Treinta años de escuela y pueblo

Los profesores y los alumnos que conforman la escuela de San Roque. /  NEL ACEBAL
Los profesores y los alumnos que conforman la escuela de San Roque. / NEL ACEBAL

Retoman la metodología alejada de los libros, integrada en el entorno y con la participación activa de la familia como principal motivaciónLos centros de Vidiago, San Roque, Pendueles, Cue, Parres y Poo preparan su 'cumple'

LAURA CASTRO LLANES.

La escuela va más allá de empollar la lección o marcar el ejercicio 4 de la página 20 como deberes para casa. O por lo menos así lo entienden en el Colegio Rural Agrupado (CRA) Número 2 de Llanes, que aglutina a las escuelas de Vidigado, San Roque, Pendueles, Cue, Parres y Poo. Se trata de un centro completamente integrado en el entorno que le rodea y que este curso soplará las treinta velas, una por cada año en el que alumnos y profesores han ido construyendo un modelo educativo alejado de los libros y sustentado por las motivaciones de los más pequeños.

Los inicios no fueron fáciles y así lo recuerda uno de sus fundadores y exdirectores. «Los maestros rurales de entonces sabíamos que no podíamos hacer nada solos y por eso decidimos aunar fuerzas», explica Longinos Zarauza Calleja, un ponferradino que no dudó en mudarse a Asturias nada más aprobar las oposiciones. La revolución se coció a fuego lento, empezando por pequeños gestos que bien hacían presagiar la llegada futura del CRA. Comenzaron a desplazarse a las escuelas cercanas para impartir aquellas áreas en las que eran especialistas para que ningún niño del concejo recibiera una formación inferior a la del resto. «Compartíamos nuestros conocimientos y nos rotábamos. Ahora hay profesores formados en áreas específicas, pero el mundo rural de los ochenta era muy diferente», rememora Longinos.

El siguiente movimiento pasaba por reunirse una vez a la semana para compartir las deficiencias educativas a las que se veían obligados a hacer frente en solitario. Y ahí comenzó la revolución menos silenciosa y la que puso de manifiesto que la paciencia de un maestro es casi tan infinita como la imaginación de un niño. «No dejamos de insistir al gobierno de entonces hasta que logramos poner en marcha nuestro proyecto. Partíamos de un precepto básico: que todos los niños, fueran a la escuela rural o a un colegio en la ciudad, pudieran tener las mismas oportunidades. Al principio, dependíamos de programas educativos diferentes, pero luego ya pasamos a ser un colegio como otro cualquiera», explica el ponferradino. Pero nunca fue del todo así, pues la originalidad con la que se creó este colegio llanisco también impregnaba la metodología que pondrían en marcha hace ahora treinta años. El objetivo era alejarse de los libros y enseñar por medio de proyectos que motivaran a los pequeños para aprender. Como el que llevaron a cabo en el aula de Vidiago. «Querían tener un parque de juegos y nosotros les animamos. Medimos la parcela, buscamos los columpios y le hicimos un escrito formal al alcalde», destaca la jefa de estudios del colegio, Mariana García.

Esta arriesgada metodología atrae cada vez a más adeptos, como Lucía Vázquez. Esta joven profesora interina, natural de Gijón, imparte inglés en las aulas de San Roque y Cue y asegura que trabajar en una escuela rural le ha hecho crecer profesionalmente. «En una misma clase tenemos alumnos de distintas edades y niveles. Para nosotros es un reto, pero también es enriquecedor», explica la gijonesa. El sistema 'fuera libros' es algo que ahora el CRA 2 de Llanes, bajo las directrices de Daniel Fernández Montes, ha retomado en todos los colegios que lo integran. «La escuela tiene que estar abierta a la realidad que la rodea, no puede circunscribirse al edificio», considera el director del centro. Con esta premisa logran no solo implicar a los alumnos en su entorno, sino también a sus familias.

Sin barreras

«En otros colegios los padres dejan a sus hijos en la puerta. Aquí esa barrera no existe y niños y adultos se sienten como en casa», señala Daniel Fernández. De hecho, así lo confirman algunos alumnos como Jaime, de diez años. Estudia en el aula de Vidiago y llegó de Madrid este año. «Prefiero este cole porque hay menos compañeros y porque me gusta vivir en el pueblo», explica el pequeño.

Los padres también lo agradecen. «Cuentan con nosotros para todo. Los críos están entusiasmados cuando vamos con ellos al colegio para hacer alguna actividad en grupo», recalca María Luisa Nogales, presidenta de la Asociación de Madres y Padres de este colegio. Ella fue alumna de la escuela de Poo, que ahora forma parte del colegio rural agrupado, y asegura que nunca se planteó la posibilidad de enviar a sus dos hijos, uno de diez años y el otro de seis, a un colegio más grande. «No entiendo que alguien le vea desventajas. Reciben una atención mucho más personalizada y la metodología, aunque al principio pueda asustar, funciona realmente bien. Mis hijos tienen mucha agilidad mental y tienen muy desarrolladas las habilidades sociales», destaca María Luisa.

En busca de peregrinos

Quienes seguro no ven desventajas en el sistema del centro son sus alumnos. Los de Poo disfrutan de una localización geográfica privilegiada, pues el Camino de Santiago pasa justo por delante y eso le ofrece a Daniel un recurso extra fundamental para sus clases de inglés. «Siempre les animo a salir en busca de los peregrinos para que les hagan preguntas acerca de su vida, de dónde vienen y demás. Este mes conocimos a Robert, un profesor canadiense jubilado, que no dudó en unirse a nosotros en el aula para contarnos cosas de su país y de sus exalumnos. Esto es algo muy enriquecedor para los niños que no habrían podido disfrutar si tuviéramos las puertas cerradas», explica Daniel.

Es precisamente ese afán por abrir la escuela el que ha propiciado además que los pueblos se impliquen en la educación de los pequeños. Un claro ejemplo de ello, es que el albergue de peregrinos de Poo les invita a desayunar una vez al año para intercambiar experiencias con los excursionistas y además, este año y con motivo del aniversario del colegio, el gerente les ha cedido una parcela para que los alumnos pongan en marcha su propio huerto escolar.

Esta iniciativa forma parte de la serie de actos de celebración que están organizando y que incluyen entrevistas a antiguos alumnos y profesores, excursiones, juegos y proyectos que desarrollarán a lo largo de este curso. El broche de oro será la comida que disfrutarán en junio a base de los alimentos de su huerto. «La convivencia, compartir y ayudarse unos a otros son algunos de los valores que estamos constantemente reforzando», indica García, para concluir que «somos como una pequeña sociedad volcada en la formación, el crecimiento personal y la educación de nuestros niños».

Fotos

Vídeos