«Solo mojaba los pies», dice uno de los multados por bañarse con bandera roja

«Solo mojaba los pies», dice uno de los multados por bañarse con bandera roja

«Había veinte personas haciendo lo mismo y me sancionaron a mí; no volveré a Gijón», afirma tras recibir 502 euros de castigo

R. MUÑIZ GIJÓN.

Vino desde otra región a pasar el fin de semana, con unos amigos, y se encontró con un día de sol difícil de desaprovechar. Tras una buena comida, acudió, como tantas veces, a la gijonesa playa de San Lorenzo. Cuando salió de ella, llevaba dos recibos entregados por un policía local. Le denunciaba por «no observar las indicaciones y señalizaciones sobre las condiciones y lugares de baño» y por «falta de respeto y consideración cuyo destinatario sea un miembro de las fuerzas y cuerpos de seguridad». En total, 200 y 302 euros por un castigo que, legalmente, todavía pudo ser peor.

La ordenanza gijonesa prescribe multas de entre 100 y 750 euros a quien ignore el paño rojo. En Villaviciosa, Gozón y Ribadesella el umbral oscila desde los 600 a los 1.500 euros, mientras en Castrillón y Cudillero, si se une un menosprecio a la autoridad, la cosa alcanza los 3.000 euros.

El sancionado conoce el debate sobre el respeto a la bandera roja, pero niega los hechos que le imputan y concluye: «Con el pronto pago gasté 250 euros por mojar los pies unos minutos; nunca más iré a pasar un día a Gijón, lo tengo claro».

«Es verdad que no vi la bandera, solo que había entre quince y veinte personas en esa zona» | «Con todo el respeto dije que no creía que fuera para tanto, que nadie había muerto ni se accidentó»

No quiere que su nombre aparezca aquí, «no vaya a ser que tenga algún tipo de represalia». Pero la indignación le hace mostrar los boletines de denuncia y dar su versión: «He pagado porque el abogado me dijo que tenía pocas posibilidades, pero lo que aquí pone es falso; a mí se me multa y a la veintena de personas que hacían lo mismo que yo no. La única diferencia es que yo expresé mi opinión y eso no creo que deba ser sancionable».

No iba a contar su historia, pero leer estos días a los concejales, jefes de salvamento y socorristas reivindicando la bondad de este tipo de sanciones le terminó de convencer de que «hay otra parte de la historia que también se debería tener en cuenta».

El fin de semana pasado, con buen tiempo y una resaca muy peligrosa, los agentes de Gijón pusieron dos multas por hacer caso omiso a la bandera roja. Cualquiera pensaría que tras ese dato hay casos extremos de insubordinación y riesgo. La versión que cuenta este ciudadano no encaja con ese perfil. Según su relato, cuando llegó al arenal no se percató del color de la bandera. «Es verdad que se me escapó, solo vi que había entre quince y veinte personas, en los primeros metros del agua, y me puse como ellos, a mojar los pies. El agua no me llegaba ni a la rodilla», recalca.

Este exvecino de Gijón asegura que, en un momento, el socorrista comenzó a tirar de silbato para tratar de sacar a la gente del agua. «Vino muy vehemente y le expliqué, con todo el respeto, que no creía que fuera un gran problema estar así. Le razoné que si tengo menos del 20% del cuerpo en el agua, muy difícilmente creo que me pueda arrastrar la marea».

Le esperaba un policía

Su sorpresa fue comprobar cómo al salir del agua tenía a un auxiliar de policía listo para recriminarle haber incumplido la normativa de baño. «Intenté explicarle que creía que no la incumplía, porque yo no me bañaba, solo me estaba mojando los pies». El funcionario le advirtió de que podía llevarse una multa. «Con todo el respeto le dije que no creía que fuera para tanto, nadie había muerto, no había ningún accidentado, solo me mojé los pies, como otra veintena de personas».

La discusión se torció y al final llegó el policía, con autoridad para formalizar las dos denuncias. En la del menosprecio dejó escrito lo siguiente: el ciudadano le dio «palmadas en la espalda diciéndome que ya hablaríamos en otro momento cuando no esté de uniforme». El turista niega apesadumbrado. «Lo entendieron todo mal, sí le di una palmada pero diciéndole que si esto ocurre fuera del trabajo y lo hablamos lo entendería perfectamente, lo que pasa es que estaba en su puesto de trabajo y por eso no lo entendió igual».

Dice que se siente «indefenso» y lamenta: «Los modos y las maneras del personal público con quien traté no fueron los adecuados en ningún momento, puesto que entendieron las cosas a su manera, pusieron en mi boca palabras que no dije y se condujeron siempre con prepotencia», protesta.

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