Plácido Arango, un mecenas con arraigo

Plácido Arango, el pasado mes de marzo, en el Museo de Bellas Artes de Asturias.
Plácido Arango, el pasado mes de marzo, en el Museo de Bellas Artes de Asturias. / EFE

Comenzó a comprar arte cuando se casó, para decorar su casa, y con tiempo, criterio y coherencia conformó una de las mejores colecciones privadas de España | La generosidad del filántropo asturmexicano le ha hecho merecedor de la Medalla de Oro de Asturias

M. F. ANTUÑA GIJÓN.

Hay un gesto que define a la perfección quién es Plácido Arango (Tampico, México, 1931) y da cumplida muestra de su inmenso amor al arte y su espíritu de mecenas a la antigua usanza. En 1991 donó al Museo del Prado ochenta grabados de una edición de 1799 de 'Los caprichos' de Goya. Los compró con el fin de regalarlos, de compartirlos con todos los españoles sin esperar nada más a cambio que la propia satisfacción de hacerlo. «A mí me parecía increíble que el museo no tuviera una primera edición, así que cuando tuve la ocasión de adquirirla, sentí el deber moral de donarla», confesaba en una de las escasas entrevistas que ha concedido en su vida.

Ese deber moral para con el arte, para con los suyos, para con sus raíces asturianas, le ha acompañado siempre. Y le ha convertido en el filántropo que es, en presidente del Patronato del Museo del Prado (hoy es patrono de honor), en patrono del Metropolitan de Nueva York, del Reina Sofía, de la Biblioteca Nacional, en académico de Bellas Artes, en presidente de la Fundación Príncipe de Asturias, en un hombre implicado y comprometido que nunca ha olvidado de dónde viene. Por eso su generosidad se ha multiplicado con Asturias, donde nacieron Jerónimo Arango Díaz y María Luisa Arias Fernández, sus padres, que le dieron la vida a él en México e hicieron la suya al otro lado del Atlántico y en cuya memoria realiza Arango su magnífica donación de 32 obras al Museo de Bellas Artes de Asturias.

Tal es su gusto por no figurar, por no hacer ruido, por no pronunciar palabra más allá de alguna que otra obligada por los cargos y sus cargas, que el legado que recibirá a su muerte el museo asturiano tiene tras de sí ese recordatorio a sus padres, a sus orígenes, a esa Asturias que comenzó a amar en la distancia de Norteamerica y que siempre ha estado ahí. Porque la suya es una historia de emigración de ida y vuelta.

Su padre nació en el seno de una familia campesina de Salas con un tío en América que regentaba un almacén en Tampico. Con 14 años cruza el océano y allí acabará casándose con otra asturiana. De ese matrimonio nacen cinco hijos, uno de ellos Plácido, que vio, ya desde el DF, cómo a su familia le iban las cosas bien y lo que empezó siendo una tienda de tejidos se convertía en la fábrica más importante de México. Pese a que nunca se ha considerado «un empresario de raza», la suerte le sonrió en los negocios primero en México, donde fundó junto a sus hermanos la primera cadena de supermercados del país, y luego en España, adonde regresó en 1965 y donde puso en pie la cadena Vips.

Discreción al extremo

No suele hablar Arango. No se prodiga ni en entrevistas ni en actos, pero a finales del pasado año confirmaba a este periódico su inminente donación y explicaba el porqué: «Siempre me he sentido muy asturiano, siempre he estado muy vinculado con Asturias, no solo porque es la tierra de mis padres, sino también a través de la Fundación Príncipe de Asturias. Si había hecho una donación al Museo del Prado, correspondía que hiciera otra donación a la tierra de los míos», dijo entonces.

Y dijo mucho, porque si cuando se formalizó este mismo año la donación se dejó fotografiar en el museo y en una reunión privada con el presidente Javier Fernández, cuando en 2015 cerró su primera dádiva al Prado, el asunto se zanjó con una nota de prensa. No se dejó aplaudir ni en la rueda de prensa en la que se presentó el formidable legado ni en la inauguración de una exposición posterior para presentar algunas de sus 'Inmaculadas'. También rechazó que una sala del museo madrileño llevara su nombre.

