Puestos a reclamarle a Fernández

Ana Emilia Ordóñez y Ricardo del Río, ofreciendo un botellín de sidra al presidente y los consejeros a cambio de que señalicen el museo naveto. / PABLO NOSTI

El paseo del jefe del Ejecutivo concluye con la promesa de señalizar el Museo de la Sidra y un recuerdo a los años de la emigración en Alemania | Artesanos y vendedores aprovechan la visita del presidente para hacerle peticiones

RAMÓN MUÑIZ LLANERA.

Lleva abierto desde 1996 pero el Museo de la Sidra de Nava sigue sin señales que orienten a los conductores. Algo que ayer, con un botellín y una sonrisa, Ana Emilia Ordóñez supo arreglar. En cuanto divisó al presidente autonómico Javier Fernández aproximarse a su puesto de sidra La Naveta, le extendió un botellín de sus caldos y le abordó con la cuestión. «No se olvide de nosotros, que llevamos veintiún años con el tema; que yo no tengo sidrería pero es ya una cuestión de orgullo, hombre. Que han pasado por el gobierno todos, el PP y ustedes, y la cosa sigue igual». Rápido, el consejero de Educación, Cultura y Deporte, Genaro Alonso, trató de salvarle el trago a su jefe: «De eso me encargo yo; póngame un plazo». Ella resuelta, no se amilanó. «¿Quién es usted? Mire, estoy dispuesta a pagar la señal y pagarle a usted y su familia toda la sidra que beban en Navidad si lo logra para Nochevieja».

El trato quedó sellado como se sellan las cosas en un mercáu tradicional. Con un brindis y sonrisa que muevan el negocio. El presidente quiere manejar 3.939 millones de presupuesto el próximo curso, una bolsa demasiado atractiva como para que su visita ayer a Llanera, acompañado del alcalde, Gerardo Sanz, y los consejeros de Educación (Genaro Alonso), además de la de Derechos y Servicios Sociales (Pilar Varela), no fuera un constante tropezar con peticiones.

María José González y Jorge Luis Pérez, por ejemplo, atienden una mesa y un parasol, todo para repartir folletos y explicar el trabajo de 'Llanera sin fronteras'. Al llegar a su altura «pudimos explicarle que queremos superar las barreras que sufren los discapacitados físicos, y él nos contó que el jueves, al dar una medalla a una persona en silla de ruedas, se encontraron con el problema de que no sabían cómo subirle al estrado», relata ella. «Nos dijo que nuestro proyecto estaba bien, pero poco más», dejaban caer.

Si Fernández se interesaba por los ropajes de Isabel Carrero, ayer caracterizada de mujer medieval, ésta hacía lo que había venido a hacer: le informaba de la fiesta de los Exconxuraos, con la que el concejo recuerda cómo, hacia el año 1408, los vecinos se rebelaron contra el señorío de Oviedo, fueron excomulgados y, para ganarse el perdón, caminaron haciendo penitencia hacia la capital. «Hablamos de ello, pero me dijo que ya sabía él de qué iba el tema», refiere Carrero, tras observar cómo presidente, consejero y alcalde jugueteaban con las espadas del puesto.

Para que las transacciones avancen no pueden librarse con descaro, hay que envolverlas de un punto de educación y cariño a la otra parte. Es lo que puso la confitera Pilar Fernández, que endulzó el camino presidencial evocando sus peripecias como emigrante en Alemania: «Estábamos en la zona de Düsseldorf pero tuvimos que venirnos porque un tío enfermó; fuimos socialistas en Alemania, y cuando Felipe González visitó Stuttgart bailamos el pericote con él». Fernández se interesó por la historia y comentó que le trasladaría el asunto al expresidente del país. «Aunque creo que no se acordará de cómo se baila el pericote», aventuró él.

Tras una hora de gaitas y chanzas, el presidente pudo marchar, con un queso gamonéu como botín y una idea más próxima de lo que se pide por los puestos.

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