Una «sencilla maquinita» de 70 euros permite certificar si la muerte es real

El electrocardiografo sí verifica que el corazón paró. El retraso en el traslado al hospital corre riesgo de crear secuelas

INÉS GALLASTEGUI BILBAO.

Todo apunta a que la sobredosis de Gonzalo Montoya enmascaró sus signos vitales. Estaba inconsciente, frío y azul. Lo suyo se ha descrito de catalepsia, diagnóstico que genera dudas. «Hoy no se usa ese término porque no tiene sentido hablar de 'muerte aparente': o se está muerto o no se está muerto, y se puede averiguar con una sencilla maquinita que lleva cualquier ambulancia», aclara el neurólogo Jesús Ruiz, del Hospital Virgen de las Nieves de Granada. Un electrocardiógrafo portátil se puede comprar por internet desde 70 euros.

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¿Cómo se sabe que una persona ha fallecido? En el siglo XVIII, el anatomista francés François Bichat estableció que la vida está basada en tres funciones básicas: la cardio-circulatoria, la respiratoria y la nerviosa.

Si los pulmones no purifican la sangre o el corazón no bombea para llevar el oxígeno y los alimentos a las células, los órganos y los tejidos mueren. Y si el cerebro no regula todo el proceso, tampoco sirve un funcionamiento anárquico de las otras dos funciones. «Por eso las personas con graves lesiones cerebrales necesitan a veces respiración asistida», explica José Antonio Lorente, catedrático de Medicina Legal y Forense en la Universidad de Granada.

Desde el siglo XIX, para certificar una muerte el médico debe determinar el cese irreversible de las funciones vitales y la presencia de «fenómenos cadavéricos», como la palidez, el enfriamiento y la rigidez, que comienzan a aparecer entre una y cuatro horas después del óbito.

«En caso de duda -puntualiza el forense- procede usar todos los medios necesarios para determinar que de modo objetivo y seguro falla en una persona al menos uno de los signos vitales». Tomar el pulso no basta. «Un pulso débil puede ser indetectable. El hecho de no detectar el pulso no da un diagnóstico de certeza de que el corazón esté parado», advierte el neurólogo Jaime Padilla. Un fonendoscopio o la auscultación básica no dan la seguridad de que una persona haya fallecido; un electrocardiograma o un electroencefalograma, sí.

«Lo grave de estos casos de muerte aparente -concluye Lorente- no es que una persona parezca muerta, se le dé por tal y luego se recupere, sino que por haberla dado por muerta no se le practicasen medidas inmediatas de reanimación y muera o se recupere con graves secuelas».

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