Ese es Plácido Arango: discreto al extremo, amable, inteligente, educado y tremendamente modesto al que la vida le puso en la tesitura de atesorar arte hasta lograr conformar una de las mejores colecciones privadas de España. Sustentada en base al criterio, al buen gusto, al empeño de quien disfruta como un niño mirando una obra de arte, fue creciendo y creciendo hasta superar las 300 piezas y un valor inmenso. No ha buscado nunca Arango acumular sin más, más bien al contrario, su colección ha ido trazando un recorrido certero y completo por la historia de la pintura española desde el siglo XV hasta hoy.

Con criterio también hace ya un par de años comenzó a buscar el mejor acomodo a esos amores en forma de tablas, óleos, grabados o esculturas que conserva en Madrid. Como un padre ejemplar que quiere lo mejor para sus hijos, ha buscado para sus obras maestras los mejores destinos: el Museo del Prado y el Bellas Artes de Asturias. Un gesto de amor al arte de quien sabe que ningún alojamiento mejor que un museo para los grandes maestros de la pintura. En 2015 formalizó la donación de 25 obras al Prado y este mismo año hizo lo propio con 32 para el Museo de Bellas Artes de Asturias.

Hace solo unas semanas, el Gobierno asturiano respondió a tal gesto de generosidad con la Medalla de Oro de Asturias que recibirá el 7 de septiembre en el Auditorio de Oviedo. «No hay mayor satisfacción para un coleccionista que ver cómo el fruto de su labor sirve para enriquecer un museo», ha dicho para justificar su decisión de compartir parte de su colección, que comenzó a gestarse de forma casual.

Cuando se casó compró un cuadro para decorar la casa y casi sin darse cuenta, a base del contacto con artistas y galeristas, se metió en un universo que le atrapó y del que ya no pudo salir. A medida que crecía el conocimiento crecía su amor al arte. Por eso no se conformó con aumentar su colección, su implicación fue mayor y le llevó a jugar un papel activo y a veces determinante en grandes museos como el Prado. Porque quienes miran hoy embelesados 'Las Meninas' han de saber que fue él quien, gracias a su empeño, logró en 1984 que John Brealey, jefe del Departamento de Restauración del Metropolitan, se encargara de recuperar toda la belleza de la obra de Velázquez. Aportó, además, financiación para llevarla a cabo.

El Prado y el Bellas Artes

Su pasión por la cultura le ha llevado también a ocupar importantes puestos y obtener destacadas distinciones como la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Gran Orden del Mérito Civil, la Medalla de Oro a las Bellas Artes, el premio Juan Lladó de mecenazgo cultural o la Medalla de Oro del Spanish Institute de Nueva York.

El Prado ha sido uno de los museos de su vida. El otro es el Bellas Artes de Asturias, donde en 2006 se expusieron 25 de las obras de su colección y al que al año siguiente donó una obra de Darío de Regoyos. Aquello fue el germen de la gran donación que Arango pensó de manera meticulosa con el ánimo de completar la colección de la pinacoteca asturiana. Eligió, de acuerdo con el museo en una negociación que se prolongó durante año y medio, una serie de obras maestras que abarcan desde el siglo XV hasta el XX. La más antigua es una tabla del círculo de Diego de Cruz, fechada en 1485; la más moderna, una escultura de Juan Muñoz, de 1992. Entre medias, Zurbarán, Zuloaga, Solana, Juan de Juanes, Juan Pantoja de la Cruz, Rodrigo de Villandrando, Juan Jacinto de Espinosa o Juan Valdés Leal, en lo que a pintura antigua se refiere. Tàpies, Palazuelo, Millares, Canogar, Arroyo y Villalba, entre otros, representando el conjunto contemporáneo del regalo, al que se unen los escultores Juan Muñoz y Cristina Iglesias.

Un lujo que se merece una Medalla de Oro.

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