Una vida al servicio de los animales

Una vaca frisona da un 'beso' al veterinario riosellano David Iglesias después de que éste asistiese su parto en Porrúa (Llanes). / NEL ACEBAL

Los veterinarios celebran este miércoles la fiesta de San Francisco, su patrón | Pese a la dureza de su trabajo, y a que éste cada vez escasea más, los albéitares del Oriente insisten en que «ni locos» cambiarían el campo por una clínica en la ciudad

LUCÍA RAMOS LLANES.

Domingo. Cinco de la madrugada. El teléfono suena y David Iglesias, adormilado, responde. Un ganadero de una pequeña aldea de Cabrales le explica que una de sus vacas se puso de parto, pero la cosa se complica. Los animales no entienden de horarios, así que sin perder un momento, el veterinario riosellano se enfunda el pijama de faena, coge el coche y se dirige a la cuadra. Una vez allí, no sin esfuerzo y pese a que en pleno monte no hay análisis, ecógrafos ni quirófanos, el albéitar tira de intuición y experiencia, para salvar tanto a la madre como a la cría. Es solo una de las cientos de 'aventuras' que el profesional vive cada año. Y quien dice David, dice Juan Carlos, César, Sergio o Jaime, porque todos tienen algo en común: son veterinarios rurales.

Ellos, como sus colegas de ciudad, realizan con frecuencia complicadas cirugías, controles de reproducción y un sinfín de actuaciones más. Y lo hacen con muchos menos medios que en las grandes clínicas de las capitales. En el campo, la experiencia, la capacidad de reacción ante imprevistos y la valentía son un grado. «Ante una intervención, por muy complicada que sea, nosotros mismos somos cirujano, enfermero, anestesista y auxiliar. En una situación así no puedes pararte a pensar si te atreves a operar. Simplemente lo haces. O pierdes al animal», explica el cangués César Cifuentes, quien lleva cerca de cuarenta años ejerciendo una profesión que 'mamó' desde pequeño, pues su padre también fue veterinario.

A solo unos días de celebrar la festividad de San Francisco de Asís, su patrón, y desde la perspectiva que da la veteranía, David Iglesias, Juan Carlos Méndez y César Cifuentes echan la vista atrás para atestiguar lo mucho que cambió la vida en el campo y, con ella, su trabajo. «Antes había muchas más explotaciones de menor tamaño y los ganaderos te llamaban para todo, pero ahora hay menos ganaderos con muchas más vacas y la mayoría hacen cursos y se documentan, de forma que son ellos mismos quienes inseminan y medican a los animales ante dolencias leves», explica Iglesias, copropietario de Ivet.

Méndez, veterinario autónomo con un profesional más a su cargo en Piloña, coincide con su colega riosellano y recuerda cómo «antes había mucha más colaboración entre ganaderos. Llegabas de madrugada a asistir un parto y estaba medio pueblo pendiente. Ahora, o los vecinos son ya mayores, o dejaron la ganadería y no quieren saber nada de vacas o jamás tuvieron ganado, y te ves prácticamente solo», lamenta. Cifuentes, por su parte, va mucho más allá y se muestra pesimista acerca del futuro de la profesión a la que dedicó toda una vida. «El día que yo terminé la carrera, ya hice una cesárea. Hoy los jóvenes lo tienen mucho más complicado, hay menos trabajo», señala, y critica que «se está perdiendo el respeto con que se trataba antes a los profesionales».

El precio de un filete

Iglesias, quien también es vocal de Grandes Animales en el Colegio de Veterinarios de Asturias, descarta que los albéitares rurales estén en peligro de extinción, aunque reconoce que «cada vez hay menos, por lo que quienes quedamos nos ocupamos de una mayor extensión de terreno». En total, en la actualidad se calcula que hay en torno a treinta profesionales de este tipo en el Oriente y cerca de 250 en toda la región. «Como los ganaderos, dependemos mucho del precio de la carne y la leche y no nos quedó otro remedio que ir adaptando nuestras tarifas a la situación del campo, pues no puedes cobrar por atender un parto más de lo que cuesta el animal», explica. Y lamenta que «la gente no sea consciente de todo el trabajo y sacrificio que hay detrás de un filete o de un vaso de leche».

Ante este panorama, muchos profesionales optaron por 'renovarse o morir' y, además de introducir, en la medida de lo posible, las nuevas tecnologías en su trabajo, ampliaron su oferta de servicios. «Llevamos a cabo controles de reproducción, análisis de calidad de la leche, chequeos sanguíneos y campañas de prevención para evitar que las enfermedades entren en las explotaciones o, que si ya entraron, se propaguen, y muchas más cosas», enumera Iglesias.

No obstante, y pese a lo duro de su trabajo, todos ellos coinciden en afirmar que «ni locos» cambiarían su vida en el campo por una clínica en la ciudad. «Estamos en contacto con la naturaleza y con muy buena gente, muchos de los cuales terminan siendo casi de la familia, a cuyos hijos ves crecer y con quienes a veces ejerces hasta de psicólogo. Ésta es la vida que elegimos», apostillan.

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