«En noviembre se organizaban comidas para llevar al cementerio»

Berto Peña, durante los encuentros del fin de semana en Areñes. /  E. C.
Berto Peña, durante los encuentros del fin de semana en Areñes. / E. C.

El especialista repasó los mitos y creencias acerca de la muerte en la Asturias de antaño durante una charla en las jornacas culturales de Areñes«Halloween no es nada nuevo», aseveró el etnógrafo Berto Peña

ENRIQUE CARBALLEIRA INFIESTO.

Noviembre es el mes de la muerte, un mes en el que se concentran las tradiciones y creencias entorno al paso a la otra vida o al otro nivel de existencia. Una época que coincide igualmente con los cambios estacionales y meteorológicos que nos marcan el carácter y el estado de ánimo. En la sociedad tradicional y en todas las culturas, esta situación estaba mucho más marcada y reflejaba la importancia que la muerte y los difuntos seguían teniendo entre los vivos.

El etnógrafo y especialista Berto Peña, desveló algunas de las tradiciones entorno a este mes de noviembre, o «payares» en llingua asturiana, y cómo enlazan con las de otras culturas, durante la conferencia que ofreció este sábado en los encuentros culturales de la asociación Ágóra en Areñes. En ella dio sentido a la popular frase «salir con los pies por delante», que se utiliza en muchas ocasiones sin conocer su significado último, pues «hace referencia a la creencia de que algunos muertos podían volver a las casas en las que habían habitado». De esta forma, «se tomó la costumbre de sacar al muerto de casa con los pies por delante, porque si se hacía al revés, con la cabeza, este podía ver la puerta al salir y aprender la forma de volver». Y es que, aunque existía un gran respeto por los difuntos, se tenía claro que debían permanecer en los cementerios y no en casa.

En noviembre, «la costumbre apunta a que debemos congraciarnos con los antepasados en un mes en el que todo muere en la naturaleza, para que podamos renacer en primavera». La costumbre de celebrar banquetes en ese día de difuntos viene de muy antiguo, pues se organizaban comidas para llevarlas a los cementerios. «Allí los vivos comían y bebían, pero siempre se dejaba algo para el difunto», indicó.

Existían incluso los magüestos rituales, donde se asaban castañas y siempre quedaba un puñado de ofrenda para el muerto. En algunas zonas de Asturias también se estableció la costumbre de dejar calderos de agua a las puertas de las casas, para las ánimas. Ese respeto y favor hacia los fallecidos también se trasladaba a la casa, donde se dejaba el hogar encendido y el plato puesto en la mesa.

Otra tradición era la de llevar una ternera en el séquito funerario, delante del féretro, el día de un entierro. El conocido «truco o trato» del Halloween, no es novedoso en la tradición asturiana. Según desveló Peña, «existía la costumbre de que los niños saliesen a pedir por las casas disfrazados. Pedían su aguinaldo, que recibían en forma de comida». Era una costumbre de toda la sociedad, que practicaban los niños de familias ricas y los menos pudientes. También era habitual elaborar el denominado «pan de ánimas» que se repartía entre los pobres.

La tradición establecía que los vivos no podían recibir esa comida de manos de los muertos y las ánimas, pues corrían el peligro de convertirse en uno de ellos. Sin embargo no se podía ser descortés: «si un mozo se encontraba por la noche con la Güestia o Santa Compaña, debía llevar un trozo de pan en el bolsillo. Así, cuando le ofreciesen comida se metía el pan en la boca y tenía excusa para no aceptar la ofrenda de las ánimas», explicó el etnógrafo.

Los muertos que se aparecían en la Asturias tradicional solían ser benefactores o protectores, «aunque en algunos casos también podían tener maldad». Estos, los que no eran tan amistosos, podían empezar ocasionando ruidos, pero después afectaban al ganado, provocando enfermedades o abortos, y más tarde afectar directamente a la salud de las personas.

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