«Prefiero otro trasplante a que me saquen una muela»

Olga Villa, segunda por la derecha, en la visita a Asturias que realizó el doctor Christian Barnard, artífice del primer trasplante de corazón hace ya cincuenta años. / JESÚS DÍAZ
Olga Villa, segunda por la derecha, en la visita a Asturias que realizó el doctor Christian Barnard, artífice del primer trasplante de corazón hace ya cincuenta años. / JESÚS DÍAZ

La langreana Olga Villa fue, en abril de 1998, la primera asturiana sometida a una intervención de cambio de corazón

CH. TUYA / L. FONSECA GIJÓN.

En septiembre de 1997, Olga Villa (Langreo, 1932) acababa de llegar a Oviedo tras unas vacaciones en Puerto Rico. «Tenía allí familia». Volvía de la compra y, al subir a su piso, un cuarto sin ascensor, se sintió mal. «Me empezó a doler la zona de la boca del estómago. No me encontraba nada bien». No obstante, siguió con su rutina habitual. «Hice la casa, la comida, pero de noche ya no me podía acostar». El dolor de estómago, para el que había tomado almax, era en realidad un infarto. «Le quedó solo una capacidad cardiaca del 21%», explica su hija Pilar Álvarez.

A partir de ahí, la activa mujer de 65 años que era en ese momento, viuda desde los 48, madre de cuatro hijos (Olga Marina, José Ángel, Francisco Javier y Pilar) y abuela de cuatro nietos (Marina, Ángel, Adrián y Aldara) -«Aldara es campeona de España en lanzamiento de peso. Ahora somos más, tengo una bisnietina de dos meses, Carmen»-, aquella mujer que nunca fumó ni bebió ni tenía, que supiera, problemas cardiacos, se convirtió en «una muerta en vida. No podía caminar. Me costaba ir de la cama al sofá. Cada dos por tres estaba en urgencias».

Por eso, sus hijos decidieron acudir a una consulta privada, la del cardiólogo avilesino Gerardo Casares. «Le hizo todo tipo de pruebas y fue muy claro: si no se trasplanta, tiene seis meses de vida». En aquel momento, hace dos décadas, en Asturias no se trasplantaban corazones. El Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) empezaba a soñar con hacerlo. «Casares nos entregó todo el estudio para que se lo lleváramos a Lambert, porque él estaba convencido de que mi madre, pese a estar en el límite de edad, sí era candidata a trasplantar».

Y el equipo de Cardiología de Oviedo, encabezado por José Luis Lambert y José Luis Valle «estuvo de acuerdo. Nos hicieron un montón de pruebas a toda la familia», recuerda Pilar. «A mí me preguntó una psicóloga quién había descubierto América y en qué año. Casi me muero de risa», confiesa Olga, aunque lo de la risa es su estado natural. «Cuando desperté en la UCI tras el trasplante, lo hice cantando».

«Estaba en el bingo»

Y no exagera. La llamada del HUCA la pilló en el bingo. «Me gusta mucho e iba con una amiga. De repente, empezó a pitar el cacharro que me habían dado en el hospital cuando me incluyeron en la lista de trasplantes. Yo no sabía qué hacer con él. Porque de aquella no había ni móviles». Algo que recuerda muy bien su hija Pilar. «Era Sábado Santo, nosotros estábamos en San Sebastián cuando nos llamó mi hermano. Que a mamá la operaban ya. Cuando llegamos ya estaba en el quirófano».

Uno al que Olga llegó en taxi, con su amiga sacando un pañuelo blanco «como en las películas, no pasé ni por casa. Llegué al hospital y les dije: que me pita este aparato. Y para dentro. No llegué a ver a nadie». Ella tenía claro que «no iba a pasarme nada. Lo malo ya me estaba pasando, que no podía vivir. De allí solo podía salir mejor».

Y así fue. «Las enfermeras nos dijeron que estaba cantando», confirma la hija, y Olga insiste: «Es que me sentía tan bien, tan bien que solo podía cantar». A pesar de estar llena de cables y de tubos, ella ya sabía «que todo estaba bien. Es que pasar de tener un 21% de capacidad a tener un corazón nuevo es impresionante». Tanto que, en quince días, «ya me fui a casa». Ya no a Oviedo, «porque la casa estaba en un cuarto sin ascensor», sino a Candás, a vivir con su hija Pilar.

Una nueva vida marcada por el protocolo de todo trasplante de corazón. «Todo tiene que estar muy limpio y desinfectado. La comida del mediodía, por ejemplo, no la puedo guardar para la cena. Si abro una botella de leche, es para consumir en el acto. Tengo que evitar cualquier tipo de infección o bacteria. Pero, del trasplante no me quejo. Prefiero otro a que me saquen una muela, con eso lo digo todo».

«Quiero quitar las cataratas»

Y con esa idea lleva veinte años. Los que cumplirá en abril su nuevo corazón y por lo que participará en un acto de celebración de los veinte años de esta técnica que el HUCA llevará a cabo el próximo día 8. «Estoy muy agradecida al equipo del doctor Lambert». No lo dice por decir, «tiene una foto de él, con todos nosotros, en su mesita de noche», confiesa la hija. «Es que solo puedo decir cosas buenas de él, de María José Bernardo, del doctor Valle, de la doctora Molina».

Ahora espera «quitarme las cataratas». Pero, mientras llega la cita, sigue acudiendo al bingo. «Voy porque me lo paso muy bien, porque el premio gordo a mí ya me llegó aquel sábado de abril de 1998».

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