Grado, villa y mercado

Los vendedores jóvenes ganan en optimismo a los más veteranos

Vista general de los puestos del mercado de Grado./Álex Piña
Vista general de los puestos del mercado de Grado. / Álex Piña
PAULA CARRELOGrado

Dicen que ‘lo que pasa en las Vegas, se queda en las Vegas’ y en las calles de Grado se oye decir que «en el mercado pasa de todo». La icónica estatua de La Muyerina –reconocimiento a las vendedoras del propio mercado– es testigo de ello. Guarda la plaza General Ponte, la que se convierte en núcleo neurálgico de la villa todos los miércoles y domingos, los días de mercao. Cada uno con públicos totalmente distintos: los miércoles es más local, con gente de los pueblos del concejo, mientras que los domingos las tiendas permanecen abiertas y el público es más generalizado. Locales comerciales y puestos se complementan desde el parque San Antonio hasta la calle Cimadevilla, en un recorrido paralelo al del primitivo Camino de Santiago, «el otro principal atractivo turístico de Grado». Lo afirma Cristina Huerta, concejala de Turismo y Cooperación, también organizadora del Mercado Especial del Mundo junto a Beatriz Canitrot. En este proyecto solidario participan ONGs e inmigrantes que destinan lo ganado a buenas causas en sus países. Con casi 30 puestos, la pionera iniciativa es una de las actividades complementarias que acompañan al mercado dominical varias veces al año, entre ellos los ‘mercadones’, ferias y certámenes gastronómicos y de artesanía.

En un día normal, según los registros de la oficina municipal de consumo, se instalan unos 120 puestos que ocupan todo el espacio disponible, de los cuales alrededor de 40 son de alimentación: verduras, hortalizas, pan de escanda, embutidos... También miel, como la que venía buscando Jacqueline desde Bournemouth, localidad del sur de Inglaterra. Le acompaña Frankie Sikes, un londinense enamorado de Asturias en general y de Laviana en particular, que se dedica a enseñar Somiedo a otros ingleses. Aprovechan el viaje de ida para visitar el mercado mientras ella ya planea volver el próximo miércoles, destacando sobre todo «los buenos medios y vías de comunicación». Tal vez antes prueben el afuega’l pitu de Ca’Sanchu, uno de los quesos típicos que Marta Fernández y Xel Díaz hacen en Ambás. Ella era ingeniera forestal y él músico, pero hace siete años lo dejaron todo para ponerse al frente de la quesería de la familia de Marta, que ya contaba de aquella con una trayectoria de cuarenta años. La pareja ha logrado continuar y hacer del negocio su medio de vida, repartiendo quesos por los concejos limítrofes y vendiéndolos en un mercado que «normalmente funciona genial, y eso que se ha notado la crisis». Lo que Xel lamenta es que el público, en general, todavía sea «bastante mayor» y que «los jóvenes no sepan comer bien. Esta misma mañana se acercaron al puesto unos críos comiendo chucherías y preguntaron si el queso era pato», cuenta sorprendido. A pesar de la anécdota, este quesero de segunda generación se muestra muy ilusionado con el ambiente del mercado.

Arriba, Xel Díaz (Quesería Ca' Sanchu) y Cristina Calvo (Tienda Sivana). Abajo, el puesto de Joaquín Fernández en la calle Marqueses Vega de Anzo. / Álex Piña

Igualmente optimista es Cristina Calvo, del establecimiento Sivana. Ella ya compraba fabes en el «animado» mercado antes de trabajar como dependienta en la villa. Ahora, tras dos años detrás del mostrador, es consciente de que «aunque ha habido una racha tremenda de cierres, la gente joven lo intenta y necesita apoyo». Por ejemplo del Ayuntamiento, que «debería hablar con los comerciantes y fomentar más buenas iniciativas como el concurso de pinchos». Probablemente ese sería el modo de atraer a un mayor número de personas, de esas que buscan un plan dominical alternativo al sofá: ir hasta Grado, dar una vuelta, comprar un pan o unos chorizos, quizás unas zapatillas, tomar algo tranquilamente, comer tal vez...

«El mercado es el verdadero motor de Grado»

De la hora del vermú sabe mucho María José Omaña, propietaria del centenario Café Exprés, situado en pleno eje comercial, frente al parque. Este popular establecimiento se vincula con los premios Moscón de Oro y, cómo no, con el propio mercado, por su antigüedad. «Es lo que tiene ser muy viejo». María José lo define como «una prolongación de la salita de casa» en la que los domingos los clientes habituales se mezclan con los visitantes para disfrutar, por ejemplo, de sus representativos calamares. «El mercado es el verdadero motor de Grado», recalca.

Por el contrario, los vendedores de productos de la huerta, los más veteranos, son también los que más negro ven el futuro. «La gente trabaja menos la tierra, ya no es rentable, y no hay relevo generacional. Esto pronto se terminará», lamenta Joaquín Fernández, uno de los habituales en domingo que se toma la venta más como afición que como vía de sustento. Toda su producción es propia, repartida y cultivada con sus hermanos en el pueblo de Cueto. Pronto se retirará, sin sucesor en el puesto, después de muchos años. Joaquín ya andaba por aquí siendo un niño porque sus padres también «bajaban a vender a la plaza, con el carro y el burro». Y es que el mercado «es una cosa que se te pega». Algo parecido les debió de pasar a los moscones Pepín Fernández, César Rodríguez y Ramón Areces, que con lo aprendido en casa y lo practicado en América, fueron pioneros en España con el modelo de grandes almacenes al fundar Galerías Preciados y El Corte Inglés. Una clara mímesis del gran centro comercial al aire libre que es el mercado de su villa natal. La historia no se queda ahí, pues el origen de los mercados se remonta casi ocho siglos, a la misma fundación de la puebla de Grado por Alfonso X El Sabio en 1256. Muchas deben ser entonces las historias de mercados que callan las calles de la villa, bautizados como «la despensa de Oviedo» por las gentes de la capital a principios del siglo pasado, según relataba en su tiempo el escritor y cronista Álvaro Fernández-Miranda.

«Nada de regateos»

A día de hoy la comparación se actualiza y llega hasta Wall Street, donde –al igual que en Grado– los precios suben y bajan por la oferta y la demanda, y hay una gran competencia entre los distintos puestos. Es la lucha por hacerse con el mercado. Pero «nada de regateos», dice Conchi Osorio. Ella también es experta en esto de vender: lleva más de treinta años con su puesto de ropa en los mercados de Avilés, Llanes, Luanco, Luarca y Grado. «Aquí te puedes encontrar a gente de todo tipo y de todas partes. Hasta los hay que siguen regateando, les tengo que echar para atrás».

Después de todo, el mercado no deja de ser un binomio de tradición y actualidad, de calidad y sencillez. Un signo de identidad de la villa, como el desaparecido Maijeco o aquel dicho sobre ‘las pitas de Grao’. Un lugar al que volver cualquier domingo del año, que ya habrá tiempo para descansar el lunes.

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