Los últimos de Bulnes

Hortensio Mier, segando en el prau de su casa en el barrio de El Castillo. Su familia aún tiene ganadería.
Hortensio Mier, segando en el prau de su casa en el barrio de El Castillo. Su familia aún tiene ganadería. / NEL ACEBAL

El funicular ha cambiado la vida de un pueblo marcado por su aislamiento y su situación como lugar de paso de caminantes hacia los Picos de Europa. Apenas unos pocos vecinos pasan todo el año en la aldea, por la que pasan miles de turistas

PABLO A. MARÍN ESTRADA

Dieciséis años después de su inauguración, la estación de partida del Funicular de Bulnes en Poncebos sigue impactando visualmente a quien entra en ella. Si nos hubiesen vendado los ojos para abrirlos aquí, nuestra primera impresión sería la de encontrarnos en una estación de metro de cualquier gran urbe. Y la segunda apelaría directamente a nuestra imaginación al saber que el túnel del aparente suburbano discurre 2.227 metros por las entrañas de la Peña Maín (1.605 m. altitud) a una velocidad de 6 metros por segundo, salvando un desnivel de 402 metros con una pendiente del 18,19% y todo ello en un tiempo récord: unos siete minutos.

Guillermina Martínez. La abuela de Bulnes. A sus 99 años es la usuaria más longeva del funicular.

El leve deje madrileño que aún le queda a Lucía Martínez –nueve años trabajando en la terminal de Poncebos– a la hora de dar los buenos días y pedir los billetes a los viajeros en la puerta de uno de los dos vagones que realizan el trayecto, podría seguir induciéndonos al equívoco de que realmente hemos sido introducidos en una estación (de las últimas, tal vez en el extrarradio) del tren suburbano de la capital de España. Pero al saludar a un usuario habitual, un vecino de Bulnes, la revisora cambia al registro de la zona e interesándose por el hijo de alguien dice: «¿Ési no é el más chicu?». Seguramente el deje capitalino que hemos creído percibir en su voz ha sido un producto más de la desconcertante primera impresión. «Soy de Madrid, pero estoy casada con uno de Ruenes (Peñamellera Alta), fue él quien me trajo aquí y en buena hora. Vivimos en Arenas» , cuenta esta enamorada de la montaña («desde niña», matiza) que encontró al cobijo de los Picos de Europa su lugar en el mundo y también un empleo en el funicular. «Todos los que trabajamos aquí somos de Bulnes o de la zona. Fue una de las condiciones que se puso cuando se abrió», explica Pili, empleada también de ALSA (la empresa que gestiona el tren cremallera) y madre de los dos empadronados más jóvenes de Bulnes: Inés, de 8 años, y Martín, de 7. En los dos barrios del lugar cabraliego –La Villa y El Castillo– hay una treintena de vecinos oficiales (34, según el censo de 2011), la mayoría con una residencia repartida entre este pueblo y Arenas, Carreña o Poo. Bulniegos y vecinos del entorno coinciden en señalar que la existencia del funicular favoreció esta ‘bajada’ a los núcleos urbanizados del concejo, aunque en 2001, fecha de inauguración del servicio, la demografía de Bulnes ya había comenzado a dar el saldo negativo de la mayor parte de la Asturias rural desde la década de los sesenta del siglo pasado.

Arriba, asomado al mirador de la salida del tren cremallera, Rufino Campillo, de 80 años, contempla la caída sobre La Canal del Texu por la que ascienden unos cuantos puntos dispersos de colores con paso humano, siguiendo el camino por el que este bulniego se fue hace cinco décadas en busca de un futuro más halagüeño. Hoy vive en Lugones y solo regresa a su pueblo en verano para venir a la casa familiar que rehabilitó y dar un paseín hasta aquí o desde La Villa al Castillo para tomar una caña en alguno de los bares que hay abiertos en ambos barrios. «¿Si cambió la vida el funicular? Hombre, gracias a él puedo venir, si no, imposible, claro. Y bueno ya ves los turistas…», dice, uniendo en su respuesta a quienes tal vez resulten –además de los hosteleros– los mayores beneficiados del funicular: los turistas y los vecinos de mayor edad.

Adolfo Campillo Deportista y hostelero Levanta un albergue con sus propias manos en el pueblo de los suyos

Conduciendo su tractor con remolque, pasa frente al mirador decidido a emprender el descenso por La Canal del Texu Rafael Martínez, de 54 años, uno de los dos únicos ganaderos que aún quedan en Bulnes. Se para a saludar a Rufino y explica que en su día «lo normal é que hubiesen hecho una carretera, que era lo que todos los vecinos queríamos». Ahora habla del funicular sin mucho entusiasmo, aunque tampoco con animadversión, a pesar de que el flujo de visitantes foráneos en ocasiones puede perturbar la tranquilidad de su cabaña de ovejas y cabras: «Aunque está prohibido hay algunos que traen perru y déjanlu sueltu; por lo demás, no tengo ningún problema con la gente que viene… habrá de todo», analiza sonriente, antes de proseguir camino hacia Poncebos.

Desde allí acaban de llegar Ainhoa García e Iván Colás, con sus hijas Susana y Sheila, pamploneses: «Las niñas están acostumbradas a hacer rutas de montaña, luego bajaremos también por el camino», explican. No será la primera familia de visitantes que han optado por subir los 5 kilómetros de la vía tradicional de acceso a Bulnes desde el Puente de La Jaya en Poncebos. De camino al barrio de El Castillo nos encontramos a Luisa Cala y Joaquín Samper, de Manzanares (Ciudad Real), con sus cuatro hijas: Lucía, Eva, Inés y Aitana: tampoco estas pequeñas alpinistas parecen mostrar evidentes signos de fatiga.

