Nueva se niega a dejar morir la xíriga

Alumnos, a la izquierda, coordinador y viejos tamargos, a la derecha, en la Casa de Cultura de Nueva. /  J. LL.
Alumnos, a la izquierda, coordinador y viejos tamargos, a la derecha, en la Casa de Cultura de Nueva. / J. LL.

La localidad llanisca acogió un curso al que acudieron 40 alumnos que pudieron conocer las vivencias de tres veteranos tamargos

GUILLERMO FERNÁNDEZ LLANES.

El pasado martes finalizaba en la Casa de la Cultura de Nueva un taller de Xíriga al que una vez por semana, durante el mes de febrero, acudían 40 alumnos. La actividad estuvo coordinada por Tomás Amieva Gómez, quien contó con el apoyo de tres personas de avanzada edad que en algún momento de sus vidas habían trabajado en tejeras castellanas: Pedro Gutiérrez Foyo, Evaristo Concha y Tito Celorio.

La xíriga es una lengua de oficio usada por los tejeros llaniscos durante más de 250 años, desde principios del siglo XVIII hasta la mitad del XX. Quienes la hablaban, abandonaban sus pueblos durante seis meses, de abril a finales de septiembre, para desplazarse a Castilla y Vizcaya con la finalidad de elaborar tejas y ladrillos para un patrón que los contrataba a cambio de un salario.

Realizaban el viaje a pie y durante el trayecto se alimentaban de pan y queso. Llevaban en el petate un saco y una manta para dormir y eran personas de nivel cultural bajo, dentro de un universo completamente masculino. Carecían de preocupaciones religiosas y eran hombres prácticos. Una vez llegaban al centro de trabajo su jornada laboral era de estrella a estrella, desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche. Normalmente, vivían alejados de los núcleos de población y apenas tenían trato y contacto con los lugareños.

Mantener a flote el argot

Bajo esas condiciones, hace casi 70 años que ningún llanisco se desplaza a trabajar a la tejera. De ahí el temor a que se pierda el argot y la importancia de mantenerlo a flote con la celebración de talleres. Los cursos de Nueva estuvieron orientados a fijar el vocabulario y también a escuchar la experiencia de los tamargos que tuvieron que acudir a la tejera. Los veteranos hablaron de cómo era el viaje de ida, del trabajo que realizaban, de las posibles diversiones en los escasos días de descanso, y de la vuelta a casa, con especial incidencia en narrar el recibimiento de la familia y en qué y cómo invertían el dinero. El vocabulario y la construcción de frases se estudió por parcelas: los elementos de la vida campesina, las diferentes partes de una casa, el chigre, las herramientas, los animales, las profesiones y los oficios.

Aquellos hombres y rapaces que iban a pasar seis meses en la tejera se contrabatan el 2 de febrero, festividad de la Virgen de la Candelera en las localidades de Nueva y Posada, y también unos días más tarde, en Santa Dorotea de Balmori. El trabajo que les esperaba era de 17 horas diarias y consistía en cavar barro, mojarlo, batirlo y moldearlo con el fin de hacer tejas y ladrillos para secarlos y cocerlos. Desayunaban sopas de ajo, comían pote de alubias o garbanzos y cenaban olla de patatas.

Entre toda esa miseria y falta de higiene nació la xíriga, que no es un dialecto sino un argot. Una lengua especial, un lenguaje de oficio, con multitud de rasgos fonéticos, gramaticales y lexicales que son explicables a través del bable oriental y el euskera. Es esencialmente oral y carece de cultivo literario. Más que para el ejercicio de una profesión se utilizaba para no ser entendidos por el patrón y los vecinos del lugar donde trabajaban.

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