«Trabajar en la Antártida es una aventura total»

A la izquierda, Susana Fernández, en la Antártida, adonde volverá en enero por cuarta vez, como Jesús Ruiz. Para Cristina García (arriba) será, en cambio, la primera campaña. Abajo, la nueva base española (los grandes bloques rojos), junto a los antiguos módulos que serán retirados. / E. C. / PIÑA
A la izquierda, Susana Fernández, en la Antártida, adonde volverá en enero por cuarta vez, como Jesús Ruiz. Para Cristina García (arriba) será, en cambio, la primera campaña. Abajo, la nueva base española (los grandes bloques rojos), junto a los antiguos módulos que serán retirados. / E. C. / PIÑA

Tres investigadores de la Universidad de Oviedo estrenarán en 2018 la nueva base española en el continente helado | Estudiarán el retroceso de los glaciares y la evolución de la temperatura en el permafrost en intensas jornadas de trabajo con noches de cuatro horas

LAURA MAYORDOMO OVIEDO.

La jornada laboral en la base antártica española Juan Carlos I comienza a las ocho de la mañana. No lo hace con las primeras luces del día porque el verano antártico, que va desde finales de diciembre hasta marzo, cuando los investigadores españoles se instalan en el continente helado, apenas tiene cuatro horas de oscuridad, «y no total». Por delante, éstos pueden tener hasta doce horas de trabajo de campo. Se trata de sacar el máximo rendimiento al mes o mes y medio que pasarán allí. La próxima campaña antártica, la que comienza en enero de 2018, lo harán con mayores comodidades. Eso sí, bajo techo, porque fuera seguirán afrontando temperaturas en torno a los cero grados y, lo peor de todo, un fuerte y constante viento que les puede provocar quemaduras por frío e hipotermias. De ahí la necesidad de ir siempre bien protegidos, con varias capas de ropa, la cabeza cubierta, gafas de sol y bien untados de protección solar.

En la base, sin embargo, se encontrarán importantes novedades. Porque las antiguas instalaciones de la isla de Livingston que España venía utilizando desde 1998 -varios barracones «muy en precario»- dejarán paso a una moderna base en la que el Ministerio de Economía y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) han invertido 16 millones de euros. Construida en forma de aspa, tiene 2.000 metros cuadrados habitables, 600 de laboratorios, 1.500 de almacenamiento, y capacidad para 52 personas por módulo. También gimnasio y baños unisex.

En el reducido y exclusivo grupo de investigadores -serán 122- que usarán la base española para desarrollar dieciséis proyectos enfocados a entender el cambio climático y sus consecuencias, habrá tres asturianos. La profesora del Departamento de Geología Susana Fernández Menéndez será la primera en llegar. Lo hará el 11 de enero de la mano del proyecto 'Permasnow', que estudia «cómo evoluciona la temperatura del aire y su influencia en la cubierta nival y la temperatura del suelo», en el permafrost, ese 2% del territorio que, en el verano antártico, queda al descubierto y que no es otra cosa que tierra y roca heladas. Su primera estancia en la Antártida fue en 2009, cuando empezaron con los sondeos térmicos en diferentes emplazamientos de las islas Decepción y Livingston. Fernández estima necesarios, como mínimo, otros diez años de muestreos para «poder hablar de tendencia y llegar a alguna conclusión».

Con tres campañas a sus espaldas, cuenta que «desde el punto de vista físico, la experiencia es muy dura. Allí comodidades, ninguna. Pero te adaptas». Se siente afortunada. En la Antártida, «el auténtico paraíso», lo que más le llama la atención es el silencio. «Allí solo oyes el crepitar de los glaciares y el respirar de las ballenas. Es muy emocionante».

Jesús Ruiz y Cristina García, profesor e investigadora del Departamento de Geografía de la Universidad de Oviedo respectivamente, pasarán en la base Juan Carlos I desde el 31 de enero hasta el 7 de marzo. Su proyecto, dirigido por Jesús Ruiz, se llama 'Cronoantar' e implica a personal de otras tres universidades españolas y una escocesa. Ellos se encargarán de estudiar el retroceso de los glaciares en cuatro puntos de las islas Shetland, ubicadas al norte de la península antártica para tratar de fechar el proceso de deglaciación. Es decir, desde cuándo se está produciendo la retirada de hielo y a qué ritmo en esas zonas concretas. «Nuestros estudios pueden interesar al resto de investigadores que están allí. La colonización de plantas y animales de todas esas áreas está directamente relacionada con el retroceso del glaciar», expone Ruiz.

Formación obligatoria

Cristina García está expectante ante el que es su primer viaje a la Antártida para el que, como el resto de compañeros, ha tenido que pasar previamente un curso obligatorio de tres días de formación y un exhaustivo reconocimiento médico y psicológico. «Desde el punto de vista profesional resulta muy interesante trabajar en una zona que, aunque parezca una paradoja, es un punto de caliente desde el punto de vista científico», asegura. «Como geógrafo supone estar en contacto con una geografía muy viva. Aquí, cuando vas a los Picos de Europa, ves los restos de una actividad glaciar remota. En cambio allí ves los glaciares, cómo se comportan, cómo están retrocediendo y se están descubriendo nuevos paisajes. Poder trabajar allí es una aventura». «Una aventura total», refrenda Jesús Ruiz, que afronta su cuarta campaña antártica con una mezcla de satisfacción -«porque no todo el mundo puede ir. Lo hacen muy pocas personas, unas tres mil o cuatro mil de todo el mundo cada año»- y responsabilidad «porque voy representando a un país y a hacer investigación de calidad».

Un trabajo que deberá compaginar en algún momento con las tareas domésticas para el mantenimiento de la base. Es algo que deben hacer todos, sin excepción. «Ese día, te quedas sin labor de campo».

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