Delante de su casa en el Barrio de Arriba, Rosalía Guerra, a sus 80 años, recuerda su vida de pastorina cuando apenas era poco menos ‘chica’ que las niñas a las que acabamos de dejar. Saluda por educación y nos traslada en seguida su escasa simpatía por los informadores: «Estoy harta de que vengan con reportajes: nunca ponen lo que les dije». Y tras mucha insistencia accede a que anotemos eso que nunca ponen que dijo. Son unos versos en los que late la indignación por el desamparo que una gran parte de los vecinos de los Picos de Europa siente como propio ante los ataques a sus ganados de especies como el lobo: «Toda una vida pastora/de cabras, vacas y oveyas,/nací en el pueblo de Bulnes/en esta bonita tierra/rodeada de montañas/y unas hermosas praderas./Y hoy estamos marginados/por el Parque y por las fieras./¡Ecologistas traidores/que no tenéis corazón:/que protegéis a las fieras/y machacáis el pastor!». Escrito queda.

Tras la casa de Rosalía, su marido, Hortensio Mier, de 78 años, roza el prado con la guadaña. Más hablador que su esposa, elude valorar lo que supuso la apertura del funicular para los vecinos que aún viven en Bulnes y evoca los inviernos en los que el pueblo quedaba aislado por la nieve: «Si moría alguien lo teníamos que enterrar entre los vecinos. Le pasó a un tío mío, tenía metralla de la guerra en una pierna y se le gangrenó. Sabía que se iba a morir y él mismo decía: ‘ni médicu, ni cura van venir’. Era una vida muy dura».

De esa vida y del incierto futuro para las generaciones jóvenes huyó hace 30 años Alberto Fernández Mier. Estuvo en Alemania más de una década y después trabajó por media España: el paro le devolvió a Bulnes con la expectativa de abrir el bar que ahora tiene en El Castillo, el Mirador de Lallende, con una terraza llena de turistas que contemplan el barrio de La Villa a lo lejos. Sobre el tren cremallera no alberga ninguna duda: «Sin él no habría puesto el negocio», aunque expresa una queja compartida por otros hosteleros: «El precio es un poco caro».

Desde la terraza del Lallende se ve a una señora limpiando los cristales de una casa rehabilitada. Carmela Sánchez, de 74 años, es madrileña y frecuenta Bulnes desde hace más de cuarenta. Apasionada del montañismo, esta profesora de instituto jubilada encontró aquí su segunda casa. «Sufrí un accidente en Cabrones, fracturé una pierna y entonces no había medios de evacuación. Los vecinos de Bulnes me cuidaron una semana como si fuera de la familia. Yo me siento también una de ellos», rememora agradecida.

En verano el tren cremallera llena Bulnes de visitantes.

La abuela de Bulnes, Guillermina Martínez, sentada al fresco en la terraza del bar familiar, parece más preocupada porque no le pegue el sol y la «ponga mala», como le ocurrió no hace mucho, que de su próximo cumpleaños el 19 de enero. «Si Dios quiere cumpliré los cien», dice sin darle demasiada importancia. El funicular le permite venir desde el piso que comparte con su hijo José Manuel y su familia en Arenas: «No me gusta nada, el pisu es como una cárcel… no es como esto». Sonríe cuando le preguntamos si no se marea en el tren: «Maréome más andando, ahí voy encantada». Casa Guillermina, el bar que abrió con su marido en unos tiempos en que por aquí apenas llegaban unas decenas de montañeros camino del Urriellu o de otras cumbres, sigue siendo, en manos de su hijo, uno de los más frecuentados. Cerca, su nieto Adolfo Campillo, de 22 años, atleta con medallas en su especialidad de correr el kilómetro en vertical, levanta con sus propias manos –y con las de sus amigos Millán y Chucho– un albergue en el que ha puesto todas sus esperanzas de futuro. El suyo está aquí, lo tiene claro: «Si no lo viese no me hubiese metido en ello», asegura, señalando el sitio en el que piensa poner un puesto con bocadillos y refrescos. Como a Alberto, el de Lallende, el funicular ha favorecido su sueño de trabajar en el lugar de sus mayores.

Acaba de llegar un nuevo tren a la terminal y con él Pedro Fernández Gonzalo, don Pedro, el cura que atiende la parroquia de Bulnes desde hace 22 años –con otras catorce del entorno–, viene con unos familiares de visita y recuerda bien cuando subía a pie por La Canal: «No tiene mérito, soy de Arenas», detalla con sorna. Durante todos esos años de ministerio ha visto el despoblamiento progresivo de una parroquia en la que hoy el turismo es lo único que la mantiene con vida. «El éxodo rural ha sido tremendo, como en todas partes». Pronto abandona el tono grave para aprovechar la ocasión de recordar que en unos días, el 5 de agosto, Bulnes celebrará un año más su fiesta de La Virgen de Las Nieves. De nuevo bulniegos repartidos por todo el mundo se reunirán con los que aún siguen aquí para festejar el lazo de vecindad que les une en la tierra de sus mayores. El sentimiento de vecindad, como su devoción por la Señora de Las Nieves, les siguen uniendo cuando hoy vuelven a casa en el funicular.

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