Temporal en Asturias | «Aquí no llega ni la quitanieves»

AS-15. Francisco García, cartero, espera a que pase la quitanieves para repartir el correo. / DAMIÁN ARIENZA

Sin luz desde por la mañana, panaderos, estanqueros, carteros y mineros de Degaña hacen lo imposible por poder realizar sus trabajos

EUGENIA GARCÍA DEGAÑA.

Cangas del Narcea amaneció sin luz por la nevada. El Alimerka contiguo al hotel Estadio de El Molinón no pudo abrir hasta mediodía, y en la oficina de Correos la falta de electricidad hizo imposible que Francisco García, cartero de Degaña desde hace doce años, metiese los certificados en el sistema informático a su hora habitual. Comenzó los 108 kilómetros que recorre a diario desde Larón a Tablado, pasando por Carredo, sesenta minutos más tarde de lo que acostumbra. «La quitanieves no llega hasta aquí, no pasa por los pueblos alejados de la carretera y el interior está intransitable, así que veo difícil entregarlo todo», comentaba poco después de las diez de la mañana, pasado el túnel de Rañadoiro, con el coche aún cargado de cartas y paquetes.

A medida que ascendía por la AS- 15, el paisaje se hacía cada vez más níveo, con ese silencio sepulcral de la montaña en invierno solo interrumpido de vez en cuando por el trasiego de la quitanieves o el sonido de los residentes del concejo haciendo vida casi normal (aunque parezca difícil) a ambos lados de la carretera. Sorprende el sosiego con el que reciben un temporal como hacía años que no veían. Vacunados por cientos de nevadas, salían de sus casas a echar la ceniza de la cocina de carbón, a pedir al alcalde que la pala despejara su puerta o a buscar como calentarse. «Voy a por la estufa del vecino porque ya no tengo calefacción», aclaraba Jesús Rodríguez, semienterrado en más de cuarenta centímetros de nieve.

«Antes caía mucho más»

En la panadería Caneiro, en Degaña, llevan más de 54 años haciendo pan y no se amedrentan por «un poco» de nieve, dicen. «Antes caía muchísimo más, últimamente estamos acostumbrados a lo bueno», afirma Ramira Menéndez, que estuvo al frente muchos años. Ahora regenta la tahona Rosa María Ruiz. «El horno es de leña, y para las magdalenas nos arreglamos con un generador», explica, manos en la masa. Madrugadora como todo buen panadero, da la hora exacta a la que se fue la luz: «A las cinco y media de la mañana». Rosa cree que «igual hace cinco años que no nevaba así». «Pero el pan -decía- lo repartimos igual».

Algo más arriba, en Cerredo, el bar-estanco Casa Paco se mantenía abierto gracias a otro generador, un bien muy preciado en momentos así. Eso lo convierte casi en lugar de peregrinaje para los vecinos de la zona. En este chigre de más de cien años, desde bien temprano Feli Pérez y su marido despachan velas, linternas o pilas para radios que llevan décadas sin trabajar. Mientras, los parroquianos actualizaban el parte de incidencias vía WhatsApp -«cortado el peaje de Caldas de Luna»- o comentaban que «lo que peor se lleva es la falta de electricidad». «La nieve no importa mucho, pero tienen que arreglar la luz pronto», opina Feli detrás de la barra. «Antes veíamos nevadas así todos los años, pero nos estamos desacostumbrando».

Sin clase, pero a la mina

En el estanco también estaba Rosa Peña, maestra de 5º y 6º de Primaria que coincidía en que «el único problema es la falta de luz». Ella es de Mieres, lo que la convierte en una de las pocas 'foriatas' del área. «Escogí venir aquí y estoy muy contenta, aunque hoy tengamos que comer frío porque tenemos vitrocerámica», reía. Por la mañana, los profesores y los padres de los ochenta alumnos del colegio de Cerredo recibieron el mensaje que avisaba de la cancelación de las clases. A juzgar por lo bien que lo pasaba Diego, de 7 años, tirándole bolas de nieve a su padre, a los niños no pareció importarles. «El año pasado no nevó nada, y el anterior muy poco», lamenta el pequeño. En esta zona en la que ayer había más un metro de nieve, añadía Moisés Díaz, agradecen nevadas así: «Había una sequía tremenda, en 2017 casi quedamos sin agua, y eso aquí arriba es rarísimo».

Los pequeños se libraron del colegio, pero los mineros José Antonio Morera y Rubén Torres tuvieron que ir al tajo. Subían la pendiente con una fuerte ventisca para entrar en el turno de las tres. «Estamos aguantando lo que hay, porque no sabemos lo que puede pasar. Hace quince años éramos más de seiscientos, y hoy quedaremos 180», aseveran. Aún más arriba, la nieve hacía intransitable la carretera hacia Leitariegos. «Mientras la mina siga abierta, llueva o nieve, los mineros tenemos que ir a trabajar».

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