusaciones con las que la religiosa discrepó, de la misma forma que tampoco se mostró de acuerdo con la versión ofrecida por el gestor respecto a su despido. «No tiene por qué comunicarme ningún despido, pues en la reunión en que supuestamente se acordó esta medida no estaban todos los patronos. Yo misma no fui convocada a la misma, sino que me enteré cuando vi a la gente salir del encuentro», aseveró a EL COMERCIO.

Tampoco se mostró de acuerdo con las afirmaciones en las que Marcilla la acusaba, junto al párroco de Llanes y a un grupo de trabajadoras, de «montar ruido». Así, aseveró que «yo no armé ningún ruido. Lo único que hice fue comunicar, como corresponde, lo que estaba pasando a mis superiores», indicó, y señaló que en su congregación «están muy disgustadas con todo lo que está pasando».

Respecto a la comida caducada que según el gerente se «estaba dando a los residentes», sor Carmen señaló que «eran productos procedentes de Cruz Roja y el Banco de Alimentos de Asturias y podían consumirse hasta 2017». También quiso aclarar la religiosa el presunto «saqueo de proveedores a la fundación» al aplicar «precios generales entre un 30% y un 150% superiores al de mercado», según Marcilla. «Lo que hacíamos nosotras era adquirir los productos, siempre que podíamos, a empresas locales para dejar el dinero en el concejo y sus alrededores. Lo mismo sucedía con el servicio de lavandería, que quizás era algo más caro, pero quienes lo llevaban siempre funcionaron muy bien y eran de confianza», manifestó.

En relación a la «nefasta organización del trabajo que hacía que las trabajadoras realizaran entre 250 y 450 horas menos al año de lo que marcaba el convenio», Sor Carmen aseveró que «el cómputo se hace a final de año y si algún mes se trabajaba menos porque había más descansos, se compensaba con el siguiente. Las trabajadoras nunca estaban de brazos cruzados», apuntó.

Finalmente, insistió en su intención de huir de toda polémica y aprovechó para agradecer a los vecinos del concejo el apoyo que en los últimos días les mostraron a ella y sus compañeras.

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